domingo, 4 de septiembre de 2011

De Un Lugar Entre Mar y Cielo


En un árbol de la sierra    
EL universo de luces fue más nítido y claro en el Cañón de San Dionisio, justo en las faldas de la Sierra de la Laguna, un santuario serrano orgullo de los cabeños; un lugar de inspiración, la puerta de entrada a un mundo exótico, un lugar donde según Holmos se vivió una intensa historia de amor entre un marino inglés y una india pericúe de nombre Yeka. Al adentrarnos en sus cañadas bordeando por las orillas de los cerros y cañadas, bajo un cielo de blancas nubes de algodón, con formas caprichosas, surgían de una gran explosión que desgarró las alturas, empujadas por el viento que las obligaba a transitar por encima de esos montes. Allí estaba cumpliéndole a Julia su último deseo: dormir en la montaña bajo cielos nublados.
Al tomar la carretera hacia el norte, unos ochenta kilómetros adelante, nos metimos hacia el poblado de Santiago, un legendario pueblo asentado en un oasis lleno de palmares y huertos, cuyo principal atractivo actual es un pequeño zoológico que sirve como señuelo para atraer gente local y turismo. Tiene lo suyo, en lo sencillo y natural se encuentra el sabor y aroma provincial que expande los sentidos que encuentra felicidad justificada en los rostros de su gente. Durante el trayecto las dos mujeres durmieron, debido a que las levanté muy temprano, conduje  en silencio platicando con mis pensamientos con un solo destino, las cabañas del Cañón de San Dionisio.
Al verlas distantes agradecí a la vida por latir cerca de ellas. Evoqué con alegría algunos detalles que comenzaron a aparecer en la oficina y en casa; tres dibujitos hechos a mano: una flor, un corazón y un sol. Los primeros males, los últimos casi perfectos. A veces con lápiz otras con colores, los últimos con marcadores: el corazón de rojo, la flor rosa y el sol amarillo. La responsable era mi hija, quien los dejaba encima del escritorio, dentro de mi maletín, en el asiento de mi carro. Lo mismo hacía con Julia su madre, era una manera de decir estoy aquí cerca de ustedes. El corazón era Julia, la flor era ella y yo era el sol. Cuando se fue a estudiar dejaron de ser parte de nuestro diario, para que no lo olvidáramos la incluyó en su firma electrónica, cada correo que nos llegaba traía esos tres inolvidables símbolos. En vez de dibujar como todos los niños tres monitos, a Juliana se le hizo más fácil representar a la familia con figuras. Al tomar la terracería con la vibración de la carrocería, las voces femeninas despertaron y se escucharon claras, como el agua que corría por entre las piedras lamiendo el camino.
-          ¡Papá, por qué no nos despertaste!... ya casi llegamos, todo está verde, se ve que ha llovido.
-          ¡Ay, sí amor! Nos hubiera encantado disfrutar de las vistas, hay algarabía en el campo. Hasta la mirada del ganado es otra, se les ve alegres muy diferentes a esos días de árboles deshojados.
-          Es la abundancia de agua lo que transforma este lugar, estamos en los mejores días; miren hacia el cielo, las nubes se están reagrupando; a media tarde nos lloverá con ganas, hay brisa recorriendo las laderas, vean como se ladean los árboles y palmeras de las cimas, esa es una buena señal para los rancheros.
Fueron cuarenta minutos lo que nos llevó instalarnos en la cabaña, cuya vista a las  montañas nos embelesaba; el aire olía a limpio, el cielo de negras nubes rociaba las alturas  de la sierra y a sus cerradas arboledas. El arroyo metros abajo donde nos encontrábamos, crecía a causa de la lluvia. En cuestión de segundos el cielo se oscureció, la luz de la tarde amenazó con ponerse en fuga y vimos acercarse gruesas cortinas de lluvia que nos envolvió totalmente. El frescor fue bienvenido y el ruido del agua cayendo en el techo de palma de la cabaña era acogedor.
Nos sentamos a disfrutarla con una taza de chocolate caliente en nuestras manos, estábamos en el lugar ideal para esas tardes lluviosas a finales del mes de septiembre; los troncos verdosos de los árboles  y la tupida y fina hierba eran muestra palpable de lo que hacían los aguaceros a ese lugar. La rústica cabaña, contaba con las comodidades de una casa y nuestra estancia era placentera.
