domingo, 31 de julio de 2011

Un ciclón en la Montaña


Un ciclón en la Montaña

Bernard  sentiría la furia de la naturaleza en toda su expresión. Estaba aprendiendo a sobrevivir en la montaña, cuando durante su primera temporada de verano recibió una gran experiencia, la  precipitación de lluvias durante agosto, septiembre y octubre; esto  retardó en gran medida la construcción de su cabaña, sin embargo, al siguiente año reconoció  que la naturaleza había sido benevolente. Durante un buen tiempo no llegó ciclón tropical alguno, no lo tocaron los vientos huracanados que anualmente atravesaban la península o que corrían paralelos a ella. Miraba llover desde arriba, casi a diario, durante esos meses y en todas las direcciones.
Por la elevación de la montaña, la atmósfera se sentía energizada, sobre todo, cuando se nublaba después del mediodía y cuando el tiempo se tornaba lluvioso; entonces,  Bernard suspendía sus actividades y cómodamente en su terraza, acompañado de Rey, su fiel perro, tomaba su catalejos y lo movía hacia todas direcciones, como estaba a  más de mil metros del nivel del mar, dominaba perfectamente la vista hacia el sur, hasta el final de la península y hasta la unión del océano Pacífico con el Mar de Cortés. Al norte, tenía muy poco que ver, porque a espaldas de su cabaña una gran muralla de piedra lo protegía, sin duda su vista preferida era hacia el este, punto en el que admiraba la salida del sol  y de la luna.  Bernard se había asentado en una larga saliente de más de trescientos metros, todo era espectacular, observaba la formación de pequeñas tormentas eléctricas con minúsculos chubascos, se generaba el crecimiento de arroyos y cañadas que bajaban vertiginosamente, si no eran absorbidos por el arroyo mayor del pueblo de Punta del Cabo, llegaban a  su estero y abrían la bocana, haciendo cambiar el mar de un color azul gris a uno de color chocolate. Su placer se concentraba especialmente en el hecho de profetizar lo que sucedería  al observar detenidamente el acercamiento de nubes cargadas, rumbo a la montaña, sabía si sólo era neblina que cubriría la montaña toda la noche y parte de la mañana, humedeciendo con su fino rocío  rocas y árboles. En ocasiones,  durante los meses de abril a junio emergía diariamente del Pacífico, una espesa neblina que cubría la parte baja y alta de la montaña, era el alivio ante la falta de agua que se resentía en algunas zonas más secas de la montaña, esas gotas vendrían a reverdecer el paisaje. Si las nubes que se acercaban eran de mayor altura, entonces sobrepasarían al pico y mojarían de manera pareja a toda la montaña.
Todo eso aprendió Bernard durante el primer año de estancia. También vivió momentos de melancolía entre la lluvia intermitente. La lluvia de más de un día, le ponía en su mente un dejo de tristeza y de nostalgia, su imaginación lo remontaba a los días similares en su natal Inglaterra, que aunque mucho más fríos y neblinosos, no dejaba de extrañarlas;  las oscuras nubes que ennegrecían el cielo y el mar se perdían en el horizonte. 
Cuando la tristeza invadía su alma, culpaba al sol por la falta de los rayos, por  escasear durante más de dos días, así que para aligerar su ánimo salía a mojarse y retaba al cielo encapotado, levantando su cara, con los brazos abiertos, con el dorso desnudo y sólo vestido con pantalones y botas, la lluvia le respondía mojándolo irremediablemente, y haciéndole temblar de frío.  Corría en círculos gritando incoherencias  tratando de matar la monotonía del día y la soledad que invadía su desganado espíritu. Con el tintineo constante de las gotas al caer, fuera de la cueva donde se guarnecía se deleitaba con el sonido de la lluvia, todo era música para sus oídos.
Él era dueño de su tiempo en la montaña, pasaba sus días entre la lectura y actividades mecánicas, arreglaba su herramienta, sacaba filo a sus machetes,  sierras y cuchillos. Reparaba su montura, revisaba las herraduras de sus animales, destazaba algún animal para filetear su carne, salarla y ponerla a secar donde no fuera alcanzada por los depredadores.
