El Borracho del Km 69
Ese día bajo el puente durmió todo el día y casi toda la noche; sus sueños fueron largos y alterados; sólo antes del amanecer, despertó ante el siseo inconfundible de una víbora de cascabel agitando su cola en señal de advertencia; al pasar se encontró con su cuerpo, los ronquidos y movimientos la pusieron en alerta y posición de ataque; estaba frente a él, moviendo la cabeza en un vaivén hacia arriba y hacia abajo, buscando el momento de lanzar su mortal mordida. La víbora sintiéndose en peligro aún más que él, se había enroscado y su cuello lo puso en forma de “S” para atacar con mayor rapidez.
De pronto Mateo se encontró en medio de un cuadro aterrador, el sonido del cascabel le helaba la sangre, los residuos de sueño se habían evaporado rápidamente; estaba boca-abajo indefenso y observaba el crótalo sin pestañear, totalmente paralizado por el miedo a escaso metro y medio; le alcanzaba a distinguir sus negros y profundos abismos de sus ojos rasgados que lo miraban amenazadoramente; su enorme cabeza sobresalía de su grueso cuerpo cubierto de rombos y hexágonos oscuros con bordes claros, con dos líneas diagonales por los lados de la cara. Pensó que si era mordido moriría inevitablemente, sabía que el veneno de estos animales es muy tóxico: “Destruye los glóbulos rojos de la sangre y hace penetrables los vasos sanguíneos; así afecta al tejido corporal y a la circulación, su mordedura es tremendamente dolorosa y fatal”. Inmóvil como estaba, alcanzó a ver cerca de diez anillos en su cascabel, por lo que comprendió que estaba en una posición crítica para enfrentar a una serpiente probada en este tipo de situaciones, pensando en que cada aro representaba un año de vida, y le calculó cerca de dos metros de longitud.
Permanecía en el mismo estado en que lo despertó la sonaja, sabiendo que no podría moverse con la suficiente velocidad para evitar el mordisco que miraba venir, pero aún así, tenía que actuar con la mayor celeridad posible o de lo contrario su cara o cuello sería el objetivo letal de esa venenosa serpiente. Notó que el simple movimiento de sus ojos la ponía más nerviosa. Sin pensarlo más estiró su pierna para distraerla, y usando sus brazos como palanca se lanzó a un lado, luego vio las fauces del crótalo dirigiéndose a él velozmente; mientras giraba gritando como loco, no dejó de sacudirse en su alocada huida, rodando sobre toda clase de piedras, troncos y objetos diversos; cuando pudo incorporarse no sintió la mordedura, pero sí que se ahogaba del esfuerzo realizado; se buscó la mordida por todo el cuerpo, sin sentir ningún dolor o escozor a pesar de haberse arañado cara y brazos.
Para sorpresa suya descubrió al animal sin vida con la cabeza aplastada. Creyó que tal vez al girar le había dado con su pie instintivamente, hiriéndola de muerte. Todavía se estremecía enroscándose sin control; fue entonces que vio cuando una misteriosa e invisible fuerza la levantaba y la estrellaba contra la pared hasta que se quedó quieta.
- ¡Qué pasa aquí! ¡Estoy alucinando de nuevo! –se preguntó en voz alta.
Saltó de la impresión y buscó la presencia de alguien. Vio que el túnel se llenaba de una luz blanca que iluminó la semioscuridad del lugar, y un extraño ser se le acercó, lo tocó y le habló en un idioma extraño. Increíblemente se sintió bien, más joven, más cuerdo y lógico en su manera de pensar, no tuvo miedo alguno, desapareció su malestar físico y esa ansiedad de beber; dejo de sentir sed y ansias por tomar alcohol. Tal como apareció aquel ser, así también se fue, dejándolo en una situación donde su cuerpo se llenó de paz y por primera vez en muchos años se sintió reconfortado y sereno con todos sus sentidos completos.
