La Fiesta de la Luna en la Piedra Larga
Bernard, estuvo a tiempo para observar y escuchar el ruido producido por los tambores de madera cubiertos con cuero de venado, acompañados por sonoros pitidos de flautas de hueso y de madera elaborados rústicamente, los largos y sostenidos sonidos producidos por gigantescos caracoles de mar, el sonar de estos instrumentos, invaden el lugar al oscurecer. El ex pirata mira cómo van llegando los indios pericúes, en grupos de veinticinco, todos ellos adultos, igual número de mujeres y de hombres.
De pronto aparece el Guama, vestido totalmente con pieles blancas que arrastra como un abrigo-capa, en su mano trae una antorcha encendida, levanta los brazos al cielo y besa la tierra, en ese momento se siente temblar el suelo por el ruido de la carrera alocada de un gran venado de veinte puntas, que es correteado y acorralado por varios indios pintados de rojo y negro, semidesnudos, sus piernas firmes y ágiles se afianzan a un musculoso cuerpo que sin temor enfrenta con gritos a un animal que es guiado hacia la entrada de la plaza de la Piedra Larga; estos hombres se ven imponentes.
El Guama se encamina a la plaza, seguido por todos los indios, envuelto en una nube de humo que sale de un recipiente de barro lleno de agujeros en sus costados, llevado por un indio que camina detrás de él. El incienso cubre la ruta con aromáticas hierbas del campo. En ese momento, empieza a meterse el sol y la entrada de la cueva está casi a oscuras, sólo se escuchan al final los cascos nerviosos del venado golpeando el piso y bufando furioso. Bernard los sigue cada vez más sorprendido, presiente que está a punto de ver lo que ningún blanco jamás soñó ver. Cuando todos están dentro del túnel de acceso, el Guama, levanta la antorcha y la llamas se extienden rápidamente, iluminando el escondido túnel, el Guama emite ruidos y palabras inteligibles, golpea con su bastón el suelo, iniciándose así la Danza de la Luna y de la Fertilidad, entran todos a la oscura plaza, únicamente está encendida la base de la Piedra Larga, todos entran bailando golpeando el piso y emitiendo alegres cantos, las mujeres curiosamente, repiten en eco lo que los hombres cantan; al final de la plaza, el venado entre sorprendido y asustado se arrincona guiado por los calculados movimientos de los danzantes. Maravillado del espectáculo, Bernard observa cómo el animal es de pronto tragado por el piso hasta la mitad de su cuerpo, las patas desaparecen y únicamente queda expuesto su cuerpo, totalmente sujeto por un mecanismo natural que Bernard no logra entender, el Guama se le acerca y todo mundo calla, empieza a entonar una canción lenta y el animal deja de mover su cabeza, sólo lo ve fijamente; el Guama le acaricia el lomo y recorre su pelaje una y otra vez, hasta que la canción termina y mágicamente al tocarle su cabeza, se desvanece y pierde el sentido, ante los gritos jubilosos de los indios.
Hasta ese momento Bernard no había visto que entre los indios hubiera un grupo de mujeres y hombres mejor dotados que otros desde un punto meramente estético, seguramente eran a quienes habían separado de los demás, las mujeres en especial eran más bellas y altas que las demás. Al igual que el Guama las mujeres entraron totalmente cubiertas y ya dentro se descubrieron quedando semidesnudas, únicamente con taparrabos, con los senos al aire, luciendo espectacularmente ante el sorprendido Bernard.
Gritando, un grupo de indios toma al venado dormido y lo colocan en la saliente que tiene enfrente la Piedra Larga, tal parece que el tiempo y el movimiento estaba perfectamente coordinado, porque en ese momento se apagaron la antorcha del Guama y las llamas que iluminaban la piedra, en un instante todo se queda en silencio, únicamente el ruido de los insectos nocturnos se escucha, entonces el Guama canta y grita señalando al fondo de la plaza; la luz empieza a emerger y de pronto, lentamente se levanta frente a ellos una imponente y hermosa luna que ilumina paulatinamente cada rincón de la plaza, bañándola de un brillo anormal, tanto que las piedras que rodean al sagrado recinto, multiplican la luz al cien por ciento.
Bernard piensa que indiscutiblemente está siendo testigo del rito de un pueblo, unido por el espíritu religioso que busca en la naturaleza la justificación de la vida, otorgándole el papel de creadora de vida y están en el sitio preciso, solicitando a la diosa Luna, prosperidad y abundancia de vida.