La Cabaña se llenó calor, anticipando la fresca noche por venir. Cenamos algo ligero y jugamos a las cartas mientras escampaba afuera. Los ruidos de la noche llegaron y con ello el arrullo del bosque y del arroyo de la cañada. Los grillos y ranas agarraron ritmo  y comenzó un discreto concierto serrano donde las gotas de lluvia de los árboles sobre el techo hacían lo suyo.
Era tan acogedor el momento. Nuestro espíritu en armonía con la naturaleza; la risa, las miradas, nuestra respiración, todo acompasado. Julia adquirió color en su rostro, no se agitó y esperaba el momento para intervenir en la plática, opinando o dando su punto de vista. El tema era la Sierra de la Laguna a cuyas alturas por tradición se subía durante el mes de noviembre, cuando hacía menos calor y el frío no era extremoso.
-          Cuando fuimos a ese lugar, me quería regresar; ¿te acuerdas papá? No podía dar un paso más, llevábamos más de seis horas caminando hacia arriba. Por Dios que tenía ganas de aventar lo que cargaba en la mochila. Si no fuera porque me ayudaste, allí me hubiera amachado.
-          Ja  ja  ja  ja. Lo recuerdo, hija. Tu madre también pensó lo mismo pero se aguantó. Claro eso me lo confesó arriba. ¿Recuerdas?
-          Sí, fue pesado pero emocionante; arriba es otra cosa. Pinos y más pinos por todos lados, el agua se cristaliza en la noche, allá a más de dos mil metros de altura la naturaleza es abundante y los árboles exuberantes, muy distinto a lo que vemos acá más abajo.
-          Cierto –convine-, la altura también define el tamaño de los árboles, allá hay humedad durante todo el año, el agua corre con abundancia por dondequiera. Es un verdadero paraíso descrito con toda justicia en la novela “De la Sierra” de Rene Holmos.
-          ¡Ya dejó de llover! Salgamos un momento para ver el fondo del cielo –propuso Juliana.
-          Sí, hay que verlo –aceptó Julia, incorporándose trabajosamente para caminar con lentitud hasta la terraza. Llenó de aire sus pulmones y gozosa exclamó. ¡Qué rico huele! Ayúdenme a distinguir ese perfume. ¡Sí! Yo digo que huele a húmedo…
-          Yo huelo a tierra mojada.
-          También a hierba fresca.
-          A hojas caídas mojadas, llenas de tierra.
-          A agua turbia corriendo.
-          ¡Huele a piel mojada!
-          ¡A cabello húmedo!
-          A corteza de árbol viejo…
-          ¡A limpio huele!
-          Huele a campo…
-          Al aliento de la naturaleza.
-          No…también huele a vida.
-          Huele a árboles.
-          A piedra lavada.
-          A empalizada.
-          A estiércol de vacas.
-          A viejo.
-          A nuevo.
Esos instantes de ojos cerrados, concentrados en el sentido del olfato nos hermanaron con el remojo de la selva subtropical. Juliana siguió con el juego y nos pidió que afináramos los oídos para distinguir los sonidos.
-          Escucho a los sapos en el arroyo.
-           Yo los grillos.
-          A lo lejos hay una lechuza.
-          Las vacas suenan sus cencerros.
-          Aúlla un coyote.
-          Un tapa-caminos aletea sobre nuestras cabezas.
-          Un perro de algún rancho ladra por allá.
-          Una cachora besucona está por algún lado lanzando besos.
-          El agua correr entre las piedras.
-          El viento entre los árboles.
-          Escucho agua caer…
Me tocó a mí y propuse describir lo que mirábamos en esa húmeda y oscura noche. Apagué las luces y al quedarnos cubiertos de lo negro, dije lo que miraba:
-          Todo está oscuro allá arriba de la montaña.
-          Hay negras nubes en el cielo.
-          Veo algunas estrellas.
-          Distingo las copas de los árboles.
-          Vi un murciélago.
-          Veo gotas caer del techo.
-          Veo el brillo de sus ojos.
Por su parte, Juliana propuso: ¿Qué es lo que sienten?
-          Siento un viento fresco en mi cara.
-          Percibo el aire cargado de oxígeno.
-          Hay energía en el ambiente, mis vellos se erizan.
-          Hay mucha felicidad circulando entre nosotros –expresó con emoción Juliana, abrazándonos y plantando un beso; la imitamos y reímos contagiados de la gran verdad del momento. Luego una leve llovizna que llegó siseando desde los riscos, nos metió de nuevo a la cabaña; la vida se desbordaba por todos lados aun en las redes oscuras del campo.