No entendió lo que pasó, todo fue como en un sueño; se sacudió la ropa y salió hacia la orilla de la carretera, luego echó a caminar sin dirección, no sentía ninguna aprensión ni ganas de tomar, no lo comprendió pero advirtió el lamentable estado en que se encontraba: sucio, barbón, con sus pantalones, camisa y zapatos rotos. Por primera vez en mucho tiempo sintió vergüenza de verse en esas condiciones, y al ir caminando vio un letrero con el nombre de un rancho; sin hacer ningún esfuerzo por entender por qué, encaminó sus pasos hacia ese lugar; la tierra curiosamente cambió de su tono gris a rojo, cruzó la entrada de la cerca pasando con mucho cuidado por encima de unos tubos de acero atravesados -un guardaganado-, que servían para evitar que los animales del rancho se salieran hacia la carretera. El frescor de la mañana le avivaron sus sentidos, el fondo que tenía ante su vista de las montañas que iban del café verdoso al color azul le hicieron valorar la belleza del espectáculo que tenía ante su vista. Esta percepción de la naturaleza le hizo sentir que incuestionablemente un cambio se había desencadenado dentro en él.
Caminó por senderos muy bien cuidados, con una gran diversidad de árboles donde abundaban los animales silvestres, el vuelo y trino de muchas aves de distinto plumaje, lo ubicaron en la estación del año: terminaba el verano y se abría paso el otoño. Cientos de palomas grises surcaban el cielo rumbo a las partes bajas, el pasto crecido le avisó que había sido un buen año; un sitio, en fin, donde había llovido bastante para beneplácito de los rancheros de la zona. El ganado andaba suelto y se miraba bien alimentado y con mucha energía. Siguiendo unas vacas y a un grupo de codornices de elegante copete se desvió un poco hacia una cañada, donde descubrió una poza que se derramaba incesante sobre las piedras y arena del arroyo. Sin pensarlo dos veces -como cuando niño- se despojó de sus ropas y desnudo se zambulló en sus frescas aguas; poco a poco las costras de mugre desaparecían de su cuerpo y se sintió limpio como nunca, alisó sus cabellos y se hizo una media cola, luego vio su rostro en el espejo de agua y se avergonzó de su aspecto físico.
Como nunca se sintió apenado consigo mismo, sin entender el cambio que se había gestado en su interior. Lavó su ropa ajada que despedía un olor asqueante; la extendió sobre unas rocas y él mismo se tendió sobre una piedra laja buscando entender que hubiera caído tan bajo, perdiendo su honor y concepto de hombre.
Su mente estaba entera y lúcida. Le ayudaba a recordar con toda precisión por lo que había pasado hasta convertirse en una piltrafa humana. Volteó para todos lados y percibió la belleza natural del lugar, rodeado de unos farallones de piedra y arriba de él un límpido cielo azul; sintió como si hubiera despertado inesperadamente de una pesadilla donde su vida fue atrapada por un personaje lastimoso; el de un vicioso cualquiera.
Disfrutó el baño y dejó que el fuerte sol secara un poco más su ropa; mientras limpió sus zapatos y con sus dedos mesó el cabello hasta que pudo acomodarlo bien pegado a su cabeza, atado a media cola. Se cambió y le surgió el deseo urgente de cambiar su imagen, al menos iba limpio y un poco más presentable. Recuperó la senda por donde venía y se dirigió al rancho; distinguió al fondo un grupo de casas, y la presencia de vacas, caballos y diversas aves domésticas, le anunciaron que estaba por llegar a ese lugar. En la entrada principal encontró algunos carros que iban y venían y le llamó mucho la atención la seriedad y tristeza de sus rostros; la mayoría iba vestida de negro y se notaba que eran amigos y familiares de los propietarios del rancho.
