Los Agentes Viajeros
Con el paso de los días, Hugh me mostró su otro yo –repuso Mercedes -. Recuerdo que la cena se servía a las siete de la noche en el restaurante para los huéspedes que quisieran comer; allí me tocó ver algunos agentes viajeros que dentro de su ruta tenían este pueblo para vender sus productos. Normalmente viajaban en pareja para compartir gastos de combustible y hotel. Sus rostros y su plática dicharachera los diferenciaba de los demás huéspedes. Así conocí algunos de ellos, de los cuales comentaré algo que sucedió un día que platicaban en un rincón del Hotel, Hugh y dos de estos agentes, muy bien acompañados –por cierto- de una botella de tequila y una hielera llena de cervezas. Ya les había dicho el propietario del Hotel que estaba prohibido beber dentro de las instalaciones, por respeto a los demás huéspedes que querían descansar.
Estaban cómodamente instalados bajo una palapa de palma, junto a una pequeña alberca. Les habían cerrado el bar y José Vizcaíno, uno de los agentes viajeros que vendía de todo, cargaba bajo el brazo un muestrario, donde traía todo tipo de ropa, tela, artículos para el hogar, enseres domésticos, etcétera. Era un agradable tipo que bien podría ser mi padre; hablaba hasta por los codos. Reveló que procedía de un pueblito por el interior de México, cerca de la ciudad de Guadalajara, pero que actualmente vivía con su familia instalada en la ciudad de La Paz. Estaba haciendo sus últimos viajes ya que sus propios negocios requerían tiempo completo. Durante algunos años su ruta lo llevó frecuentemente a Todos Santos cuando el propietario del Hotel era el señor Wong, con quien levantaba los mejores pedidos, independientemente de otros pequeños comerciantes del poblado.
La plática giró sobre diversos temas y ya entrados, le confió a Hugh que tenía hijos de su edad que coincidentemente andaban por la ciudad de donde había salido él, que no sabía de ellos, pero que visitaban ambientes libertinos sumamente peligrosos. Eso fue uno de los motivos que los condujo hacia una dinámica que ocupó gran parte de su tiempo. Hugh justificaba a su manera la actitud de los jóvenes y le decía:
- Mire señor Vizcaíno, con respeto le puedo decir que a veces los jóvenes nos rebelamos contra lo que creemos que ya no funciona y ustedes tienen una gran parte de culpa.
Por momentos sentí que se molestaba, pero era tolerante y sabía escuchar, hasta que le daban voz para revertir sus desacuerdos:
- No creo que siempre tengan ustedes la razón, yo también fui joven y quise volar por cuenta propia; es bueno hacerlo para que se valore lo que hay afuera y se compruebe si en verdad, el mundo es como quisiéramos. Sé que mis hijos regresarán más maduros y más hombres, pero mi temor es que no logren cruzar el pantano y se hundan. Cuando se es joven a veces no se miden las consecuencias de los actos, hay demasiadas tentaciones. A lo mejor para ti como extranjero es normal lo que haces, pero nosotros tenemos otra cultura y pensamos diferente; para nosotros la familia es lo más importante y todo gira en torno a ella. En el caso de ustedes, más que acercarse al tronco familiar, se alejan de sus raíces y vuelan para ya no regresar.
- Bueno, eso es lo que yo creo -dijo, viéndole directamente a los ojos y dejando de hablar, cosa que me extrañó mucho ya que era una máquina de hacer palabras, pero como estaba algo oscuro no se había dado cuenta de un nuevo brillo que adquirieron sus ojos: se le habían humedecido y entendió el motivo. Tragó un poco de saliva y recuperando su aplomo habitual pudo continuar su charla:
- Duele a veces ser padre y no poder entender su comportamiento rebelde, sé que he sido duro con algunos de mis hijos, para que aprendan a ser hombres de bien, pero no es fácil que lo comprendan; tuve una niñez difícil y he trabajado muy duro para salir adelante, dejando a mi esposa la pesada carga de educarlos cuando no estoy en casa; muchos días del mes los paso fuera, vendiendo mis productos. Me va bien, pero a lo mejor debo estar más tiempo junto a ellos. Te voy a decir algo: en ocasiones a mis muchachos que se visten como tú y andan como tú, les he cortado el pelo a fuerzas, y les he quemado los pantalones; les he quitado las llaves de esos autos estrafalarios y sólo he conseguido que se alejen otro poco. Uno quisiera que fueran como uno es, pero ellos intentan ser todo lo contrario; buscan modas, porque según ellos, lo nuestro es algo viejo y fuera de onda. Espero que maduren y adquieran responsabilidades y eso sólo lo puede dar el trabajo formal y un hogar con esposa e hijos.
