La Llegada
Comieron un poco y después de recoger sus pertenencias que habían dejado en el hotel, su combi se encaminó de nuevo hacia al sur, diciéndole adiós a la ciudad de La Paz.
Rodaron por la carretera ante un escenario gris y de arbustos bajos donde predominaban los cardones, pitahayas, árboles de Torote, Lomboy y Palo Blanco. Cruzaron un pequeño poblado sobre la carretera, y unos dos kilómetros adelante vieron asomar un letrero con el nombre impreso de Todos Santos, y la distancia a que se encontraba: 80 kilómetros. Marcaba una desviación de la carretera hacia la derecha y sin pensarlo dos veces, giró bruscamente el volante levantando una gran polvareda que tomó desprevenida a su compañera de viaje; Mónica salió desplazada hacia el otro extremo del asiento con un grito de sorpresa y preguntó extrañada mirando hacia atrás y delante del camino con el carro brincando sobre la terracería:
- ¿A dónde vamos, Hugh?
- Es un pueblo pequeño. Se llama Todos Santos y por su nombre ha de ser un lugar interesante. Agárrate bien porque en el próximo tramo llenaremos de polvo nuestra nave. ¿La escuchas zumbar? ¡Está feliz! Creo que deseaba un camino más blando, uno de tierra para sus zapatos de hule. Por cierto… pásame una cervecita que el calor y la cruda me provocaron mucha sed.
Después de recorrer por más de media hora el camino polvoso, abriéndose paso entre una vegetación repetitiva a los costados, pero recto en su trayectoria, inesperadamente al salir de una curva, siente el auto dando saltos intermitentes por atrás, y se le va de lado como si una llanta subiera y bajara; Hugh le pide a Mónica se asome y trate de averiguar qué pasa.
- ¡Creo que te ponchaste, Hugh! ¡Párate antes que dañes el ring!
- ¡Cómo es posible! Si las llantas están nuevas… -reclama el conductor mientras baja la velocidad orillándose hacia a un paredón, en un momento doblemente crítico pues la tarde ya caía, por lo que debía darse prisa para cambiar el neumático. El problema es que nunca se preguntó si traía llanta de repuesto y la herramienta adecuada para el cambio.
Descendió del vehículo pateando la llanta averiada, mientras con ojos muy abiertos y sentada en una piedra, Mónica se preparó para ver su trabajo. Hugh se rascó la cabeza y abrió el compartimento donde llevaba el neumático de emergencia, destapó otra cerveza y de un golpe se la terminó arrojando la botella vacía al suelo. Furiosa Mónica lo regañó por la acción y fue a recogerla ante el respingo de su amante:
- ¡Ay, cariño!, la dejé allí por comodidad; no creas que iba a contaminar el ambiente; la pensaba recoger antes de partir.
Encontró el neumático bajo la cubierta y al lado, el gato para levantar el carro. Ya le había tocado hacer algo parecido en una ocasión con su padre y recordó muy bien que le decía:
- Algún día te va a pasar y debes aprender a hacerlo bien…
La voz de Mónica lo sacó de sus pensamientos. Escuchó que un vehículo se acercaba rápidamente, y por seguridad se puso de pie, colocándose fuera del camino; vio que era un camión de redilas conducido por un individuo de sombrero, un ranchero que traía en la caja vacas y toros. Frenó junto a ellos preguntando si necesitaban ayuda, les dirigió una mirada y sin esperar respuesta, se bajó, tomó el gato y se hincó moviendo hábilmente la palanca hacia arriba y hacia abajo; comenzó a subir el carro, al tiempo que gritaba:
- ¡Órale gringuito!, afloja las tuercas antes que se despegue la llanta del suelo -pero entre dientes le restregaba-: ¿Eres medio pendejo verdad? ¡Y mira nada más que cosita tan bonita traes méndigo!, mirando con admiración a Mónica. Cuál sería su sorpresa al escuchar una respuesta en perfecto castellano…
- ¡Si no te fijas bien, bobo, te caerá el carro encima y el pendejo va a ser otro!
Agarrándolo en la jugada, el bromista voluntario sólo acertó a reír con desparpajo al tiempo que expresaba:
- ¡Jajajajaja! ¡Jajajajaja! Mira nomás qué casualidad, hablas español; esto ya se lo había hecho a otro güero, pero ya me tocaba que alguien me pusiera en mi lugar; bien, creo que hacemos buen equipo ¿verdad? Lo miraba con recelo, aparentando estar enojado, pero la risa le ganó a Hugh y decidió unirse al festejo del ranchero.