Al final de un camino recto estaba la casa principal de color blanco con techo de palma y una sección más moderna y acogedora, y a un lado los corrales de manejo ganadero; se acercó poco a poco y creció el movimiento y bullicio del lugar, pero no parecía una fiesta o reunión porque dominaban el escenario los balidos de animales y graznidos de aves de corral.
Advirtió la presencia de hombres arremolinados, hablando en voz baja; no llamó mucho la atención, ya que se imaginaron que era algún trabajador del campo de algún rancho cercano que se había acercado a dar el pésame a la familia.
Para entonces, se había dado cuenta que allí había un velorio. Un ataúd con cuatro cirios prendidos descansaba en el corredor principal de la casa. Volteó para todos lados sin comprender qué hacía y qué lo llamaba al lugar. Pasaron café en una charola y prácticamente arrebató un vaso humeante, al darse cuenta de su actitud se disculpó con la muchacha de negro y ella sólo le sonrió con tristeza. Sin comprender, se encaminó hacia una cocina donde entraban y salían mujeres dando de comer y de beber a la gente. Se paró fuera de ella, era una construcción con techo y paredes de madera de palma. Adentro la hornilla encendida arrojaba una densa humareda que salía por el techo entre algunos huecos de las hojas de palma entretejida. Fue allí recargado en la pared, donde escuchó la plática completa de dos damas comentando lo que había acontecido.
- ¡Qué tragedia, comadre! cómo pudo suceder esto en justo el Día del Padre y con más razón a Don Pedro, un honorable padre de familia, un hombre recto y honesto como los hay pocos. Tanto mal nacido que anda haciendo daño por allí. Parece que a los hombres más buenos Dios se los lleva muy pronto.
- ¡Eso no es todo, comadre! Doña María está hospitalizada muy grave, luchando por su vida; sus hijos están divididos en este momento, unos en el hospital y otros velando al padre. ¡Méndigo borracho! Siempre dijimos, comadre, que esa cantina sobre la carretera nos iba a traer muchas desgracias y no nos equivocamos. Se estrelló de frente con el carro de Don Pedro, quienes venían detrás de él, dijeron que nada pudo hacer para esquivar el choque; fue de frente y lo más curioso es que al otro conductor no le pasó nada, ni un solo raspón.
La mayoría de los allí presentes era gente del campo, rancheros para ser precisos; todos dedicados a la crianza de ganado, varias generaciones habían hecho lo mismo. Esa observación la hizo el estrafalario visitante, al ver los sombreros, camisas de cuadros, botas y cinturones de grandes hebillas de los hombres allí presentes. A muchos los había visto en la cantina, inclusive recordaba los nombres de algunos, pero no creía conveniente recordárselos.
En eso estaba, cuando se percató que una muchacha se acercaba a él y le extendía una bolsa para que la tomara.
- Tenga señor. ¡Cámbiese! Esta ropa era de mi padre, siempre quise regalársela cuando lo miraba afuera de la cantina; allí va una camisa, pantalón y zapatos…. ¡Ah! Gracias por acompañarnos. Además me da gusto verlo sobrio por primera vez. Vaya atrás, hay un baño, use lo que hay dentro y quítese esa careta de pelos que trae en la cara.
Se quedó mudo y sintió vergüenza de que alguien se hubiera fijado en su aspecto de pordiosero, le dio las gracias inclinando la cabeza y cuando trató de hablar, alguien se acercó a la joven y le habló al oído; con un ademán se despidió rápidamente y fue a donde solicitaban su presencia. Él por su parte buscó dónde cambiar de ropa, descubrió un baño donde se encerró para despojarse de sus harapos; todo le quedó a la medida, incluyendo el calzado. Al verse en un espejo sobre la pared vio su demacrado y barbado rostro; sobre una repisa estaban unas tijeras, rastrillo y jabón; no lo pensó dos veces, se enjabonó y con mucha dificultad se quitó la primera capa de vello, y a la segunda pasada dejó su mejilla lisa y suave, también se recortó el cabello dejando más presentable su media cola; se miraba y no se reconocía, hacía años que no estaba tan limpio y presentable. Tomó algo de crema para el cuerpo que mucho le hacía falta, al instante sintió menos restirado y acartonado el rostro y brazos, dio gracias a quien se la puso en ese lugar y se dio un masaje por todo el cuerpo.
