Las Mandarinas del General.
Acompañado de mi perro, enfilamos hacia el norte, rumbo al pueblo de mis abuelos, al llegar a la única calle, no pude evitar el pensar de que como cambia todo con el paso del tiempo, lo que antes todo era verdor y bullicio familiar ahora está abandonado, al conducir unas cuadras calle abajo, me estaciono frente a la propiedad que habitaron mis abuelos, abro la puerta del copiloto y salta ágilmente mi perro, que juguetón me miraba sin dejar de inspeccionar los alrededores, como esperando ver hacia donde iría, se puso a mi lado, esperando instrucciones, observaba como abría un oxidado condado, traspase el portón, fije mi mirada hacia adentro, vi con tristeza que casi todos los arboles de ornato y los frutales habían desaparecido, troncos secos había en su lugar, nada de los naranjos, mangos, guayabos, higos, guanábanos y otros mas que no recuerdo. Camine hacia adentro era un solar grande, mis pasos, hacían eco y podía casi ver y sentir como la soledad se dispersaba por sus rincones, Junior ladraba correteando a un gato que se atravesó frente a nosotros. ¡Vaya! Me dije al venírseme a la mente las imágenes de Gato mi fantasma amigo de la infancia, ese amigo imaginario que todos creamos y pensé que de seguro por las condiciones de este lugar que le encantaría.
Al llegar frente a la casona, se me hizo un nudo en la garganta, ver el corredor antes lleno de macetas con flores de todos los colores imaginables, hoy vacio, lleno de basura y heces de insectos y animales nocturnos. La puerta de madera de la entrada principal, desgastada y vieja. Al abrir el candado con el que estaba cerrada, las bisagras rechinaron y el polvo acumulado voló por todos lados, haciéndome toser, me asome y vi todo vacio, sin muebles, el techo de ladrillo con gruesos barrotes de madera en muy malas condiciones, allí en especial la polilla fijo sus dominios y prueba de ella era el polvo negro que sobre el suelo se esparcía.
Y nada quedaba dentro de la casa que me hiciera recordar con alegría aquellos felices días de la infancia con mis abuelos ¡hay que triste esta todo esto! Exprese y mi voz se disperso por las vacías habitaciones, avance a lo que fue la cocina, allí la ventana cerrada oscurecía el lugar, me acerque a ella y quite el seguro de la aldaba y la empuje hacia fuera, la luz entro con tanta intensidad que me encandilo e instintivamente baje la mirada. Recordé como de ese lugar la abuela sacaba su cabeza y nos llamaba a todos a comer, desde allí ella dominaba casi todo lo que entraba y salía de la casa; era su reino.
Fue entonces que se me vino a la mente algunos acontecimientos que se repetían cada año y salí corriendo a ver si todavía estaba en pie. Le di vuelta a la casa y en una esquina cerca de un humedal lo vi parado, allí estaba orgullosamente erguido, como diciéndome ¡Hola! era el árbol de mandarinas del General Olachea, al verlo lleno de vida y de frutas maduras, no pude evitar expresar:
- ¡Ahora si voy a cortar algunas! ¡nadie me lo impedirá.
El porqué reaccione de esta manera, existe una razón, déjenme narrarles esta parte importante de mi niñez que dejo marcada mi vida, detrás de ese árbol frutal, había un personaje que cada año llegaba casi el mismo dia y a la misma hora, eran jornadas de fiestas y comilonas en honor a él. Era un hombre de la edad de mi abuelo, eran primos hermanos, todo un señorón que había desempeñado cargos muy honrosos a favor de la patria - estas últimas son palabras de mi abuela- ahora a lo mejor podría decirlas de otra manera: vivió con holgura del presupuesto. Efectivamente así es, fue un militar de carrera iniciándose como soldado raso, fíjense nada más que cargos tan altos desempeño: fue jefes de varias zonas militares del país, Secretario de Guerra de la defensa nacional, fue Diputado Federal, Gobernador del entonces territorio de Baja California Sur por más de diez años.. Mis abuelos se sentían honrados que el General tuviera el honor de visitarlos cada año, hasta que la misma edad se lo impidió pasando sus últimos días en su casa de la capital; en una residencia estilo californiano construida frente al mar.