- ¡Jajajajaja! ¡Jajajajaja! ¡Okey, venga esa mano!
- Tras saludarse efusivamente el músico dedujo que tal vez el otro le llevaba unos diez años y eran casi de la misma estatura. Le pidió a Mónica le ofreciera una cerveza, una vez que terminaron de reponer la llanta dañada. Luego preguntó hacia dónde se dirigía la pareja, mientras apuntaba al sol que se estaba metiendo.
- Si no se apuran, se les hará de noche. ¿Hacia dónde van? ¿Cómo se llaman? –inquirió con cierta vivacidad.
- Hugh -respondió extendiéndole la mano-, me llamo Hugh; ella es Mónica, mi compañera. ¿Cuál es tu nombre?
- Me llamo Juan, contestó rápidamente el lugareño.
- Vamos a Todos Santos…, no lo conozco pero me gustó el nombre; sólo sé que tiene playas estupenda y muy buenas olas, según el mapa que leí antes de salir.
Sin que sonara a presunción, el porteador de ganado lo interrumpió tras un afanoso gorgoreo de cerveza:
- No nomás hay de eso, también tiene mucha historia y leyendas que cuentan los mayores. Te gustará…
El rockero advirtió la curiosa manera de vestir de Juan, y en especial el sombrero de palma que calzaba en su cabeza; el espeso bigote azabache, camisa a cuadros, botas de armadillo y cinturón con una gran hebilla de metal.
- Yo vivo por aquí –apuró enseguida-. Mi rancho se llama El Guirigo, por unos árboles que crecen muy altos y frondosos; está por allá al pie de la sierra. Cuando tengas chance me visitas, pero ahora apúrate a llegar al pueblo, porque después de la siete de la noche todos se encierran en sus casas a dormir. Es una costumbre muy arraigada por este rumbo, y el único hotel, el Hotel California, cierra puertas a las diez de la noche. Estás a una hora… de modo que si aceleras llegarás a eso de las nueve…
- No te preocupes, Juan; no traigo prisa -le respondió lacónico el americano.
Mónica les acercó más cerveza y luego se colocó al lado de Hugh, sin entender la plática; sólo sonreía viéndolos con una pizca de curiosidad. No tardarían en dar las nueve de la noche y, sentados en camino del desierto, ya ningún otro vehículo pasó de largo; allí era la total oscuridad. Se terminaron las cervezas de la hielera y sólo la luz interior del carro que salía por la puerta abierta, iluminaba tenuemente el rústico espacio.
En varias ocasiones y entre plática y plática, Hugh notó los ojos libidinosos con que el ranchero observaba a Mónica, quien portaba unos shorts muy cortos y untados al cuerpo, mostrando sus torneadas piernas; para ambos era algo muy normal, pero para el otro era obvio que no. Mónica entendió preocupada esas señales y le pidió a su compañero retirarse de allí, pues era arriesgado permanecer con un desconocido en esas soledades. Se despidieron rápidamente cuando regresó de hacer sus necesidades fisiológicas, dándole las gracias y cuando subieron al carro, Juan sacó un arma de entre sus ropas y les gritó:
- ¡No tan rápido, güerito! ¡Bájense!
No podían dar crédito a lo que sucedía. Mónica gritaba, Hugh le pidió que se tranquilizara y la abrazó, pensando rápidamente en lo que haría. Juan se acercó cuchillo en mano.
- ¡Bájate, muñeca! Ven conmigo –le ordenó mientras intentaba bajarla del auto, en el momento que Hugh le susurraba al oído:
- Cálmate y distráelo, aparenta que te bajarás.
- ¡Cállate, gringo! ¡Quita la mano del volante! ¡Esta vieja es mucho para ti solo!
Proseguía hablando en inglés, ya se había dado cuenta que no le entendía…
- Aparenta como que te bajarás y pásate al asiento de atrás, haz como que te acercas a él.
- ¡Qué no entiendes! -le dijo, mientras golpeaba con la mano libre el rostro del joven.