Cuando salió de aquel rústico baño, dejó atrás la imagen de un hombre derrotado por la vida y salió otro con un aspecto e imagen diferente. Buscó a la muchacha que le había regalado la ropa y cuando la encontró se paró frente a ella y le expresó su agradecimiento con mucha discreción.
- Señorita, gracias por la ropa. ¿Cómo ve? ¿Me quedó bien, verdad? Su padre tiene casi las mismas medidas que yo, mire… A lo mejor un poquito más alto -no mucho-, pero de cintura somos iguales.
- ¡Qué cambio, no lo reconocí! Es más joven de lo que pensé; vaya sorpresa…
- Oiga, me puede decir su nombre para saber cuando menos a quién agradecer esto.
- Magdalena es mi nombre, y soy hija del señor que estamos velando en el corredor…
Al decir estas palabras su voz se quebró, sus ojos se humedecieron en un borbotón de lágrimas y prefirió voltear hacia otro sitio.
- Lo siento mucho, no me imaginaba esto; la verdad no conocía a tu padre, creo que nunca se paró por la cantina que fue mi hogar hasta el día de ayer. Vi su foto sobre el ataúd y sí, te recuerdo entre brumas, siempre que pasabas frente a mí, me saludabas discretamente y eso me llamó mucho la atención. Era un detalle increíble.
- Me dabas pena y lástima verte tan acabado y destruido, mi madre me regañaba pero no le hacía caso; traté de llevarte ropa pero no me dejaron y mira nomás dónde te la vine a dar. Pero en nada te pareces ahora a esa escoria humana que vi muchas veces tirado como trapo en el suelo.
Al observar a Magdalena, se dio cuenta que era una atractiva muchacha, de grises ojeras que resaltaban más su belleza; le calculó unos veinte años de edad; su sencillez, transparente y decaído ánimo no le restaban esos atributos personales y él también notó que hacía tiempo no se había fijado en una mujer de esa manera. No aguantó el sentimiento de ternura que le provocó esa desvalida muchacha y la abrazó ofreciéndole sus condolencia y el ánimo que necesitaba. Ella por su parte se lo agradeció y sintió la sinceridad del abrazo, y al ver la ropa de su padre en él le inspiró mayor confianza para sacar su dolor convulsionándose por el llanto que contenía desde hacía horas. Allí, en el hombro de un desconocido, encontró el apoyo y salida a su pena.
No se movió, al contrario la aprisionó y le hablo tiernamente, sin apresurarla y la dejó aflorar su frustración de sentirse sola en esos momentos tan difíciles. El aroma limpio de su cabello lo hizo suspirar, ya había olvidado esos olores a cabello de mujer y delicadamente se lo acarició y acomodó, en un intenso sentimiento protector que nacía en ese momento dentro de él.
- Llora muchacha te hará bien, que no te dé pena hacerlo; sé lo que se siente: cuando perdí a mi padre, no estuve cerca de él, ya andaba metido en esta maldita enfermedad y recuerdo que gritaba de dolor y desesperación; nadie estuvo cerca de mí y si no me suicidé en esos momentos, tal vez fue porque Dios estaba cerca de mí y el alcohol y las drogas hicieron que me evadiera de la realidad.