Serra sigue con detenimiento el baile de las mujeres en círculo, inclinándose y parándose, de pronto de separa una de ellas y se acerca a la Piedra Larga, avienta su ropa, dejando ver un espectacular cuerpo moreno, inicia un baile acompañado por los tambores, una mezcla de ritmos exóticos, con una íntima cadencia, moviendo manos, cabeza y cadera, especialmente esta última; se recarga en la Piedra Parada, recibe con agradecimiento el agua, por un minuto deja que el líquido transparente y cristalino resbale por su cuerpo, dejando de moverse se mantiene estática, disfrutando en profundo éxtasis el momento, la escena aumenta la hermosura del cuerpo de la mujer.
Bernard interpreta este baño, como la presentación, ante la diosa Luna de una mujer pura y virgen y el baño seguramente representa la purificación, esta mujer india no muestra claramente su cara, por las sombras que produce la luz de la luna. Se le acercan unas mujeres y la visten con pieles de color blanco, sin que dejen de gritar los indios que van de un lado a otro bailando alrededor de la Piedra Larga. Una vez demarcado el espacio ceremonial a unos diez metros de la piedra, todos inician un movimiento en círculo, agitando violentamente sus cabelleras sueltas, sus voces cantan tristemente, voces intercaladas con los del círculo y con los que estaban acomodados en diferentes partes de la plaza, resultaba maravilloso escucharlos, parecía que repetían las mismas frases y que fueran el eco de las primeras, durante una hora escuchó y vio este bello espectáculo de voces y movimientos.
La luna irradiaba una intensa luz, mayor que en otras ocasiones –es cierto- exclama Bernard, en ese día y en el mes de octubre, los astrónomos ya habían observado que la cercanía de la luna con la tierra es mayor y su luz más intensa. Me pregunto cómo en ese remoto lugar de la montaña, los indios, en términos astronómicos, tenían medido ese fenómeno natural.
Estaba Bernard acomodando sus pensamientos, cuando en un marco de silencio total, cuando se escuchaba caer el agua de la piedra y la respiración agitada de los indios, el Guama o hechicero indio, se acerca al animal aparentemente dormido o muerto, se inclina ante él toma sus cuernos, levanta su mirada hacia a la luna entre hablando y cantando, el venado empieza a agitarse, de pronto se para y se queda quieto, el Guama lo ayuda a salir de la tierra, lo suelta y le da la espalda, el animal sigue firme, como paralizado con los ojos abiertos. El Guama camina hacia el frente con los indios, se voltea, mira al animal, golpea en dos ocasiones las palmas de sus manos y el animal reacciona, brinca, retoma su vida, se repliega en la piedra y los indios lo empiezan a guiar, con ruidos y gritos hacia el túnel de entrada de la plaza. El venado, corre y en su violenta salida arrastra a dos indios que caen, sigue corriendo directo a los indios que se agachan rápidamente, el venado salta por encima de ellos de modo espectacular y entra corriendo al semi- iluminado acceso, cuando un resoplido de un ronco grito del animal se escucha fuertemente. Bernard se acerca y ve el mismo cuadro que vio cuando entró por primera vez a la plaza de la piedra, allí estaba el venado, quieto atravesado por las lanzas que intempestivamente salen de la pared; la muerte es instantánea, permanece parado con altivez, sujeto por las lanzas que lo atraviesan, se desangra rápidamente. Su vital linfa se dirige a unos canales y corre naturalmente en medio del túnel y termina en un pequeño depósito frente a la entrada de la plaza. Las mujeres se agachan una por una y con los dedos de las manos se pintan las mejillas haciendo cuatro rayas, los hombres hacen casi lo mismo, la diferencia es que ellos se pintan con la sangre la frente de abajo hacia arriba con los cuatro dedos y de la barbilla al cuello. Todos regresan brincando y bailando como si fueran el venado. Bernard no se dio cuenta que habían llegado niños y ancianos, hasta que los escuchó cantar y gritar, los ve al final muy bien acomodados, siguiendo el desarrollo de la ceremonia de la luna, la cual, para esas horas, ya estaba sobre sus cabezas.
Los tambores dejan de tocar e inician un nuevo ritmo más acelerado, el Guama está arriba de la Piedra Plana y Bernard se pregunta -¿Cómo diablos se subió? Se hinca y agita los brazos hacia arriba y señala con el dedo índice la luna, posteriormente baja la mano señalando a los indios acomodados en el centro de la plaza, exactamente un grupo de veinticinco mujeres por un lado y otro también de veinticinco hombres frente a ellas. Bernard entiende lo que le adelantó Sebastián: era el inicio del cortejo entre los iniciados, personas que jamás habían tenido pareja. La diosa Luna sería testigo cada diecinueve años de este rito y les daría su protección y energía, para que los jóvenes indios fueran fértiles y procrearan muchos hijos. El momento había llegado de escoger pareja o que el indio más agraciado y audaz en esa noche se llevara más de una mujer, la ley india lo permitía; un hombre podría tener las mujeres que lograra conquistar, ellas trabajarían cuidándolo y llevándole de comer, cocinarían los animales que él cazara y tendrían los hijos que pudieran darle, para formar su propio grupo.