Julia flaqueó y quiso llorar al recordar la cruz de su enfermedad, así lo sentí cuando se acurrucó en mi pecho sentados en el sillón frente las cortinas de agua que caian y se asomaban para ver a los nuevos inquilinos. Mi hija al ver el cuadro de sus padres, dio las buenas noches y se internó en su recámara, dejándonos con el dolor que acicateaba el alma de mi esposa Julia.
-          Cuánta diferencia hay en los brotos de vida que están naciendo allí afuera y aquí dentro de mí están muriendo. Lo siento amor, no puedo evitarlo. Cállame con un abrazo que lo necesito -la apreté mientras nuestras pupilas miraban fijamente las llamas de los leños que ardían.  Allí quedamos en silencio, las luces y sombras hablaban por nosotros, el fuego de la chimenea con su chisporroteo cortaba en pedacitos el silencio del interior de la cabaña.
-          Vamos a descansar, amor –le dije -,  mañana un nuevo día traerá animo, veremos un amanecer espectacular, quédate aquí pegada a mí e imaginemos que todo está bien.
Le di un tranquilizante y en cuestión de minutos escuché su acompasada respiración; aproveché el sendero que recorría y me dejé llevar por los sueños surrealistas, quietos, plácidos, irreales y fantasiosos.
El amanecer toco nuestra puerta, me levanté y abrí la puerta a la vida, corrí al baño y preparé el café colado en talega, las desperté con su aroma. Había dejado de llover y el sol poco a poco dispersaba la neblina dormida sobre los cerros, la arreaba ante nuestra excitada vista; ella se dejaba conducir no sin antes deslizarse por las hojas para dejar esencias de rocío. Pocas veces teníamos la oportunidad de  ver una salida de sol que con sus rayos, encendía los grises contornos de la sierra.
Éramos un solo abrazo en el sillón de la terraza, estábamos a los pies del Santuario de la Sierra de la Laguna. Las palmas sobre las cañadas y las hojas de los encinos brillaban por la humedad en sus hojas, fue un espectáculo que disfrutamos de principio a fin. Las consentí esa mañana y preparé un desayuno con pan y jugo de frutas, allí estuvimos hasta que la modorra se retiró después de varios estiramientos del cuerpo. Al tiempo no le dimos importancia y dejó de mostrarnos el reloj que terminó estrellándolo en la risueña campiña que esperaba su airada reacción.
Nos propusimos hacer una pequeña caminata hacia la cañada donde el agua corría veloz entre las piedras; nos estacionamos bajo la sombra de un enorme encino. De allí evaluamos la dimensión del cañón y la altura aproximada de los cerros que altivos se elevaban bajo una tupida floresta. Se respiraba la majestuosidad y la grandeza silvestre. Invadido por ese sentimiento me propuse grabar en la gruesa corteza de un árbol el símbolo de nuestra familia.
-          Cuál es papá –interrogó mi hija.
-          ¿Tú lo sabes amor? -le pregunté a Julia, quien al sentirse aludida puso atención y se olvidó de su agitada respiración.
-          ¡Ah! ¿Cuál es? Ja  ja  ja  ja.
-          A ver… intentemos recordar algunos dibujos que hemos visto por allí en casa, en la constructora y en mi carro.
-          ¡Ya sé! Gritaron al unísono. Déjame a mí dar la respuesta, mamá. ¡Sí!
-          ¡Adelante m’hija! Dilo.
-          Son mis dibujos del corazón, la flor y el sol.
-          ¡Claro! Esos son. Aquí traigo un marcador, delinéalos en este tronco y con esta navaja entresacamos la cáscara.
Todos hicimos el trabajo de tallar el árbol, mi hija fue más allá y alrededor de las figuras dibujó una mariposa. Nos llevamos algún tiempo, fue una catarsis, le encantó el detalle a Julia, algunas lágrimas se le escaparon de sus ojos mientras retiraba la corteza. En un viejo encino cargado de bellotas quedó grabada la historia de nuestra vida. No sé si fue el momento o la imaginación que me engaño, pero vi que el árbol sangró por la herida superficial que le infligimos, o tal vez brotó agua entintada que debió de ser parte de la lluvia acumulada en su corteza interior y coincidentemente salió por el trazo redondeado de la mariposa. Julia se identificó con el encino abrazándose al tronco.
-          Yo soy este árbol.

Tomado de la novela "De un Lugar Entre Mar y Cielo", del escritor René Holmos, de la paginna 150 a la 157.
                                       

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