El viejón, como algunos mayores de la casa le decían, se hacía respetar y su voz tronaba como si estuviera dentro de un cuartel, si era cierto que todos le teníamos miedo, no era para menos, cuando llegaba en automóvil tipo militar; un comander, ideal para el camino de terracería, no dejaba que los guardaespaldas que traía entraran a la casa allá se quedaban afuera y solo podían entrar a hacer sus necesidades fisiológicas. En otras palabras el militar se sentía seguro dentro de la casa de los abuelos lo único incomodo era que a todo el que entraba y salía era minuciosamente observado por los guaruras que eran dos hombrones que dejaban ver sus enormes pistolas bajo la gabardina. Pensaba en que de seguro algo debía y que por eso lo cuidaban y de eso después de algunos años más me entere leyendo con interés su biografía. También comprendí que con tantos puestos importantes desempeñados, es muy difícil no echarse de enemigos, sus razones de gobierno ha de haber tenido, hechos que no justifico.
Me desvié un poco de mi platica, pero era importante aclarar quién era el General, y allí donde estaba parado frente a un cargado árbol de mandarinas, sus brazos se doblaban de tanta bola de color anaranjado, parecía un arbolito de navidad adornado para tal ocasión. Debo de admitir que al igual que él oficial militar, es mi fruta favorita, su sabor me enloquece, su aroma enerva mis sentidos y el sentir su jugo en mi boca es una delicia. No sé si por esas sensaciones era el porqué se nos negaba cortar un solo fruto de ese árbol en especial o porque era como en el edén el árbol prohibido y quien arrancara uno fruto, era expulsado de la casa de los abuelos. Un día así sucedió, la muchacha que hacia las labores de limpieza se le hizo fácil cortar una, se dio cuenta mi abuelo José y la corrió sin mayor explicación. Todos sabíamos que esas eran una de las reglas principales de la casa y debíamos de cumplirlas al pie de la letra. Nadie la defendió ni siguiera mi abuela Paula, pobre mujer, la vimos partir llorando con sus cosas y me dio mucha lástima ver su rostro lleno de lagrimas.
Para el General, era también la mandarina su fruta preferida, y solo comía de arboles puros, era una costumbre que adquirió en sus años de andar guerreando, decía que de todo lo que le gustaba nadie debería de ponerle una mano, era famoso por su plática dicharachera, afirmaba que las mujeres perdían el sabor original, nada hay como un beso de una mujer virgen, la pureza del cuerpo expide un humor corporal único; un aroma especial, en aquellos años no entendía lo que me quería decir y no comprendía que tenía que ver con la mandarina, más bien ahora comprendo que era una fijación de inseguridad machista con la que acarreaba y la reflejaba con el consumo de su fruta preferida.
El General, le decía al abuelo José que venía con gusto a cortar y saborear la primera fruta de ese árbol y lo revisaba para constatar que nadie lo hubiera mancillado, el solo comía de ese árbol. Pero déjenme decirles que había otros árboles de mandarinas en el huerto de la casa, pero ninguno con ese sabor y color Inclusive solo lo separaban algunos metros de los demás, el militar retirado nos explicaba que eran varios los factores que intervenían, que a ese en especial el sol le pegaba solo unas cuantas horas al día, que viento no le llegaba directo como a los demás, una loma lo protegía. Que además el árbol tomaba el agua que necesitaba subterráneamente y en su momento adecuado, no como los otros que tenían que ser regados y cuando se les pasaba un día, la fruta se volvía agria o desabrida. Todos llegamos a la conclusión de que el General tenía razón y que era una autoridad en muchos temas, la vida. Ahora digo que era también con el debido respeto un viejo mañoso.