Se inicia la conquista, uno por uno, los jóvenes indios señalan a las indias que desean, algunos querían a más de la mitad, el que menos quería, eran dos; era obvio alguno se quedaría sin mujer. Se inicia una competencia dentro de la plaza, para determinar, quién es el mejor dotado físicamente. Las mujeres se inclinan como reverenciando a los jóvenes y éstos al mismo tiempo se lanzan hacia ellas, brincándolas limpiamente, todos corren, se dividen en dos grupos, le dan la vuelta a la Gran Piedra y aceleran su carrera a toda velocidad y corren cerca de cien metros que tenía la plaza. Tocan la pared y en forma muy peleada y sincronizada se regresan para hacer el mismo recorrido por diez ocasiones, en la última vuelta, las mujeres están sentadas frente a ellos, pasan brincándolas y para terminar, se cruzan por detrás de la Piedra Larga y finalizan justamente en el centro de la plaza, allí, ya se ve claramente quién es el más veloz y fuerte, entonces se paran frente una mujer que los espera de pie y les entrega a cada uno de ellos un arco y flechas, con el color que simboliza el lugar en que llegó en esa primera prueba. Estuvo muy cerrada la competencia, pero había un ganador.
Bernard ve sentado en las escalinatas al Guama que da la señal al del tambor para que anuncie la segunda prueba. Sobre una de las paredes de la plaza, la luna en su recorrido ilumina una zona con un gran círculo de color rojo fosforescente, tiene un hueco de no más de treinta centímetros de ancho. El ganador sería aquel que metiera más flechas dentro del hueco desde una distancia de unos cincuenta metros y a unos veinte metros de altura. Allí se descubriría al mejor tirador con arco. El ganador del concurso anterior y la india que está a su lado toman una rama encendida de una hoguera junto a los ancianos y niños y prenden la punta de la flecha a un primer grupo de cinco ganadores, para diferenciarse, cada flecha tenía un color de llama diferente y al grito del Guama todos al mismo tiempo, lanzan sus flechas al objetivo, un colorido viaje dibujan las flechas en su recorrido por el aire, sólo una entró y las demás quedaron con sus puntas encendidas un momento en la pared, muy cerca del blanco.
La tercera prueba era la del cortejo, donde la gracia, agilidad y habilidad para la danza guerrera tendría que estimular o motivar a las indias, para que aceptaran la propuesta del hombre al momento de ser escogidas. Aquí los jóvenes indios empiezan a bailar alrededor de las mujeres y se preparan arreglándose la cabellera, colgándose collares con diferentes figuras de hueso, piedra, oro y perlas, otros se amarran a la cintura y tobillos cascabeles que suenan al sacudirse en cada brinco. Las poses para sobresaltar sus atributos se muestran en algunos pasos y movimientos que el sonido del tambor alienta o acelera, otros eran graciosos, imitaban los pasos y los brincos de los animales acuáticos y terrestres; un grupo parecía volar o nadar y se miraba en las caras de las jóvenes indias el interés por algún indio sobresaliente y diestro en el baile. El tambor calla y los indios paran, totalmente cubiertos de sudor y agitados. Se cambian los papeles y son ahora las jóvenes indias las que a la luz de la luna, muestran su joven belleza, la música tiene más ritmo y es más alegre, con sus movimientos de las caderas y hombros, el baile es más sensual y erótico, el movimiento de su torso y la esbeltez de las indias con caderas firmes y torneados muslos, llaman con su instinto seductor en el baile, a los hombres; es innato, actúan con una coquetería natural y la seducción es completa, provoca en los indios una expresión de avidez, algunos miraban asombrados la manera tan voluptuosa con que se movían, Bernard estaba impactado, las sombras en los rostros no dejaba ver claramente sus facciones, si eran bellas o feas, salía sobrando, en todas el brillo de los ojos era muy prometedor.