El hombro le quedó mojado lo que, en lugar de incomodarlo, le encantó; sentirla tan cerca parecía un privilegio inmerecido; ya nadie confiaba en él, por lo que esos brevísimos instantes adquirían una dimensión intensa y hermosa. Una prima vino a rescatarla y se la llevó al interior de la casa, desde donde escuchaba sus gritos lastimosos llamando a su padre, exigiendo una justificación a Dios. No pudo evitar que las lágrimas corrieran por su cara también, se doblegó ante un sentimiento tan noble, se secó con su brazo la humedad de su cara y salió a caminar para que le diera un poco el aire.
Afuera seguía llegando gente, los corrales se convirtieron en estacionamiento, y mucha gente se recargaba en los vehículos. Observó en uno de los cobertizos un animal sacrificado: era una res que destazaban hábilmente, colgando de un enorme gancho y muchos trozos del animal estaban seccionados sobre una mesa; otros eran llevados a la cocina donde un grupo de mujeres preparaba abundante comida. Era una de las tradiciones más sentidas en esas rancherías, darles de comer y de beber a los asistentes al velorio, lógicamente un evento ideal para tipos como lo que había sido apenas unas horas antes.
Ahora la situación era diferente, estaba allí por otro motivo y no lo sabía todavía. Pero lo más extraño es que estaba rehabilitado por completo, sin una gota de sed por el alcohol ni deseos de consumir droga, y con la mente totalmente despejada. El rancho era uno como tantos de esos lugares, la diferencia era que estaba encajado sobre un desfiladero al pie de la sierra; los árboles de colores verdes intensos y variados se acomodaban por dondequiera, cubiertos por intenso follaje y algunas bellas enredaderas de vívidos colores que trepaban por sus troncos. La presencia de muchas aves avivaba el paisaje: cuervos, palomas, gavilanes, codornices, calandrias, cardenales y muchos más; había mucha vida en el lugar, pensó; aspiró profundamente y llenó de aire sus pulmones, el olor a campo, a tierra húmeda y fresca le dio energías; abrió sus brazos y agradeció al cielo encontrarse en ese momento en ese lugar, donde paradójicamente la tristeza circulaba en cada rincón del monte; si bien se había adueñado del ánimo de todos, resultaba paradójico que él no estaba triste, sino felizmente desconcertado, con una sombra de extrañeza y misterio que lo confundía. Se sentía como de casa, sin nunca antes haber puesto un pie dentro del rancho. Ante los sentimientos descarados que lo invadían, no pudo evitar que se le salieran unas palabras de la boca:
- Qué raro es todo esto: Soy un extraño dentro de un lugar al que algo empuja a comportarme confianzudo. Y esa muchacha me hace recordar mis mejores momentos de académico, cuando se me acercaban las jovencitas recién ingresadas, todavía desorientadas sobre las clases y sobre su nuevo ambiente. En fin, no sé a dónde vaya a parar todo esto… ¡pero me gusta!
Regresó de nuevo a la casa y abriéndose campo, descubrió algunos rostros conocidos que no lo reconocieron, y por su parte evitó estar cerca de ellos; le recordaban esos momentos estúpidos y sin razón donde su brillante y abotagado rostro reía como idiota mientras hablaba incoherencias. Se sentó en el corredor junto a la gente y de frente a la caja del difunto, donde unos minutos más tarde, distinguió la figura de Magdalena en la cocina llamándolo a señas, se levantó de allí y se acercó a ella; con un ademán, hizo que la siguiera hacia la hornilla que estaba en todo su apogeo llena de leños encendidos.
- ¿Ya comió? -le preguntó-, por cierto no recuerdo su nombre…
- ¡Ah! Perdón, mi nombre es Luis… Luis Jordán y para mayor información soy de una ciudad fronteriza, y la verdad no me acuerdo cómo llegue hasta aquí. A lo mejor me subí a algún camión de carga, me quedé dormido y aquí me dejaron. Y creo que sí porque recuerdo que me decía el camionero que me bajara, que si cómo me había subido sin su permiso; allí me había dejado uno de ellos. No he comido, traigo hambre y es una sensación extraña que había olvidado, mi hambre se confundía con la sed por beber alcohol. Quiero que sepa que el nombre con el que me conocían en la cantina era Mateo… Lo hacía para olvidar mi pasado y que nadie me reconociera.