Cabe señalar que desde los inicios de la barbarie, sólo las cuevas fueron refugios seguros; esto lo sabían perfectamente los indios californios quienes para sobrevivir permanecían encerrados el tiempo necesario en ellas. Aunque vivían precariamente, salvaguardaban a su comunidad, allí resistían huracanes violentos que en otros lugares devastaban la montaña. Los californios entendían que debían abandonar las zonas bajas y evitar las avenidas de aguas broncas.
Dentro de la cueva, no había mayor satisfacción que levantarse al amanecer; aventaba algunos leños a las brasas todavía encendidas y reavivaba la lumbre de sus improvisadas hornillas, acercaba su trasto ahumado, para calentar agua y prepararse café, el vapor de su taza que contenía la bebida caliente animaba sus sentidos en esas horas tempranas del día. El placer de sorber café o chocolate, lo hacía sentirse vigoroso de nuevo.
Muy pronto aprendería que esa nueva temporada de lluvias que tenía encima, iba a ser totalmente diferente a la anterior. El silencio de la montaña era total: nada se movía, ni una hoja de los árboles, y el canto de los pájaros no se escuchaba desde el mediodía;  los ruidos habían desaparecido totalmente del escenario; decidió encerrar a sus pocos animales domésticos en los corrales, ante esa situación tan extraña. Su perro ladraba y oteaba el aire constantemente. Negros nubarrones ensombrecían el día y se acercaban rápidamente cruzando su cielo a muy baja altura. Esas horas fueron el preludio de lo que viviría la noche que se avecinaba oscura, densa y estrepitosa.
Durante dos días las nubes descargaron millones de metros cúbicos de agua a lo largo y ancho en la parte sur de la península. Los dos días previos al gran huracán, cuando se estaba gestando y tomando velocidad en las calientes aguas del Pacífico sur, tomaron desprevenido a Bernard, aunque contaba con la protección de un buen techo, construido con materiales muy fuertes y con una buena reserva de alimentos; pensó que pronto pasaría el mal tiempo y todo volvería a la normalidad al día siguiente. ¡Qué equivocado estaba!
En los inicios de la civilización, las cuevas fueron por cientos de años, los sitios naturales más seguros. Los  indios californios lo sabían, las cavernas eran los  únicos lugares para sobrevivir ante lo inevitable  en donde precariamente resistían huracanes violentos que arrasaban con casi todo en lo alto de la montaña, por lo que mantenerse en lugares bajos era exponerse a las avenidas de aguas broncas. Los indios pericúes ya sabían que cuando se presentaban esos fenómenos, únicamente se daban la vuelta, para guarecerse al oeste quedando en la parte de atrás de la montaña, por donde se mete el sol, siempre contraria al viento.
Los pericúes explicaban que las tormentas tropicales son los intentos del dios del mal, Trueka,  para destruir la creación del  dios bueno, Amuelk,  creador de todo lo que se mueve, camina, vuela o nada. Como los espíritus se unían, no permitían que eso sucediera y se ayudaban reconstruyendo los daños causados de manera rápida. Así, los árboles, recuperaban su follaje y crecían de nuevo, los ríos regresaban a su cauce y las lluvias, rayos y vientos,  eran más moderados y menos destructivos y entonces se dejaban venir mejores tiempos, con mucha caza, pesca y frutos silvestres; además, el elemento agua, que se encontraba por toda la tierra era útil para saciar su sed y limpiar su cuerpo.
Bernard, aprendió en sus andanzas por el Caribe y por las costas del Océano Pacífico, la palabra huracán, derivada  del vocablo de los caribeños, “Hurakan”, que era el nombre con el que llamaban al dios de las tormentas y de los espíritus diabólicos. Eso también lo aprendieron los españoles conquistadores, quienes  escucharon gritar con mucho temor a los aborígenes, durante una fuerte tormenta; ¡Hurakan!, ¡Hurakan!, refiriéndose al dios caribeño que desataba su furia contra ellos.
Bernard encontraba coincidencias entre  la religión católica  y la mitología maya, ya que los dioses de ambos castigan al hombre por su mal comportamiento, creando grandes diluvios e inundaciones y “Hurakan” fue en gran  medida  el dios que  aplicaba el escarmiento al dejar caer aguas torrenciales y hacer emerger, finalmente del océano la tierra donde se le daría nuevamente un oportunidad al hombre para que la poblara.