- Hoy después de algunos años reconozco que las palabras del señor Vizcaíno eran muy sabias –enfatizó nostálgica Mercedes-: mis padres eran muy conservadores y antes de que sucediera el fatal desenlace que nos convirtió en espíritus errantes, nos enseñaron que sólo en el hogar y en los hijos se encuentra un remanso de paz. Se vale renegar del mundo con sus injusticias milenarias y trapacerías donde unos abusan de la nobleza y la honradez de otros. Hugh -con toda la confusión que pudo haber generado en su peregrinar por el mundo-, me he enterado que con la formación de su familia y ver crecer a sus hijos, recuperó de nuevo la fe en el mundo y encontró en la naturaleza la expresión de un Dios que hizo perfectas las cosas. (1) Se ha vuelto un idealista romántico que lucha por el medio ambiente cooperando para que no desaparezcan valiosas especies animales, plantas, ríos y humedales. Entre más años cumple, siente la responsabilidad de luchar porque las nuevas generaciones disfruten la magia de los bosques vírgenes y la grandeza de tantas maravillas naturales que le ha tocado conocer.
- Ya habrán notado en la forma de narrar mi historia –Mercedes hace un paréntesis- que contantemente me salgo de la plática avanzando al tiempo actual; no lo puedo evitar, lo siento, y tal vez tú -me advirtió- vas a sufrir para acomodar estos textos, así que prosigamos donde nos habíamos quedado.
Después de escuchar a Vizcaíno e intentar que comprendiera a sus hijos y de paso a él, ambos acordaron platicar de cosas intrascendentes y sobre su peregrinar por los pueblos de la Baja; allí se sumó un hombre delgado de poco cabello, que parecía la sombra de Vizcaíno; su apellido era fácil recordar por un pez: Salmón. Era un comerciante que vendía zapatos; ambos compartían gastos y se movían en una camioneta International blanca propiedad de Vizcaíno. El tiempo voló lo mismo que la charla; la cerveza y el tequila se acababan, ya pasaban de las doce de la noche y la luz se fue apagando dentro de las instalaciones del Hotel; sólo algunas lámparas discretas iluminaban los pasillos, jardines, alberca y palapa. La penumbra dominaba el escenario dándole un aspecto lúgubre y misterioso al Hotel. Hugh reparó en Mónica que dormitaba sobre sus piernas y, para que no estuviera incómoda, la despertó diciéndole quedamente:
Moni... ¿Quieres que te lleve a la habitación? Allí descansarás mejor. ¿Te parece, amor?
Su afirmativa y somnolienta respuesta, lo obligó a que la tomara en sus brazos, ante el beneplácito de los dos agentes viajeros. Ella lo rodeó por el cuello con sus brazos. Levantándola en vilo, comenzó a caminar por la escalinata, lo que no calculó es que estaban en la suite principal y tenía que redoblar sus esfuerzos para cumplir con su cometido de caballero. Tras subir al primer nivel dejó de escuchar las palabras de sus compañeros de parranda y su respiración se aceleró, pero la mezcla del alcohol y su propia juventud multiplicaban sus fuerzas. Abrió la puerta y con elegancia depositó a Mónica sobre la cama, dándole un beso en la boca. “Espérame en tus sueños amor, regreso en un momento” –le susurró al oído, prendió la lámpara del buró, tomó la guitarra comprobando que estuvieran completas sus cuerdas y colgándosela al hombro, enfiló hacia la salida.
Aquí debo resaltar algo de la puerta del Hotel: en ese entonces no tenían llave, eso era una gran diferencia con los tiempos de ahora, que encierran con candados y cajas de seguridad sus pertenencias. Antes la confianza era un valor muy cotizado y real, únicamente se encerraban para tener intimidad; las chapas y las llaves no existían.
Se regresó cerrando la puerta sin hacer el más leve ruido, cuando inesperadamente sintió un aliento tibio sobre su nuca, se le erizó la piel y volteó rápidamente sin encontrar a nadie, pero escuchó una voz de mujer diciéndole… “Este hombre me encanta”. Volteó hacia todos lados sin distinguir de dónde venía el sonido y una inconfundible fragancia de mujer. “Alguien está jugando conmigo” -pensó Hugh- y para no darle importancia al asunto, se encaminó hacia la parte baja donde lo esperaban sus amigos de ocasión. Notó que las copas de las palmas y árboles se agitaban con el viento, mientras en la parte baja del jardín no se movían, acaso se estremecían un poco cuando él avanzaba suavemente entre las plantas. Apresuró sus pasos y antes de poner un pie en los escalones, una mano se posó sobre su hombro; instintivamente la retiró y fue allí cuando la vio por segunda ocasión.
- ¿A dónde vas tan apurado? Me encontrarás por las noches, atenta por si se te ofrece algo; tómalo como cortesía del Hotel. Que descanses… ¡Buenas noches! -dulce y sugestiva, le deslicé mis sentimientos: sólo por hombres como tú, mi espíritu renace cada noche. Bienvenido al Hotel California.
Mercedes desapareció casi de inmediato, dejándole en la despedida su aroma. Hugh permaneció clavado al piso sin poder moverse, fue una impresión que le caló hondo, su garganta se resecó con la experiencia vivida y por el esfuerzo de llevar en brazos a Mónica, lo que requería urgentemente un buen trago de cerveza o de tequila. Por fin llegó a donde estaban Salmón y Vizcaíno; se le hizo eterno el recorrido sobre aquel pequeño sendero del jardín. Estaban tan metidos en su plática que no lo sintieron llegar y cuando lo tuvieron cerca, acertaron a decir refiriéndose a Mónica:
- ¿La dejaste sola? ¿No sabes que en estos lugares son muy escasas las mujeres como la que te acompaña? –era don José enfatizando su picardía– Pero está bien… ¡Hazte para acá gringuito, que ya tendrás la oportunidad de emparejarte!
La compañía de esos dos hombres le fue muy útil en ese momento de sobresalto, para contarles lo ocurrido en el pasillo de arriba.
- Acabo de ver a una mujer muy hermosa: la misma que nos recibió cuando llegamos ¡Qué lindos ojos verdes tiene!
Se voltearon a ver los dos distribuidores de mercancía, al tiempo de inquirir sobre Hugh:
- ¿Deveras la viste? ¿En dónde? En el Hotel son contados los que han hecho contacto con ella, y júralo que lo hemos intentado infinidad de veces; inclusive el chinito -el dueño- cree que son puras mentiras. ¿En verdad la viste? El único que no niega su presencia es el recepcionista. ¡Cuéntanos cómo es ella!
Al principio Hugh dudó en hacerlo porque pensó que bromeaban, pero de inmediato se percató que jamás la habían visto. Se sentó destapando una cerveza, se la llevó a la boca y la bebió casi por completo, ante la vista complaciente de sus compañeros, que esperaban en silencio su respuesta. Agarró su guitarra por el talle y rasgó algunas cuerdas tratando de recordar las primeras notas de esa música que acompañó en su aparición a la misteriosa mujer. Viendo que no obtenían respuesta alguna, Vizcaíno insistió:
- Veo que sólo bromeabas ¿no? No es cierto que alguien la haya visto. Te confieso que tengo mucha curiosidad por saber un poco más, viajo mucho y ando de hotel en hotel pero en éste es donde más me cuentan los viajeros sobre experiencias paranormales que se relacionan con una aparecida, de no muy mal aspecto, o sea que no atemoriza, sino impresiona gratamente con su belleza. Es muy posible que algo te hayan contado al respecto, y tú lo tomas como parte de nuestra plática. La que nos recibe a nosotros es una señora normal sin ningún atractivo que la haga diferente a las demás.
- Sobre este último comentario es importarte aclararte -señaló Mercedes- nunca me mostré tal como era en verdad ante la mayoría de los viajeros para no despertar sospechas a esas horas de la noche. Sólo Hugh conocía mi verdadero rostro y figura.
- Acomódense bien, y agárrense –les atajó Hugh-, porque les pondrá los pelos de punta lo que voy a revelarles, tal como me puso a mí. Acabo de ver a esa mujer, y es de verdad muy bella; al aparecerse me tocó el hombro, pude sentirla claramente. Puedo jurarles que llegué a palpar el calor de su mano sobre mí. ¿Qué piensan de ello?
No hallaron qué responder; se quedaron mudos; cuando Salmón atinó a hablar, afirmó volteando hacia su compañero:
- ¡Ya ves Vizcaíno! Tenías razón: no a todos se les aparece. Ja ja ja ja ja ja. Sólo le gustan los jóvenes y nosotros ya estamos un poco usados. ¿No crees?
Su risa nerviosa contagió a Vizcaíno. Levantaron su copa para brindar por tan afortunado encuentro. Hugh los secundó riendo también, tomando como un juego todo; apenas alcanzaron a dejar sus copas y botella sobre la mesa cuando inesperadamente las cosas rodaron por el suelo, ante su asombro. Brincaron a un lado para no ser salpicados por el trago y la cerveza derramándose. No les quedó lugar a dudas que alguien más estaba con ellos cuando una sombra se proyectó en la pared, pudiendo distinguir con meridiana claridad la figura de una mujer con vestido largo y abundante cabellera, que pasó entre ellos rápidamente. Se voltearon a ver unos a otros y guardaron silencio unos cuantos segundos.
- No me había gustado ese comentario y menos que se rieran de mí, por ello mi arrebato –refirió Mercedes, señalando enseguida-: Frente ese incómodo e inexplicable momento, Vizcaíno acertó a enviarme un mensaje cargado de solemnidad:
- ¡Ya te entendimos! Bueno caballeros, creo que ya es tarde y debemos descansar; a esta dama de la noche no le gusta que ironicemos a sus costillas. Felicidades Hugh por tu capacidad para ver lo que a nosotros se nos tiene vedado. Dios tendrá sus razones y si así deben ser las cosas entre nosotros hay que aceptarlo. Los caminos del Señor son tan misteriosos que permiten que seres como esta divina criatura vague por aquí; espero que algún día usted Hugh, me lo pueda decir, si tiene la oportunidad de confirmarlo. En lo personal no me atemoriza, más bien me deja la curiosidad por descifrar las causas de su presencia, y te voy a decir algo más: estoy algo corrido en esta vida, creo en un gran Dios que nos guía y creo también en los espíritus que se desenvuelven entre los linderos de la vida y la muerte y hacen acto de presencia desafiando nuestras leyes naturales. Como ocurre con la maldad y la bondad dentro y fuera de este mundo, lo que acabo de experimentar es algo irracional; confío en que las intenciones de este espíritu errante sean buenas. Creo que así es, ojalá no me equivoque.
Al advertir que estaban a punto de marcharse, Hugh les pidió que todavía no lo hicieran y le permitieran cantarles una de sus composiciones para romper el desencanto de ese rato, y encajó estos últimos comentarios:
- Por si no les expliqué antes, soy compositor. Domino varios instrumentos musicales dentro de mi banda de rock y ando en busca de un sonido, que no deje atrás lo nuestro, pero al mismo tiempo recoja lo nuevo; un ejemplo para mí son los Beatles, que a lo mejor a ustedes les pueden parecer extravagantes, pero ellos supieron captar el sonido del cambio que fue toda una novedad para el mundo entero.