- Ah sí, lo había escuchado; no te preocupes, lo entiendo; ahorita le servimos algo… Esta cocina es la parte vieja de la casa, mi madre nunca quiso que la quitaran; le encantaba cocinar a la antigüita sobre hornillas con leña ardiendo. Le gustaba cocinar en vivo, nos decía; si no hay humo no sabe la comida y en esta ocasión Josefa la habilitó para cocinar para toda la gente que nos acompaña. Es un lugar nostálgico para mi madre, la transporta a sus orígenes cuando mi padre y ella con mucho trabajo y esfuerzo levantaron el rancho estando recién casados; siempre les gustaron estas tierras que mi padre descubrió en sus constantes salidas a cazar, un día trajo a mi madre y le mostró el lugar donde vivirían cuando se casaran.
Mientras me servían algunas mujeres y niñas entraban con platos vacíos y salían con otros llenos, ella me sentó en una esquina y puso frente a mí un estofado de carne con arroz y tortillas; mientras me servía café caliente, me contaba lo del incidente anterior donde ella lloró y se disculpó.
- Coma con confianza que yo platicaré -me dijo. Gracias por haberme dejado llorar, me dio pena después, pero no pude evitarlo, mi hermana que me vio, me pregunto por usted y no supe darle mucha información suya, ella se extrañó de la confianza con que me desahogué junto a usted y anda intrigada. Déjeme decirle que somos cinco hermanos, dos hermanas y tres hermanos, todos casados, soy la única soltera y que vive en el rancho con mis padres. Si se pregunta por qué soy tan desenvuelta le diré que estudie hasta la preparatoria donde aprendí computación y eso me abrió la puerta para conocer mundo a través del Internet; a lo mejor por eso soy tan diferente a todos como ellos me dicen. Pero como les he sido de utilidad a todos investigando problemas legales y de salud, algunos me dicen la doctora, otros la licenciada y me gusta ser así. Tenemos un hermoso rancho donde hay de todo, es muy productivo; contamos con mucha agua, es un lugar fresco, la ciudad esta a media hora. Contamos con agua por gravedad, luz eléctrica, casi todas las comodidades y sobre todo llevo la administración del rancho. Voy cada semana y vendo la producción de carne, leche y huevos a los grandes supermercados y estoy al pendiente de los trabajadores al igual que mi padre nos gusta el campo.
Noté que de pronto se quedó callada y la vi de reojo, limpiando su cara; nuevamente el fantasma de la pena había rondado cerca, dejándola sin palabras.
- Mi padre se nos fue, ando destrozada no lo niego y no sé de dónde he sacado fortaleza para platicar con usted de esta manera.
Para ese momento ya había probado bocado y sintió que el alma le volvía al cuerpo; luego, comenzó a describirle su vida:
- Fui un maestro universitario en el área de filosofía y letras, el alcohol me atrapó y me hizo perder el camino, no sé por qué estoy aquí contigo en esta cocina, no lo entiendo, algo me tiene aquí.
Apenas terminó de hablar cuando vio algo que lo dejó desconcertado; se talló los ojos y pensó que eran como las visiones que miraba continuamente cuando bebía de más, pero todo seguía igual. Junto a Magdalena estaba una persona transparente y sus contornos eran de un gris azul brillante, la abrazaba y acariciaba amorosamente, sin que ella se diera por enterado.
- ¡Magdalena! ¿No ves o sientes lo que pasa a tu lado?
- ¿Qué es? -gritó asustada.
Volteaba para arriba y abajo donde él miraba, sin encontrar respuesta a su pregunta.
- Hay alguien junto a ti. Es una persona de mi estatura, delgado, con sombrero y bigote ancho. Se ve transparente y trata de decirte algo, te abrazó con desesperación y llora.