Al ver que Mónica se acercaba al otro, Hugh trató de extenderle una mano, mientras agachado fingió que se recuperaba del golpe; tomó la manija de la portezuela abriéndola violentamente y con ella le golpeó una pierna al tipo, derribándolo hacia atrás profiriendo maldiciones; bajó la palanca de la transmisión y puso todo el peso de su pie en el acelerador, la combi rugió y se movió derrapando, luego dio un salto, y atrás se alcanzó a escuchar un grito del malhechor: le había pasado por encima de una bota y lo dejó revolcándose de dolor y rabia.
Apenas tuvo tiempo de controlar el carro que se le estaba saliendo del camino; no miraba dónde iba, por lo oscuro; manoteó el tablero y prendió las luces logrando ver parte del camino; entonces pudo manejar por la dirección correcta. Una nube de polvo había quedado atrás, era la que habían levantado al salir apresuradamente, y daban por hecho que el ranchero estaría ahogándose de dolor y tierra con que lo rociaron.
Todo pasó muy rápido. Los gritos de Mónica se confundían. Hugh no paró por un buen trecho, hasta que se sintió seguro de que no eran seguidos por el rufián; se bajó del carro y se acercó al asiento trasero donde estaba Mónica hecha bolita, sollozando nerviosa; la tocó y ella se irguió velozmente abrazándolo.
- Cálmate, cariño; ya pasó, todo quedó atrás –la consoló suavemente.
Aparentó una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir. Había sido un amargo y traumático episodio, que haría que no confiara tan fácilmente en desconocidos; no dejaba de mirar hacia la oscuridad del camino, cuando vieron un largo haz de luz enfilando hacia lo alto de la sierra y se perdía por momentos. Imaginaron que el maleante magullado, se recuperó y conducía rumbo a su rancho, mascullando de dolor, tal vez arrepentido de haberse dejado llevar por el instinto animal que le despertó la sensual viajera.
Tomaron un poco de agua. Acomodó su cabeza en el hombro del conductor, que inhalaba un cigarrillo de hierba verde buscando tranquilizarse un poco; ella hizo lo mismo quitándoselo de sus dedos, le dio una honda aspirada y cerró sus ojos. Frente a las luces del carro, aparecían insectos suicidas que se estrellaban encandilados sobre el parabrisas, ensuciándolo continuamente. El angosto camino de terracería iba abriéndose firme a su paso; por momentos los árboles pasaban de lado en sucesión rápida, como si extendieran los brazos pretendiendo tocar el carro de la pareja.
La imaginación estaba jugando con ellos: a mitad de la noche en esos caminos oscuros, acechaban sombras que desaparecían en cuanto las tocaba la luz del vehículo. Sentían que los temores infantiles a lo desconocido se apoderaban de ellos, y eludieran voltear hacia los lados de la ventanilla. Hugh encendió la radio para distraerse pero no pudo sintonizar alguna estación, empujó una cinta de ocho tracks y la voz de John Lennon acompañado por los Beatles, inundó la cabina, regresándolos a su propio y seguro espacio perdido en el incidente anterior; al poco rato de nuevo fueron ellos, sintiendo que allí donde iban nada malo les podía suceder.
Acarició el cabello de Mónica, quien dormitaba replegada a él; tocó su rostro sin dejar de observar el iluminado camino. Más sereno, manejaba con cuidado al entrar en una cerrada curva; al salir, vio en la lejanía una trémula y dispersa luz. Al devorar unos cuantos kilómetros más alcanzó a leer un letrero junto al camino que decía: bienvenido al pueblo de Todos Santos, tres mil habitantes.
En cuanto cruzó el señalamiento carretero, percibió una densa neblina que aparecía y desaparecía en jirones envolviendo las luces de la combi; flashazos blancos pasaban rápidamente, dando a esos parajes un aire misterioso. Inevitablemente pensó en cosas fantásticas que de pequeño había leído sobre un fantasma que aparecía en un pueblo de pescadores justo cuando la niebla invadía sus calles, para asesinar a quien no cerraba las puertas y ventanas de sus casas.
Sacudió la cabeza para alejar de su mente esas tonterías, le ardían los ojos y sintió como si trajera arena dentro de ellos; la tensión y el exceso de sustancias alucinógenas le estaban cobrando la factura. Vio unas luces que lo encandilaron, su cabeza se le puso pesada y de pronto su vista se oscureció, frenó bruscamente y al dejar caer su cabeza sobre el volante, comprendió inmediatamente el mensaje que le mandaba el cuerpo, tenía que parar y buscar dónde pasar la noche. Estaba agotado de tantas emociones fuertes y, por supuesto, debido al largo trecho que habían estado recorriendo al volante.