A Bernard ya le había tocado en varias ocasiones sortear algunas tormentas en el mar y había aprendido que en los meses de calor, de agosto a octubre, no debía  navegar sin tener a la mano una bahía con altos murallones de piedra, para guarnecerse de los violentos vientos de un huracán, decenas de naves se habían perdido con toda la tripulación por no haber tomado en cuenta esta enseñanza, que sólo los grandes marinos aprenden a respetar. Al mar hay que dejarlo solo, los vientos barren su superficie, son incontrolables e inmedibles y los galeones más grandes  dentro  de un huracán son barquitos de papel, tan  frágiles que no soportan el castigo de la excesiva lluvia y del viento voraz. Le resultó impresionante ver, cómo juntos agua y aire,  forman montañas de olas y hondonadas de gran profundidad, allí cualquiera nave es lanzada de golpe hacia arriba y dejada caer con tal fuerza que se desarma como caja de cartón; en tierra vio también cómo esa combinación de elementos  barría con cabañas de carrizo y palma; eran presa fácil de la violencia por no tener un armazón de madera bien armado, ni  piedra en su estructura. Muchas veces fue testigo de cómo el mar iba tierra adentro y arrasaba con árboles, animales y personas.
Lo que no sabía Bernard, era cómo se comportaba un huracán al chocar frontalmente con la montaña; una mole de piedra que lo desafía erguida, respuesta que los indios californios conocían muy bien. Las ramadas y los árboles, no eran lo suficientemente fuerte para que resistieran los embates de esas fuerzas, pero las oquedades que la montaña tenía, se convertían en refugios seguros. Los pericúes  entendían que la montaña protegía de manera natural a sus moradores. Bernard que ya conocía esos lugares, no estaba dispuesto a encerrarse como conejo y sí como persona civilizada, además pensaba, que si los árboles y las piedras, resisten todo, ¿por qué no trabajar con esos materiales que se dan a manos llenas en la montaña?  y con ellos construir una cabaña capaz de resistir en condiciones más cómodas y controladas, las inclemencias del tiempo, llámese, frío, calor, lluvia, sol o viento.
Bernard quería protegerse y almacenar alimentos secos y deshidratados de carnes, frutas y piñones y unas dos botellas de vino o de licor; crear un espacio especial para el  agua limpia para tomar y cocinar. Se dio a la tarea de diseñar su refugio, se requerían suficientes  troncos de madera tanto para las hornillas como para la chimenea que le generaría calor y que mantendría una temperatura adecuada. Era muy previsor, debía estar tranquilo, antes, durante y después de las lluvias.  Prevenciones que los mismos indios no tomaban en cuenta, él se  exasperaba por lo poco previsibles que eran ante estos peligrosos periodos de lluvias, a pesar de conocer su proximidad casi con exactitud ¿Por qué no hacían algo para protegerse? después entendería que su comportamiento pasivo, era parte de su cultura.  Su conducta era muy similar a la de los animales que vivían en la montaña, por instinto natural y por costumbre se resguardaban de la lluvia y del frío en las cuevas. 
Tiempo después, en su cabaña, una noche estaba sentado en el porche, jugaba con Rey, su perro bóxer, lanzándole su pedazo de madera preferido, cuando empezó de nuevo a llegar la lluvia; esta vez acompañada de viento, ambos se fueron incrementando. Debieron meterse ya que fuertes oleadas de agua los bañaba y el viento azotaba las paredes de la cabaña.  Adentro la temperatura  era agradable, se acercó a la estufa, se preparó un poco de guisado mientras bebía una copa de vino que calentaba su cuerpo, le daba una sensación de confort y seguridad. No había, según él, nada como “ver y escuchar llover sin mojarse”. Volteaba a ver la chimenea, revisaba que tuviera suficientes trozos de madera, entones el ruido de afuera le hizo poner  más atención, la fuerza estaba creciendo. El aullar del viento hacía que crujiera la madera de la cabaña, sentía cómo se cimbraba, él había vigilado con detalle la construcción, la colocación de  las puertas y las ventanas, consideró  que resistirían  la presión del fenómeno, que buscaba  la manera de entrar en su hogar, se colaba por la parte baja de la puerta y por la parte inferior de las ventanas y ante lo inevitable de una construcción  nueva sin pruebas previas, empezaron a aparecer algunas goteras por el techo.