- Es mi padre a quien describes. ¿Dónde está? ¡Papá qué me quieres decir!
La voz de Magdalena se quebraba y rompió en llanto, mientras él se quedó impávido viendo lo que sucedía; el espíritu, alma o fantasma de un hombre estaba frente a ellos y se dio cuenta que lo podía ver; lo enfrentó y fue cuando escuchó su voz, al principio cavernosa, que se fue aclarando hasta escucharse un tono normal ante un desconcertado Luis que comenzó a retroceder ante la confusión de Magdalena.
- No le temas Luis, es un buen hombre; si lo ves dile que lo queremos y que lloramos su partida, que no sufra con nosotros que vaya al encuentro de Dios. Dile por favor eso.
Luis se dio cuenta de que no había necesidad de repetirlo, él lo escuchó; le ponía atención y su emoción aumentaba y se convirtió en un grito desesperado sólo perceptible para los oídos de él.
- Te escuchó Magdalena. ¡Pero qué digo! Qué está pasando, me estaré volviendo loco.
En ese mismo instante, la voz del aparecido lo ubicó en la realidad.
- ¡No estás loco! ¡Eres “El Pepenador de Almas”! Tú eres el enlace para mi descanso final y el Supremo te ha elegido para que guíes mi camino. Paradójicamente soy también quien te explicará lo que tendrás que hacer -puedes creerlo-. Mi dolor es doble porque me doy cuenta lo que sufre mi gente. Ves a mi hija cómo quedó de impactada con lo que le dijiste. ¡Escúchala!
Magdalena cerró sus ojos y la sensación de la presencia de su padre aumentó, sintió la energía, y sin importarle quiénes la escuchaban dio rienda suelta a su dolor interno. Se imaginaban que era parte de su duelo y la dejaban hablar o gritar sin ponerle demasiada atención, lejos de suponer el escenario sobrenatural que se desarrollaba en ese sencillo lugar de la casa.
- Padre si me escuchas, quiero decirte que no te preocupes por nosotros, voy a cuidar a mi madre y el rancho lo manejaré como a ti te gustaba que lo hiciera. Debes descansar. No debe andar tu alma en pena vagando por este mundo. Ve a donde está mi madre, ella necesita de ti, ve y dale fortaleza; si logra sentirte como yo, mejorara su salud ¡Ve con ella padre!
Fue interrumpida por Luis cuando le preguntaba por el nombre de su padre, quien al escuchar la vehemencia con que su hija lo invocaba, se desapareció de la escena.
- Pedro Antonio Montejano es su nombre completo. ¿Lo ves? ¿Está aquí?
- No… Se fue cuando le hablaste de tu madre. Sabes, estoy muy confundido y asombrado por lo que acaba de pasar, nunca me había sucedido esto. Parece como si se hubiera abierto un universo desconocido.
- Eres un ser asombroso, Luis. ¿Te puedo llamar por tu nombre?
Claro, claro que sí me encanta. ¡Uf! Cuántas cosas hemos vivido hoy juntos, ¿no te parece?
- Es increíble todo esto, pero sabes una cosa, me siento más tranquila y relajada al saber que mi padre estuvo aquí junto a mí. Me dio un poco de paz su presencia. Me preocupaba e inquietaba el hecho de que mi padre murió intempestivamente, casi sin darse cuenta; me imagino -sin que mi madre me lo diga- que de seguro platicaban sobre la fiesta de mi cumpleaños que es el día de hoy. En su carro se encontraron varios regalos y algunos alimentos que cocinarían el día de hoy. Sí Luis, hoy es mi cumpleaños; nunca se me olvidará que cuando cumplí veintiún años, mi padre estaba tendido; muerto…
- ¡Felicidades, muchacha! Entonces lo que estaba haciendo tu padre era felicitarte, por eso te abrazaba con tanto amor. Mira nomás, eso es
- Sí, eso es; vino a eso.