Bernard estaba embelesado, se sentía observado por el Guama, éste se acerca y le dice unas palabras en su lengua, le toca el pecho y se lo palmea, con afectuosidad dándole a entender algo de ese momento. Su corazón latía apresuradamente, sin saber los motivos reales y no era el morbo por el baile, era algo más, unas vibraciones que le llegaban muy adentro y hacían que su respiración se entrecortara, sabía que estaba presenciando algo único, un rito que los indios pericúes trasmitían de generación en generación, que se había convertido en una leyenda entre los hombres blancos.
El indio sabe que es un ser frágil ante la fuerza imponente de la naturaleza, que puede estar a su favor o en su contra y por ello, solicita a través de su Guama la comunicación con sus dioses para que intercedan a su favor, con fórmulas y símbolos universales mágicos y secretos; apelan su supervivencia a la Piedra Larga que consideran la residencia temporal de sus dioses. En esta ocasión especial, la luna.
Estaba Bernard cavilando, no se dio cuenta cuando acabó el baile de las indias, el Guama ya estaba en medio de los jóvenes pericúes, indicándoles quién era el ganador; nombra a Añult, le comenta lo importante que es tomar en cuenta que son varios los indios que necesitan de una esposa y que no abuse del poder que la diosa Luna le confirió esta noche y por ser un evento especial del grupo de los cincuenta preparados para hacer crecer la tribu, y que acepte honorablemente si alguna de las indias que escogió no deseara irse con él como su esposa y que debiera dejarla elegir libremente.
Añult se acerca al grupo de mujeres y selecciona a tres, una decide no seguirlo, se aleja del grupo y voltea hacia donde están Bernard y el Guama, los saluda levantando el brazo con la mano abierta, la cierra y la abre en más de cinco ocasiones y coloca la mano a la altura del corazón y sale de la plaza después de recibir una indicación con la cabeza y con la mano del Guama, el maestro de la Piedra Larga. El Guama señala a la india de belleza morena que sale y se aleja, dice algo que no entiende, sin embargo, Bernard intuye que tiene que ver con él.
Añult, sin inmutarse escoge a otra india, se acerca con ellas a la Piedra Larga y permite que los demás escojan, siete de los veinticinco se quedaron sin compañera y seleccionan entre las que se integraron con los ancianos y los niños. Todos tomados de la mano se acercan a la piedra y la rodean. El Guama se sube donde anteriormente estaba el venado dormido y les habla presentándolos a la diosa Luna; les indica que hagan varios gestos, tocando a cada uno con el bastón de mando, mientras el tambor resuena con golpes dobles y todos los indios gritan con los brazos arropando sus cabezas, giran primero hacia la izquierda y enseguida a la derecha, entonces emiten un grito entrecortado por su mano al taparse la boca con intervalos cortos.
Abandonan poco a poco la Plaza de la Piedra Larga, la luz de la luna ya era muy poca, se había tapado al pasar al otro lado de la montaña, era una madrugada muy fresca, Bernard se esperó a que todos salieran, esperó para admirar el lugar. Sus pensamientos giraban alrededor de la gran expresión de los indios, que de manera pacífica, unida y positiva, cumplieron con un rito de cada diecinueve años, buscando a su manera, las formas de multiplicar su especie con el visto bueno y la protección de su diosa natural de la fertilidad, la Luna, aquella que en las noches más oscuras aparecerá para iluminar el camino de los hombres perdidos en los confines de la tierra.
Se reconoció más perdido que nunca, eran los momentos de indecisión y duda que al hombre se le presentan en algún momento de su vida. Cuánto camino le quedaba todavía por recorrer y presentía que lo sucedido esa noche tenía mucho que ver con él, no sabía cómo lo afectaría o le beneficiaría, seguramente sería algo decisivo para su futuro en la Montaña del Gran Picacho.
Al salir, por el oscuro túnel, mira los grupos de jóvenes separados alrededor de diferentes fogatas, calentándose ante la eminente y fría madrugada, trata de evadirlos, pero es interceptado por Añult, quien lo toma del hombro y lo invita a donde se encuentra su nueva familia, sus tres mujeres indias, sus hermanos y sus padres; a partir de esta noche él será su líder y jefe, la supervivencia se basará en su habilidad para cazar y para protegerlos del principal depredador, el hombre blanco, que había invadido sus principales fuentes de alimento y agua. Bernard entendió el lenguaje amigable de los movimientos y gestos de Añult y lo siguió; aquél le indicó que se sentara entre sus indias, mientras le extendían una piel para que se acomode.
Bernard percibe el olor a carne asada en las brasas de la fogata, ese aroma le recordó que no había comido en todo el día, fue mayor la emoción de conocer el rito de la fertilidad.