Bernard empezó a preocuparse, escuchó relinchar desesperadamente a los caballos, salió a revisarlos, ya en la intemperie fue mojado y vapuleado por el viento que casi lo hace caer. Ve a sus caballos que desesperadamente tratan de mantenerse en pie,  la fuerza del viento los desequilibra, llega hasta donde están tropezando  y guiándose por las ráfagas de luz de los relámpagos, amarra a los cinco animales en fila y los jala hacia la parte trasera, donde, de cierta manera el aire, pega menos por estar protegida por las altas paredes de piedra, allí los deja. Ve que por el suelo corren  torbellinos de agua, como si fuera un sólo río, camina sosteniéndose con dificultad de pie, el viento es demasiado fuerte, instintivamente voltea al cielo y queda aterrado con lo que sus ojos ven; el cielo se está quemando, se enciende y se apaga, flamazos que no son relámpagos ni centellas, lo hacen testigo de un fenómeno único que se da por la fricción del agua y el viento; sucede que la fuerza provoca que diversos objetos por los aires y al chocar generan  chispas y lumbre. Desciende su vista y  lo mismo ocurre  en las partes bajas al contacto con el suelo pedregoso, si no fuera por sus botas altas, seguramente lo hubieran herido las pequeñas piedras que se levantan y se estrellan por doquier. Observa  incrédulo los movimientos violentos de los árboles, que se doblan y giran, escuchando cómo se quiebran en partes algunas de sus ramas, sobre todo los más frondosos a causa de la cantidad de agua y por la fuerza del viento. Varios pinos están en el suelo, desgajados y acostados con la raíz al aire, lavada por el agua que continua cayendo abundantemente del cielo.
            Bernard experimentaba una situación muy crítica, percibía que su vida se encontraba en peligro, que tenía que resguardarse inmediatamente dentro de la cabaña. Estaba en medio de un huracán  de colosal fuerza, con una potencia enorme que estaba cimbraba a la gran montaña,  grandes deslaves y piedras rodaban desde lo alto e inclusive Bernard era golpeado por ramas  y guijarros que volaban peligrosamente por todos lados; sintiéndose en riesgo, corre con dificultad hacia la cabaña que estaba a unos treinta metros, cuando de pronto fue derribado por el golpe de una rama de árbol que volaba  a gran velocidad impulsada por el viento, causándole conmoción y daño en su cara; le había abierto la ceja, herida que le hacía sangrar abundantemente. Intentó detenerse la hemorragia pero no podía, estaba aturdido, al mismo tiempo el viento lo empujaba y el agua con la sangre no le permitían ver bien. Se empezó a arrastrar casi  a “gatas”. Así como todo se iluminaba, también todo se oscurecía. Pasaron varios minutos antes de poder llegar al porche, se sentía desconcertado, para ese momento ya volaban algunas piezas del techo y del piso, estaban golpeando la cabaña con mucho escándalo. Logró llegar a la puerta, se escurrió hacia adentro y cerró con mucha dificultad. Totalmente agotado y débil se dejó caer en el piso, sangrando  profusamente. No haber podido cerrar rápidamente provocó que se metiera  el viento haciendo volar varias cosas dentro de la cabaña.
Rey ladraba muy nervioso e inquieto, Bernard lo calma llamándolo y acariciándolo, sorpresivamente la leña de la chimenea siguió prendida, así que se  guió con su luz para tomar el botiquín, se despojó de su camisa mojada, con un trozo de tela se limpió la ceja y con otro, la herida.
Afuera el huracán continuaba con su demostración de poder, aporreando intensamente la casa que cruje,  se mueve y se acomoda de nuevo, como si alguien se recargara sobre ella. Por el tiro de la chimenea caen algunas gotas de agua que intentan apagar la leña que ardía dentro de ella. Coloca algunos trastos y recipientes bajo las goteras de la recámara y el comedor, para entonces el piso de madera estaba muy mojado.  Bernard, instintivamente se persigna ante lo que ve y oye, lo que ve y siente, es demasiada su tensión por lo que indefenso, se encomienda a Dios y se pone en sus manos. Piensa en cuánto tiempo resistirá  su cabaña. Sus incómodos y negros pensamientos tienen una respuesta  y su duda se convierte en realidad, de pronto, una fuerte racha de viento vuela unas tablas del techo, provocando que más agua caiga dentro y el ruido del viento silbe con mayor intensidad. Bernard toma unas repisas, tira al suelo su contenido y con las herramientas en mano coloca  la madera y la clava con un martillo en el hueco del techo, medio cubriéndolo ya que sabía que si continuaba entrando aire se embolsaría y entonces tronaría puertas y ventanas y así, indefenso, quedaría a merced del ciclón como hoja de papel.
Después de más de una hora, el agua que entraba ya no le importaba, el principal enemigo era el viento que lo zarandeaba adentro de la cabaña, reconoció que ya nada podría hacer, tomó a su perro del collar, abrió la entrada del sótano, se introdujo,  afortunadamente lo  construyó tan bien, que evitó que se filtrara el agua. Abajo encontró ropa en cajas, se secó y se  cambió, fue hasta el fondo, lanzó algunas frazadas y pieles al piso para acomodarse y descansar; al mismo tiempo pretendió esconderse del ruido insoportable del huracán que rugía afuera de su casa, como una fiera poderosa golpeaba con un gran mazo las paredes de la misma, convirtiéndola en una potente caja de resonancia. Abrazó a su perro, pasó como una hora y media  que le pareció un siglo. Escucha cómo muchos objetos se estrellan en la casa, llegó a pensar que sus conocimientos geográficos estaban equivocados, ¿cómo fue que se estableció justo en el camino de los huracanes? Sus pensamientos fueron aplacados cuando los sonidos del viento aminoraron; en menos de quince minutos todo quedó en silencio; un silencio de miedo, incomprensible hasta para los animales, que de pronto se animaron a emitir pequeños gemidos. Se da valor,  sale al porche, voltea al cielo y ve entre nubes  un cielo estrellado que se está despejando. Rey, su perro, sale disparado entre sus piernas, desesperado por ver también, lo que pasa afuera.
A lo lejos se escuchan gritos de los indios que llaman a alguien de manera desesperada, ve a su alrededor sin lograr penetrar en la oscuridad de la madrugada, entra nuevamente a la cabaña por un quinqué o mechero, lo prende con la llama de un leño de la chimenea  y sale a revisar a sus animales; el cuadro que ve no es alentador: muchos cerdos y gallinas están muertos bajo ramas y piedras que volaron hacia el establo y el corral, algunas vacas vagan desorientadas, otras están tiradas, heridas dentro de su cerco de troncos que, fuertemente unidos, soportaron la presión de los vientos y allí se protegían. Corre a la parte posterior donde dejó sus caballos y allí estaban, parece que sólo están mojados y nerviosos, aunque uno permanece echado en el suelo, los demás están de pie. El que estaba tirado, tenía una herida, lo revisó y detectó una pata fracturada, además  sangraba del lomo, había una gran piedra junto a ellos y supuso que se desprendió de la ladera y lo golpeó.
Levantó la lámpara y alumbró su cabaña, observó daños que no eran considerables, gran parte de la madera del piso del porche no estaba en su lugar. Se preocupó de nuevo cuando volvió a escuchar los gritos indescifrables de los indios que rompieron el silencio sepulcral de la madrugada,
-          ¿Quién anda allí? -grita Bernard.
Nadie le responde, hasta los animales nocturnos guardan silencio. Siente temor, todavía circula el viento. Nadie se mueve ni hace ruido, sólo él y su perro que gime  y emite ladridos silenciosos, buscando los  animales con los que convive a diario, sus amigos.
El aire huele a humedad y a hierba recién cortada, a sus pies, pequeños arroyuelos corren en todas direcciones, el suelo está lodoso, está totalmente cubierto de hojas, piedras y ramas de todos los tamaños, sabe que a oscuras no es recomendable transitarlo, está a punto de entrar a su cabaña, cuando Bernard percibe de nuevo el mismo ambiente previo al huracán. El cielo se empieza a cerrar con oscuras nubes,  oye a lo lejos el aullar del viento que viene de nuevo reptante y trepador, agrediendo violentamente a la montaña.
 ¿Otra vez? ¡Claro! -se pregunta y responde-: estábamos en el ojo del huracán y ahora llega la otra mitad de él. ¡Oh Dios! -exclama y le grita a Rey, que sintiendo el mismo temor, se acerca y juntos se meten  rápidamente a la cabaña, revisa puertas y ventanas y las atranca esperando lo peor por venir, se apura a medio remendar el hueco del techo y se mete de nuevo al sótano, donde ya se encontraba echado Rey quien lo veía  con sus grandes ojos cafés, como preguntándole ¿qué está pasando? 
Bernard se siente impotente ante la gran demostración de fuerza de la naturaleza, pensando en lo paradójico de su vida, él se había enfrentado a todo, sin miedo y frente a esa situación, permanecía atemorizado, se sentía ridículo, casi igual que los  animales de  afuera, que  sufrían de manera directa  el impacto de los vientos y del agua, era igual que ellos, en ese momento, un indefenso ser humano. Acerca una cómoda poltrona, se sienta y se sirve un trago de ron  que le regaló su amigo Arthur. Cierra los ojos y trata de evadir la realidad trayendo a su mente  los recuerdos de los momentos más agradables de su vida, repasa la felicidad que le provocó su niñez junto a sus padres en la gran casa ubicada en la costa inglesa, se ve corriendo en la playa pedregosa junto a su querido perro y al hacerlo regresa inmediatamente a su presente pensando en el suyo, lo busca con la mirada y lo encuentra arrinconado, ladraba cuando escuchaba cómo el desastre se paseaba impunemente por todo lo ancho y largo de la montaña, deteniéndose sólo en  los lugares que le ponían atención, como lo hacía Bernard. Llama a Rey, quien extrañado por la actitud ausente de su amo, se acerca y se acuesta a sus pies. Bernard se inclina y lo acaricia, siente por él un gran afecto, era realmente el único compañero que había tenido durante los últimos meses.  Con él platicaba y reía, ante las demostraciones de afecto que su perro le profesaba.       Repentinamente, concentró su atención en lo que sucedía  en el piso superior amenazado por las ráfagas de viento que se colaban hacia adentro de la cabaña. Sentía como el viento huracanado intentaba entrar por diferentes ángulos, presionaba la puerta delantera y se metía por las ventanas; entendió que el viento estaba circulando en espiral y que cambiaba de dirección constantemente. “Los vientos se peleaban entre ellos”, decían los indios pericúes, era muy fácil ver un árbol sacudido al mismo tiempo por dos direcciones diferentes.
Fueron más de tres horas de tensión, parecía que nunca iba terminar el zumbido del viento,  dormitaba por fin, casi al amanecer. En las primeras horas, cedió la tempestad. Bernard visiblemente cansado sale y lo que con la luz va descubriendo, lo deja helado, destrucción y daños impresionantes a su alrededor, pinos y otros tipos de árboles caídos, sus cultivos semidestruidos; los corrales  y el establo se mantienen en pie, pero seriamente dañados, igual que su casa.  Tendría que reparar y reconstruir casi todo durante los próximos días, mucho trabajo le mantendría ocupado, habría que valorar si se quedaría en el mismo lugar o se cambiaría a otro más seguro,  lejos de las corrientes de agua que se formaron en el suelo.
El cielo todavía seguía nublado, se confundía con la claridad de la mañana; caminó con mucho cuidado, se acercó al desfiladero y vio al fondo al pie de la montaña cómo brazos de ríos de agua de chocolate corrían hacia el mar, cargando miles  de millones de litros de agua, arrastrando tierra, piedras,  grandes árboles y animales; lo ancho del arroyo seco estaba muy cambiado, miró a través de su catalejos y se impresionó con el río que se deslizaba bajo la montaña, muy cerca del pueblo Punta del Cabo, esperaba que no hubiera daños considerables para la gente que vivía abajo. Revisó el horizonte y por lo cerrado de las  nubes, se dio cuenta que tendría más lluvia durante el día, dirigió sus binoculares hacia la parte  más alta y vio hermosas caídas de agua que no le había tocado ver, las piedras lavadas mostraban otra tonalidad y la vida animal empezó  de nuevo a mostrarse de manera tímida, vio venados, conejos, zorros y pájaros desplazarse confusamente, identificando de nuevo sus espacios, que habían cambiado considerablemente horas antes.  Le impresionó ver tantos indios juntos caminando unos metros debajo de él, lo vieron y siguieron calladamente su camino, al final, observó algo que lo impresionó, jalaban encima de  troncos amarrados los cuerpos inertes de varios niños, mujeres y hombres adultos, aparentemente desmayados o muertos que eran trasladados a otro lugar. Unos meses más adelante le platicarían que esos indios estaban muertos, los había sorprendido la tormenta al inundar la cueva donde se protegían, les cayó de repente un torrente de las partes altas, un gran arroyo no les permitió salir, cubrió y lleno rápidamente la cueva, muriendo ahogados la mayoría de los que allí se protegían. Entonces comprendió que los gritos que escuchó en el intermedio del huracán era el llamado de auxilio de un grupo de indios que estuvieron cerca de esa cueva. Por la tarde, cantos y lamentos tristes llenaron un lado de la montaña, los indios pericúes, estaban cremando sobre piras de leña a su gente. Bernard los escuchó, por respeto no se acercó, además tenía demasiadas cosas que hacer. Cuando la lluvia se lo permitía, limpió alrededor de su casa. Durante el atardecer poco antes de anochecer, tomó carne seca, queso, galletas de trigo, las colocó en una bolsa de cuero, junto con diez frazadas. Buscó señales de humo que lo orientaran para determinar dónde estaba el campamento indio, después dedujo que a casi tres  kilómetros de su cabaña, se acercó con cautela y con señas amigables, llamó su atención y dejó las cosas en  el suelo.  Salieron unas mujeres acompañadas de unos niños y las tomaron. Al fondo, los hombres estaban ocupados atizando el fuego y cortando trozos de madera, voltearon a verlo y se quedaron quietos, de una manera que desconcertó a Bernard, ya que no había rechazo en su mirada. Después se enteró que los indios lo habían dado por muerto, ante los daños del huracán en la montaña, no creyeron  que su cabaña de madera hubiera resistido la violenta sacudida del viento. Las mujeres, le agradecieron su regalo inclinando con respeto su cuerpo.
Al día siguiente una de las mujeres que recibió la comida, se acercó a su cabaña sonriendo, llevaba consigo diversas pieles de animales en los brazos, eran tantas que se las acomodó en los brazos y en los hombros. Bernard entendió inmediatamente que venía a intercambiarlas  por comida, ella se acercó con temor, inclinando el cuerpo y agachando la cabeza, extendió los brazos con las pieles en señal de ofrenda; una vez que Bernard las tomó, con su lenguaje y movimientos corporales le señaló el tendedero de carne fresca que tenía sobre la cerca de troncos. Bernard valoró rápidamente las pieles y se dio cuenta el trabajo de curtido de las pieles era muy bueno, adornaría con ellas adecuadamente su cabaña, las tomó y enseguida entregó un par de cuartos de carne de vaca a la mujer india, quien los acomodó en su rudimentaria carreta de dos palos madera, jalada por el indio que la acompañaba y que permanecía vigilando a una corta distancia, listo para defender a su compañera en caso de alguna agresión del hombre blanco. La india agradeciendo con caravanas, se alejó, siempre sorprendida de Rey, que se la pasó gruñendo todo el rato, porque sentía la presencia del indio como una amenaza para su amo.
Esta acción fue el primer acercamiento de trueque con los indios de la montaña. Gracias a esa iniciativa, se intensificaría el contacto entre ellos con el paso del tiempo, inclusive esa semana fue visitado por la misma mujer, que decía, adornando con movimientos - Yo, me llamo Cuaki,  esta vez la acompañaban otros pericúes, que con curiosidad, eran testigos de cómo un hombre blanco que debía ser su enemigo, no lo era porque intercambiaba con ellos gran parte de su carne fresca y seca, ellos le entregaban a cambio, cuchillos de hueso y piedra y figuras de animales de la sierra talladas en madera, inclusive una lanza que tenía incrustada en la punta, una pepita de oro. Esta lanza, que era algo muy especial y de mucho valor,  representaba el símbolo de amistad que se daría de ahí en adelante entre Bernard y los pericúes.
Una vez que pasó la emergencia y las cosas volvieron a la normalidad, Bernard, aprendió a identificar las señales previas a los huracanes que la naturaleza le enviaba. Se dio cuenta que en el cielo aparecían arco iris luminosos, observó también cómo las hojas de los encinos se enroscaban y llegó a entender  por qué las perdices modificaban sus nidos unos días antes de la tormenta y dejaban el suelo subiéndose a los árboles más grandes y altos, gran parte de estos conocimientos se los trasmitieron los indios pericúes, así pudo tomar mayores previsiones.

sábado, 30 de julio de 2011

Inspiracion 2011

Inspiracion  2011.

Actualmente estoy dandole forma a las siguientes obras:
  1. Un libro de cuentos largos, llamado "Cuentos Verdaderos"., 
  2. El segundo e historico libro sobre mi tierra. "Huellas de los Cabos II"  
  3. Una novela apasionante de realismo magico, " La Expedicion"  cuyos exoticos escenarios estan en un pais de centroamerica; Guatemala. 
Este año ha sido prolifico en todos los aspectos, me siento realizado en mi faceta de escritor, dia a dia la inspiracion es una compañera leal, se aparece en el momento oportuno y no se aleja cuando necesito de ella.

En lo personal, la vida me pone a prueba en todo momento,  el sendero  a veces se torna espinoso,  pero siempre gracias a Dios al final del dia o despues de la tormenta, el sol  brilla con fuerza y el camino se convierte en un paraiso lleno de vida, luz y esperanza.

Estoy agradecido por las bendiciones y oportunidades de vida y espero seguir siendo una persona util para la sociedad.
Saludos y Buen dia a todos.

René Holmos

lunes, 18 de julio de 2011

Video de presentación del libro "Legendario Hotel California"


Video de libro "Legendario Hotel California"

Se narra dentro del libro el encanto de una misteriosa y bella mujer que fue parte del Hotel durante muchos años, testigo de acontecimientos que dieron vida y leyenda al Hotel California. Sus techos, muros y paredes transmiten el eco y la energía inspiradora que saturó el alma de un compositor que hizo una canción donde describe de manera surrealista lo que sucedió durante su llegada y estancia dentro del Hotel.

El escenario de esta leyenda es el pueblo de Todos Santos, el cual esta  ubicado en un exotico rincón de la Baja California Sur, a orillas del Océano Pacífico a este magico lugar, muchos llegaron de paso y se quedaron como la eterna primavera, para nunca irse, subyugados por el soplo de la madre inspiración que viaja por la mañana sobre el viento proveniente de la sierra al mar atravesando el pueblo y, por la tarde, de regreso cabalgando sobre la neblina proveniente del océano hacia la sierra humedeciendo todo.

René Holmos