Creo que pecaría de inconsciente si dijera que solo por las mandarinas recuerdo al General, si no por un hecho que nunca voy a olvidar. Tendría no se unos cinco años de edad y mi madre me dejaba por días con los abuelos, todos los días mi abuelo me esperaba para invitarme a desayunar, se había hecho la costumbre, era según las platicas posteriores de mis padres uno de los meses de la primavera y no alcance a llegar a la cocina, me quede agarrada de uno de los troncos de una enramada, tosiendo sin cesar sin poder agarrar aire. Mi abuela me escucho y salió a ver que me sucedía, se alarmo de ver que me ahogaba, de que me estaba poniendo morado, me tomo en los brazos y entro corriendo conmigo a la casa, mi abuelo y el general tomaban su café en el corredor de la casa, ambos vieron a mi abuela como entraba corriendo y gritando que me moría. Ni abuelo todavía un hombre alto y fuerte, me tomo levanto y me echo sobre su hombro, me comenzó a pegar con la mano abierta en la espalda un y otra vez hasta que logre controlar mi tos y recuperar mi color. No habían pasado algunos minutos cuando el suceso se repitió de nuevo, pero más violento. En eso entro mi madre y al darse cuenta de lo sucedió les platico que toda la noche había tenido ese problema, fue el General quien nos dijo que lo más probable era que tuviera tosferina y que tenían que cuidarme porque era una enfermedad muy mala.
- Uh! Vi varios casos parecidos siendo gobernador. El cuadro es único, trae los ojos rojos ¿ha tenido fiebre? – pregunto- mi madre le respondió afirmativamente-
- Oiga General- le dijo mi madre- ¿y porque cree que sea eso?
- Muy fácil muchacha, cuando era jefe de una zona militar por Sonora, se presento un epidemia donde fallecieron varios niños de familias muy humildes, la enfermedad es mortal cuando hay causa de desnutrición o insalubridad. Además como les dije siendo autoridad del estado vi algunos casos y salvo que me equivoque, un avión es la solución.
- ¿Como un avión compadre? le pregunto mi abuelo-
- Muy sencillo la altura les expande los pulmones y les ayuda a expulsar la enfermedad. ¡increíble pero cierto! Desafortunadamente es una cura un poco cara y además no se encuentra fácilmente un avión disponible por estos lugares. Ah! Pero lo mejor muchachito es que comas muchos alimentos que contengan vitamina C. – me despeino con su mano y prosiguió diciéndome - Bien, ahora que tú ya te diste cuenta de mi afición por la mandarina es que esos arbolitos son mágicos y previenen las enfermedades respiratorias. ¡hace años que no me da gripa! No hay como consumir mucha fruta cítrica. Pero lo mejor ahorita es que lo lleven con el doctor para que corrobore mi diagnostico.
En el mismo carro del General me llevaron a casa del doctor a un pueblo cercano al nuestro, en cuando el doctor me ausculto, me dijo-
- Mmmm… Tienes la enfermedad de la tos. Vas a necesitar de muchos cuidados Robertito y voy a decirles a tu madre como te vamos a curar, es muy lento no te desesperes eh!, es una enfermedad que parece que no se quiere ir ni aplicando los medicamentos. Por lo pronto te vamos poner unas inyecciones para que te vayas mejorando. Al decirme eso me dieron ganas de salir corriendo, desafortunadamente no tenia ánimos y espere con terror ese momento en que la aguja hipodérmica atravesó el musculo de mis sentaderas. Fue es ese momento que grite
- ¡y porque mejor no me curan con un avión! El doctor Castro volteo a ver a mi madre y está riendo le explico
- Es un método que nos sugiere el General Olachea ¿usted qué es lo que sabe al respecto doctor?
- Efectivamente las alturas ayudan, ya que se ha comprobado que los pulmones se oxigenan y la tosferina cede. Si pueden conseguir un avión, mejorara este pacientito.
Mi madre hablo en privado con mi abuelo para que el General nos ayudara de alguna manera. Déjenme contarles que no hubo necesidad de planteárselo, el mismo al vernos llegar nos pregunto que había dicho el médico.
- ¡Quiubo! ¡qué les dijo el matasanos? ¿Tenía o no razón?
- Si compadre efectivamente Robertito tiene tosferina.
- No se preocupen compadres, su nieto tendrá la atención que necesita. ¿Dónde está el telégrafo más cercano? -pregunto con mucho interés- voy a enviar un mensaje al General Gutiérrez, encargado de la plaza en Mazatlán, creo que él tiene uno o dos aviones y bien nos puede ayudar, me debe algunos favores. Estuvo bajo mis órdenes como asistente cuando era un recién egresado del colegio militar.
Los guardaespaldas fueron al telégrafo y siguiendo las instrucciones se pusieron en contacto con su homologo en Sinaloa y la respuesta fue positiva, y les dieron algunas instrucciones para poder aterrizar ya que no había una pista aérea. Ya se han de imaginar el alboroto que causo en el pequeño pueblo que en aquel entonces. Revisando los alrededores se llego a la conclusión que solo la pista de carreras llenaba los requisitos, era el lugar donde competían los caballos en los días de fiesta del pueblo, un lugar donde esos días se arremolinaba la gente queriendo ver que cuadra era la triunfadora, había mucha afición y venían de todos lados a disfrutar de ese momento y de las fiestas patronales. Ese día que llego el avión fue todo un acontecimiento, los alrededores de la pista estaban repletos se miraba gente en los espacios abiertos del taste y abajo de los arboles, fue una fiesta para los curiosos.
Recuerdo que cuando escuchamos el ruido del motor todos buscamos en el aire al avión, cuando lo distinguimos los ah! No dejaban de escucharse, estaba emocionado de imaginar que volaría por los aires como pájaro. Fueron momentos que me hicieron olvidarme de mi tos. El esbelto aparato hizo un vuelo raso a pocos metros del suelo y todos casi vimos la cara del piloto que saludaba todo mundo gritaba y algunos caballos asustados amenazaban con salir corriendo. Fueron dos vueltas la que dio para después enfilarse por la parte norte de la pista y descender suavemente. Hubo necesidad de utilizar varios caballos para mover a la gente hacia atrás y dejar libre la pista para el avión que únicamente se utilizaba para llevar suministros del ejército.
Para mí era enorme con unas gigantes alas desplegadas que cubrían lo ancho por donde corrían los caballos y el aérea donde la gente esperaba. Sus hélices con su zumbido me impresiono, al llegar al final y darse vuelta, levanto tanto polvo que por momentos de perdió de vista para luego salir airoso y pararse a media pista. Nos acercamos en el vehículo del general y de dentro descendieron el capitán y copiloto los cuales saludaron a la gente que gritaba sin cesar. Al estar frente a nosotros se cuadraron con el saludo militar levantando su mano extendida. Se presentaron y se pusieron a las órdenes del General.
- ¡General! reciba el saludo del General Gutiérrez, soy el capitán Miguel Solís y mi copiloto el teniente José Luis Aceves, nos ponemos a sus órdenes.
- Bienvenido capitán – le respondió el general con su potente vozarrón, no sin antes devolverles con su mano sobre la sien, el saludo militar- pues en caliente que a mí me ya se me había olvidado el sonido de estos motores, vamos a dar unas vueltas para apoyar a este niño.- me tomo de la mano y juntos ascendimos al vientre del avión, la emoción que sentía era inmensa, mis padres y mis abuelos se quedaron en tierra viéndome y saludándome con ternura, nunca sentí temor al contrario deseaba como muchos de los allí presentes subirme y elevarme por los aires.
Una vez arriba con los motores encendidos no se podía escuchar la voz de nadie, todo opacaba el ruido de las hélices al tomar velocidad. El general pidió sentarse en el lugar del copiloto y me sentó en sus piernas, de allí arriba me sentía dueño del mundo, todo adentro vibraba y comenzamos a rodar por la pista, era impresionante ver como el camino se acababa y al último instante con un movimiento del timón hacia atrás esa enorme cosa levantó su nariz y tomo altura, vi como los arboles quedaban a nuestros pies y se perdía la tierra por un momento, nos inclinamos hacia la derecha y comenzamos a dar vuelta, en ese momento sentí miedo y el general lo noto y tallo mi hombro con su mano para darme valor. Cuando el avión se nivelo pude ver el increíble escenario que mi vista recorrió, todo era diferente de allí arriba. Los arroyos solo eran líneas blancas, las casas pequeños puntos en el terreno los arboles manchones, el agua era otra cosa, algunos arroyos y lagunas brillaban por la luz del sol, se podía ver ilimitadamente muy lejos y en todas direcciones, por instantes el avión se movía y caía haciendo que instintivamente me agarrara del asiento. Fue en esos momentos que el capitán me pregunto que si me sentía mejor, curiosamente se me había olvidado el motivo de mi ascensión a las alturas y me volvió a la realidad, pensé en mi tos, pero se había ido, podía respirar mejor y más prolongadamente sin que me atacara ese enemigo interno que amenazaba con dejarme sin aire.