Los demás indios estaban alrededor de la enorme lumbrada encendida en un claro del bosque, lo vieron llegar, él sintió las miradas de admiración, de temor y de curiosidad; al sentarse junto a las jóvenes indias con las que se había esposado Añult, las vio de reojo y quedó gratamente sorprendido de lo bien que se miraban arregladas con trenzas pequeñas tejidas en torno a las sienes, de las que al final colgaban plumas blancas y café. De cerca, admiró el collar de oro que traía Añult, confeccionado con fina orfebrería; esta joya le extrañó, dudaba que los indios pudieran hacerla, porque se requería de herramientas especiales de metal que no había visto. Analizó más detenidamente a las indias y vio la pulsera que en ese momento le ponía Añult a cada una, reconoció el mismo estilo que en el collar, entrelazados de oro y plata, pensó ¿Será posible que los indios pericúes, fueran artesanos? En su momento a Bernard se le aclararían estas dudas. Por lo pronto se acomodó para tratar de pasar lo mejor posible, su primer encuentro amigable con los indios de la sierra.
Habían cortado en trozos al venado sacrificado y lo cocinaban en las brasas, Bernard vio a Añult, invitar a todos los grupos de indios para que se acercaran a tomar un pedazo de carne y lo comieran. Por su parte las indias, traían recipientes pequeños de barro y bolsas de cuero animal, que contenía un líquido rojizo, le llenaron uno a Bernard y se lo pasaron; al ver que dudaba, una de las indias bebió un poco y se lo dio de nuevo; Bernard lo probó, sintió el sabor fermentado de frutas silvestres, era el licor que los indios tomaban en ocasiones festivas, preparado especialmente para ese momento por las indias. Al principio no le gustó el sabor, pero por no despreciar siguió tomando pequeños sorbos que en minutos lo pusieron eufórico y feliz igual que a los demás y no se diga a Añult, que reía y saludaba constantemente a Bernard, levantándole el vaso, como incitándolo a tomar. Le fue proporcionado un pedazo de carne asada, lo devoró con ansia, enseguida, le pasaron una vasija con agua para que se lavara las manos.
Él estaba complacido y sorprendido por lo sutiles y buenos anfitriones que eran los indios, los miraba de reojo, los admiraba. Muchos de ellos ya reflejaban los efectos del alcohol fermentado, gritaban y bailaban con sus indias a las que acariciaban de manera lasciva, para esas horas de la madrugada ya no había ningún niño. Él estaba analizando su comportamiento, cuando sintió la mano de una india pasar por su hombro y por su brazo, volteó y se encontró con una mirada y una sonrisa decidida; volteó a ver a Añult instintivamente y vio en su cara la aprobación; aunque no entendía, la forma en que la india lo abrazaba, le decía que ella estaba compartiendo con él lo suyo, sin prejuicios, sin dobleces, como parte de una cultura donde la mujer era propiedad de los hombres y ellos decidían por ellas. Se sintió muy incómodo y no reaccionó de la misma manera, siguió participando de la fiesta de manera pasiva, sin dejar de reconocer que la bebida le estaba despertando el instinto sexual animal y la necesidad de tener en sus brazos una mujer fue apremiante. El espectáculo sexual que ante él se desarrollaba, lo entendió como la parte final del rito de la fertilidad a la diosa Luna.
Ese espectáculo carnal, los hombres blancos lo calificarían de falto de principios e inmoral, mas, como en una ocasión le dijo Sebastián, todo es parte de un rito y de estas uniones dependía en gran manera su supervivencia física en esa tierra, así se alertaban contra los hombres blancos ambiciosos que trataban de eliminarlos para adueñarse de su mar y de sus montañas. La india que estaba a su lado, seguía provocando a Bernard, tocándolo y pegándosele lascivamente, tallando sus descubiertos senos en su espalda; él cerró los ojos y se dejó querer. Ya era parte de ellos y su primer acercamiento carnal se dio de una manera normal para los indios, pero muy desconcertante para Bernard. La luz de la fogata se fue apagando, los gritos y gemidos de placer, de los cuerpos unidos se dejaron de escuchar. Después del acto, le dominó el sueño y se hundió en la vorágine del cansancio físico. Despertó a media mañana y ya no encontró a ningún indio, solamente los rastros de la fogata y la piel que estaba bajo su cuerpo, se quedó un rato reflexionando sobre lo acontecido tratando de acomodar sus pensamientos. Un fuerte dolor de cabeza, producto de la bebida, le hizo buscar la cañada más cercana para saciar su sed y después se encaminó rumbo a su cabaña, con su proyecto de vida bajo el brazo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario