domingo, 26 de junio de 2011

Para todas aquellas personas que disfrutan de un espíritu aventurero

De La Sierra


El ex-pirata ingles Bernard Serrra, montado en su caballo, se encaminó con sus mulas en fila india, por la ribera del estero y el arroyo, siguiendo el lecho humedo que leguas arriba nacía a los pies del Gran Picacho. Del poblado Punta del Cabo sobresalían las torres de la misión y el humo de chimenea de algún trapiche. Los ladridos de los perros acompañaban su decidido paso, que era silenciado, por las finas arenas húmedas del arroyo principal del Estero de la Aguada. Observaba con atención el verde esmeralda del lirio acuático, los palmares y los carrizales, admiraba cómo las garzas blancas levantaban su vuelo al sentir su presencia y la de sus equinos. Con el sol en alto, distinguió a lo lejos en ambos lados del lecho, ganado vacuno de los ranchos asentados en la ladera y en faldas de los cerros. Al adentrarse notó cómo aparecían los cactus, las pitahayas y los cardones; éstas plantas llamaron mucho su atención, imaginaba que eran gigantes verdes, con los brazos abiertos, implorando al rey sol clemencia y al dios de la lluvia agua para calmar su sed y en agradecimiento a la dádiva, ofrecían sus frutos de colores, blancos, amarillos y rojos; Bernard, no pudo resistir la tentación de probarlos, al inicio se le dificultó poder desprenderlos y abrirlos para comérselos, ya que se protegían con abundantes y puntiagudas espinas. Probó primero la sabrosa y dulce fruta de la lluvia que los indios llamaban pitahayas, explicaban que los espíritus de la tierra la ofrecían al dios del cielo, para que les bendijera con agua suficiente y que vivieran las plantas, los animales y los hombres.
Entre más se adentraba y tomaba altura, los arbustos espinosos y los diversos cactus, iban desapareciendo, entonces aparecían árboles frondosos que aumentaban de tamaño conforme avanzaba. La temperatura descendía entre más subía, a cada paso era más fresca; mientras, a los lejos, sobre su espalda el mar, el estero y el pueblo de Punta del Cabo. Fue al atardecer cuando llegó al final del arroyo seco de arenas blancas y finas, con regocijo admiró cómo brotaba el agua de la superficie, la vio correr una media legua desde la base del cañon de la montaña hasta la parte baja del arroyo.
Ya cansado, igual que los animales, Bernard, se preparó para pasar la noche. Descubrió durante su caminata que abundaban las venenosas víboras de cascabel y las tarántulas, por lo que debería tener mucho cuidado al acampar; esa primera noche prendió una fogata, amarró muy cerca de él a su caballo y a sus mulas, cenó ligeramente, sólo pan con carne seca y amarró su hamaca a unos árboles, se sentía más seguro arriba del suelo, así se alejaba de los bichos rastreros. Por primera vez, se sintió más solo que nunca, el hecho de alejarse de su compañero, el mar, le hizo mirarse desprotegido, tuvo temor, ese miedo natural que se cobija desde niños; temor a lo desconocido, temor a la realidad que encerraba esa tierra que estaba descubriendo, seguramente había secretos para alejar invasores, que como él, trataran de escalarla; presentía graves peligros. A lo lejos distinguió las luces intermitentes producidas por unos relámpagos, se iluminaban de impresionante manera el cielo, el mar y los cerros, anunciando con mucho ruido, la temporada de lluvias que estaba en todo su esplendor.
Se dio ánimo para hacer realidad su sueño, crearía un lugar único y lo haría con sus propias manos y con sus principios; un lugar donde se sintiera feliz y realizado, un lugar alejado de las miserias del mundo, de la violencia y de la hipocresía humana.
La realidad del momento y los ruidos de los animales nocturnos que salían a cazar para comer, lo pusieron nervioso, así que se incorporó y avivó la fogata para espantarlos y para quitarse el frío que era intenso en esas primeras horas de la madrugada, finalmente lo venció el cansancio, soñó con llegar a su destino; la Montaña del Gran Picacho.

TOMADO DEL LIBRO "De La Sierra" de René Holmos. pag. 40. (narrativa)

No hay comentarios:

Publicar un comentario