- Estoy mejor, me siento mejor- le respondí-
- ¡qué bueno! la presión del aire acá arriba ayuda mucho. Volteo a ver al General que escuchaba atento y me imagine que dentro de su corpulento cuerpo, había un abuelo al que ocultaba con su duro gesto.
- Entonces vamos aprovechando la vista…capitán dele para la costa me encanta ver el mar.
- ¡Sí!- grite ante la risa de los adultos que festejaban mi inesperada intervención.
Sentí en esos momentos como el avión se inclino hacia un lado y enfilo hacia un océano inmenso que apareció interminable en el horizonte. En unos minutos devoramos la distancia que nos separaba del mar, el piloto se perfilo sobre la orilla del mar, donde descubrí por primera vez la unión del mar con la tierra, sin preguntar apunte sobre unas líneas blancas que aparecían y desaparecían al tocar tierra y la respuesta llego rápida
- Son las olas Robertito, están en constante movimiento nacen y mueren una y otra vez. Y esa líneas menos blancas que separan el mar la tierra, es arena fina. ¡cuánta tierra dorándose al sol! Mira hijo- me dijo- dentro de algunos años este paraíso será un tesoro, a mi no me va tocar verlo, pero no olvides que un día te lo dije; esto generara trabajo y dinero para mucha gente, esta punta de la península de la Baja California es la otra cara que México mostrara al mundo, paraísos de playas para el turismo. No comprendí nada de lo que me decía y hoy veo que tenía mucha razón, ya no son los ranchos ni las huertas lo que producen dinero, son las playas con sus hoteles, el mar con su pesca y los desarrollos con sus campos de golf. ! Capitán siga por la costa hasta donde está el arco de piedra de Cabo San Lucas.
Fue un largo recorrido por encima de un mar azul y relumbrante arenas blancas, eran espacios libres, vírgenes, con los brazos abiertos esperando a los viajeros. Fueron más de media hora arriba del avión, de allí vi las cordilleras que como columna vertebral sostiene a mi tierra los Cabos, Esas altas sierras vistas por arriba, se me hicieron diminutas como los montoncitos de arena acumulaba junto al mar, antes de aterrizar el general apuntando con su mano, me ubico el lugar donde vivía, el callejón, los huertos y en especial al pasar bajo la casa de los abuelos, expreso con emoción.
- ¡Mira muchachito! las mandarinas allá están! ¡Míralas hermosas, de un naranja encendido! -que fijación, pienso ahora, aunque no tenía la edad para dilucidar en ese momento – cuando aterrizamos nadie se había movido del lugar todos esperaban nuestro regreso. Mi madre corrió a verme y me dijo al oído
- Ya recuperaste tus chapitas, te ves mucho mejor hijito.
Los años pasaron y el General nos visitaba año con año, la familia, lo esperaba con ansias, eran días de mucha fiesta para todos, nunca dejo de traernos un pequeño regalo a todos los integrantes de la familia, creo que en esos días el se sentía como en su casa, su esposa había muerto muchos años antes de que yo naciera y nunca le conocí, al igual que a ninguna otra mujer, aunque sé de varias aventuras en su juventud. El era para nosotros un hombre apaciguado por el tiempo, que relajado venia a pasar sus últimos años en la tranquilidad de un hogar unido como el de muchas familias de ese entonces, hoy los tiempos han cambiado y con eso el concepto de unidad familiar se ha diluido con el mismo progreso.
No olvido como esos días sin refrigerantes, todos los alimentos eran del día y naturales, sin conservadores, cuando el general llegaba se mataba la mejor res, el cerdo engordado para la ocasión, el chivo alimentado con pastura especial y hierbas aromáticas del monte para que la birria supiera mejor. La fiesta comenzaba desde la mañana, si era la res, todo se aprovechaba, la sangre para la chanfaina, se asaban los costillares, se hacían estofados y caldos, para la noche todavía se el asador chillaba con los cortes especiales para el general.
Si era el cerdo el sacrificado, un gran cazo hervía lleno de chicharrones y cueritos blanditos, las carnitas doradas llenaban la mesa principal donde las salsas rojas y verdes, los rabanitos, cebollas, tomates y cilantro daban vida y color, todos comían sin horario, los familiares entraban y salían. La lumbre de las hornillas y llamas de la estufa nunca se apagaba, era una fiesta interminable, además al General le encantaba la música y nunca falto a media tarde o por la noche un grupo de músicos o un buen guitarrista que siempre se aparecía por la casa de los abuelos en esos días.
Pero independientemente de lo que se comiera, el General siempre tenía a la mano un trasto con mandarinas e intercalaba entre cada comida unos cuantos gajos. Decía que era para saborear mejor el siguiente platillo. Ahora sé que por eso y muchas cosas más ahora que el General ya no está, ni mis abuelos, ni mis padres, voy a reconstruir esta casa y retomare la tradición de este árbol de mandarinas será solo mío a partir de este momento.
Seguí los consejos de ese recordado militar y fue él quien en una de sus venidas, me recomendó que no dejara de estudiar y después de unos años de esfuerzo, aquí estoy como él estuvo hace muchos años, dejando que los jugos de esta fruta de dioses resbale por la comisura de mis labios. No pude evitar hablar en voz alta y expresar:
- ¡qué ricura de sabor! ¡Cuánta razón tenias mi General! Este ¡es un árbol para privilegiados!
Mi comentario fue interrumpido por un ladrido de Junior que me miraba desconcertado ante un prolongado silencio comiendo mandarinas sin siguiera regalarle un gajo. Me pegaba con su pata delantera y volvía a ladrar. Al verme sonreír, ladeo su cabeza e hizo que me hincara frente a él y mientras le acariciaba el lomo y la cabeza y no pude evitar gritar.
¡Te volverías a morir viejón! si supieras que tu árbol de mandarina está abandonado, pero alégrate también, está más vivo que nunca,
Déjame decirte que sentí al árbol estremecerse cuando le arranque dos mandarinas, se meció alegremente al escuchar mi voz, como si el espíritu del General lo poseyera. Ante ese inexplicable momento, sentí la mirada de mi perro, quien inclinaba la cabeza de un lado hacia el otro, no comprendía lo que pasaba y prefería guardar silencio, entonces pele rápidamente una fruta y le metí a su hocico dos gajos, dudo en masticarlos, pero al sentir el dulce jugo de mandarina, lo degusto gustosamente.
Un viento frio recorrió mi espalda, me estremeció, era un recordatorio de que el invierno estaba por llegar y el rechinido de una ventana abierta me hizo recordar lo efímero de la vida, esas ruinas me confirmo que somos pasajeros temporales que desaparecemos más rápidos que las paredes, me ratifico que somos viajeros en un tiempo que es eterno y poco amigable, nos envejece y apaga poco a poco, que solo trascendemos atraves de los recuerdos que en los seres queridos sembramos y que solo hay una manera de seguir vivo para que la luz de vida brille atraves de nuestras obras.
Para ese instante la luz se escapaba tras el picacho de San Lázaro y lo melancólico y filosofo se esfumo y me encontré de pronto pensando en mi realidad cotidiana y en los emocionantes días por venir – si somos unos pasajeros en el tiempo, entonces los días que me quedan deben de ser intensos- El amor tenía que levantarme el ánimo y dejar atrás mis negativas emociones y estas ruinas que tanta tristeza me causaban.
Con paso firme y con la compañía de un silencioso amigo, cerré de nuevo el portón y ese capítulo de vida. Ya arriba de mi vehículo, pase mi mano sobre el lomo de mi copilote, quien me lo agradeció lamiendo mi mano, sonreí y me dirigí a casa a esperar el nuevo día por vivir.