Comenzó a tocar algo lento y dulce en inglés, su lengua materna, seguro de que no entendían mucho, pero tenía la certeza de que la música ejerce un poder de convencimiento que armónicamente interpretada emociona aunque no se comprenda la letra; por mi profesión conocía muchas canciones que dicen puras tonterías, pero la música que la acompaña la acuerpa y llega a encantarnos grabándola en nuestras fibras más sensibles para ser recordadas siempre.
Desde que empezó a tocar y cantar, Hugh supo que a los viajeros del Hotel les estaba llegando esa música y que era acorde al momento, a la hora y a los hechos ocurridos; la sonrisa en sus rostros y el aplauso se lo confirmó. Sin preludio inició otra canción similar y a mitad de ella sucedió algo que los dejó definitivamente impactados: Una fuerza invisible levantó los vasos que estaban derrumbados sobre la mesa y nuevamente se llenaron de tequila, la botella de cerveza se incorporó recuperando el líquido, tal como estuvo antes de caer. Los agentes viajeros se persignaron, uno de ellos, Salmón, estuvo a punto de salir corriendo, pero lo detuvo Vizcaíno. Hugh aparentó una tranquilidad que no sentía. De nuevo una sombra suspendida en el muro hacía un ademán inconfundible: ¡A su salud distinguidos huéspedes!
Vizcaíno con un aplomo digno de mejor causa, asumió solemne la palabra rompiendo el hechizo de aquel incómodo silencio que paralizaba al grupo:
- ¡Salud amigos, que la reina del Hotel invita!
Empinaron sus bebidas. Al tiempo que el líquido bajaba ardiendo por aquellas tres gargantas, escucharon de nuevo la música que esta vez un coro lejano repetía… bienvenido al Hotel California..., bienvenido al Hotel California...
El trío comprendió que la canción era un mensaje para ellos. Hugh se propuso escuchar completa la canción y sobre todo identificar a sus cantantes. No escapó a su percepción que tras el último trago de la velada, abandonaron rápidamente aquel rincón, se despidieron con un apretado abrazo y cuando estuvo a punto de irse por su lado Vizcaíno, le miró directamente a los ojos, persignándolo como lo hace un padre a su hijo, y muy serio le espetó:
- ¡Cuídate! Y encomiéndate a Dios Nuestro Señor que Él te protegerá. ¡Buenas noches, Hugh!
Luego cada cual se fue a su habitación. Hugh se metió a la suite, donde dormía plácidamente Mónica, ajena a los extraños acontecimientos a su alrededor. Sobre la mesita de centro de la habitación, el músico descubrió un ramo de flores que no estaba cuando trajo a Mónica. Atisbó por todas partes sin hallar nada fuera de lo común, no se quitó la ropa, no apagó la luz y se acomodó junto a ella; cayó rendido como una piedra sobre el colchón. Eran demasiadas las sorpresas experimentadas ese día y su atribulada mente ayudó a su organismo a desconectarse y a lanzarse al mundo fantasioso de los sueños, donde Mercedes lo esperaba con los brazos abiertos. Hugh en su nebuloso recuerdo, reconocía el rostro de Mercedes; vestía un hábito de monja recogida en sus aposentos, entregada a las actividades del monasterio. No entendió el significado onírico, pero presintió que ese sueño era casi real.
Unas horas después despertó y encontró todo tan normal que el canto de los pájaros le levantó el ánimo y deseó salir a vagabundear por Todos Santos. Abrió la ventana y descubrió que la neblina mañanera cubría el cielo; se sintió como en casa. Hasta donde estaba le llegó el olor a mar y creyó escuchar el romper de las olas en la playa. Sus ruidos ayudaron a que despertara Mónica, lo que aprovechó para recorrer las cortinas y dejar entrar el resplandor de la luz matinal. Se cambiaron de ropa y bajaron dispuestos a conocer un poco más del pueblo.
Tomado de la novela "Legendario Hotel California" de René Holmos. pag. 95 a 103.
Tomado de la novela "Legendario Hotel California" de René Holmos. pag. 95 a 103.
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