De nuevo lloró, al comprender lo que acababa de pasar; el porqué de la visita de su padre; nuevamente la abracé, en el preciso momento que llegaba su hermana quien al ver el cuadro no se aguantó al expresar.
- Cuanto apapacho ¡Cálmate hermana! Ayúdame a llevarles de comer a tus tíos que acaban de llegar.
Al notar la ironía en las palabras de su hermana, Luis le preguntó.
- ¿Sabe qué día es hoy?
- Claro que lo sé –le respondió.
- ¡Entonces felicítela, porque hoy también es su cumpleaños!
Se quedó fría y pegó un grito apagado, poniendo la mano en su boca; luego se abalanzó sobre su hermana.
- Perdóname hermanita no sé dónde traigo la cabeza, que mal día para todos. ¡Felicidades! No olvido cuando naciste, tenía cinco años y me emocioné al verte y desde entonces fuiste mi inseparable compañera. ¡Felicidades mi amor, felicidades!
Hermanas de sangre y de dolor en ese momento, fue un pretexto más para sacar su dolor que se iba acumulando con el paso de las horas y necesitaban una válvula de escape, qué mejor propósito que ese para aflojar tensiones.
Luis salió de ese lugar y se dirigió a la orilla del desfiladero desde donde se abarcaba una vista panorámica hacia las partes altas de la sierra y honduras de la cañada, al fondo se escuchaba el agua correr y provocaba a su alrededor con su humedad un verdor escandaloso. Frente a un espectáculo tan agradable, trató de aclarar su mente y pensó en voz alta.
- ¡Qué diablos pasa! Esto parece un sueño.
Pero era la realidad, una mosca que se posó en su cara se lo confirmó; el ruido de un avión pasando a baja altura rumbo al aeropuerto internacional, hizo que volteara a verlo y cortara de tajo su reflexión. Pero prosiguió hablándose.
- Es este un mundo real, donde la ciencia descalifica las supersticiones y creencias de aparecidos, pero entonces quién me rehabilitó, el vicio por el alcohol no se quita nomás porque ya es otro día. ¿Será cierto lo que me dijo el difuntito sobre que yo era “El Pepenador de Almas”? ¿A qué se referirá con eso? Me dejó sumamente intrigado. Parece que estuviera viviendo el papel de un personaje principal dentro de una novela. Por cierto qué bonita muchacha es Magdalena, una auténtica y serrana mujer. Pero esta se parece a alguna de esas alumnas avanzadas que tuve en la universidad. ¿Por cierto que habrá pasado allí? Imagino que mi hermana ha de andar preocupada por mi desaparición.
Siguió cavilando y le daba vueltas al sobrenombre –“El Pepenador de Almas”- y se acordó del junta-botes, que recorría la orilla de la carretera; un personaje escuálido, vestido precariamente, ennegrecido por los rayos del sol que lo acribillaban con toda impunidad; aunque traía una gorrita, era insuficiente para protegerlo de la resolana; su piel estaba curtida. Era un espectáculo verlo caminar sobre la orilla de la carretera, volteando para todos lados en busca de las preciadas latas vacías que le proporcionaban el sustento para vivir. Un marginado como él, de eso no había ninguna duda. Al observarlo cargando su gran bolsa sobre la espalda, no pudo evitar acordarse de un personaje que le lleva juguetes a los niños en Navidad -Papá Noel o Santa Claus, o simplemente Santa- como le conocen en varias regiones de México. Claro, aquí el contenido y objetivo era muy diferente porque sólo llevaba la basura contaminante que desechaban los viajeros carreteros.
Texto tomado de la novela inedita de Rene Holmos "El Pepenador De Almas" , de la pag. 4 a la 13.
Texto tomado de la novela inedita de Rene Holmos "El Pepenador De Almas" , de la pag. 4 a la 13.
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