Después de una recta en corto, vio grandes árboles junto al camino y el gris de los arbustos se convirtió en un verde intenso; una bombilla eléctrica le anunció que estaba entrando al pueblo. Recorrió un par de calles mal iluminadas, y se adentró en la penumbra en busca de algún indicio que lo llevara a lugar seguro dónde pasar el resto de la noche.
Varios perros salieron a recibirlos. Sus ladridos los sentía muy cerca de la puerta. Por ambos lados los escoltaban, como anunciando su llegada, dándoles la bienvenida. Hugh conducía con lentitud por las calles de tierra endurecida de tanto barrerla y regarla.
Sentía que su vista lo engañaba y que oscurecía de más ese lugar; la afinó, buscando alguna persona que rondara por allí, sin ningún éxito; había mucha soledad en aquel ambiente pueblerino a esa hora de la noche, y tampoco encontró señalamientos que le indicaran cómo llegar al Hotel o posada alguna.
Detenía el vehículo en las bocacalles para mirar en ambas direcciones, sin conseguir su objetivo. Parecía que se había adentrado en un pueblo abandonado, donde únicamente los animales parecían despiertos; los perros seguían el curso del auto y más adelante vio algunos caballos, burros, y un grupo de vacas que caminaban sintiéndose dueños de las calles. Los cuadrúpedos mordisqueaban árboles y comían ansiosos la fruta tirada en el suelo.
Le pareció agradable el viento entrando por las ventanas mientras avanzaba; esto refrescó un poco su mente, avivando todos sus sentidos; después de sentir el aire tibio del desierto, notó el cambio de temperatura en la misma entrada del poblado; el clima cambió abruptamente y algunas ráfagas frescas acariciaron su rostro, despejando su desorientado ánimo.
Al pasar bajo los faroles de luz eléctrica notó que el carro y su ropa estaban llenos de polvo. El tablero iba cubierto con una fina capa de tierra apenas perceptible, pero ante la luz artificial dejaba de ocultarse. Su garganta estaba seca y buscó la botella de agua que traía Mónica sobre sus piernas, detuvo el carro y dio un buen sorbo; escuchó el ronroneo del motor rebotando en un pequeño eco sobre las viejas paredes de ladrillo; luego un aroma dulzón invadió el interior del vehículo sin pedir permiso alguno: era un olor a frutas que embriagó su espíritu viajero.
Promediaba el mes de Mayo de 1970. El escenario húmedo y neblinoso llenó su imaginación. Algunas sombras misteriosas trepaban y se deslizaban de arriba a abajo por los muros de las casas, y para imprimirle un toque de mayor realidad a sus pensamientos, de repente unas enormes alas se desplegaron por encima de sus cabezas; cuando el búho pasó por arriba del vehículo Hugh brincó en su asiento.
- ¡Vaya, qué emocionante recepción! -expresó en voz alta, pero realmente se asustó.
Si hubiera ido a pie, reconoció que por mero instinto hubiera salido corriendo. Tal como apareció el enorme pájaro depredador nocturno, así desapareció buscando la complicidad de la noche.
Hasta ese momento no había reparado que estaba viviendo en solitario todas esas experiencias y volteó a ver a su compañera de viaje. Nuevamente, como en los últimos treinta días vio a una hermosa rubia de ojos azules, que dormitaba pegada a su hombro mientras el aire sacudía un mechón de pelo, aunque traía amarrado su cabello; cada vez que cambiaba de dirección el viento le llegaba un olor a colitas, ese aroma lo traía extasiado.
Esa noche la miraba y no podía creer que hubieran logrado llegar tan lejos, sin tener ninguna diferencia o discusión después de tantas horas juntos. Reconoció en ese momento que no había tenido a una mujer con las cualidades y belleza de Mónica.
Esos pensamientos alivianaron su incertidumbre y reactivaron el ánimo a punto de explotar al no encontrar la dirección ni el camino correcto hacia un lugar de descanso.
- Este debe ser el camino al cielo o al infierno –caviló, sin entender por qué a las doce de la noche, sonaba la campana de la Misión; consideró que Dios lo había escuchado y que la hizo sonar sólo para él, para guiarlo por la calle hacia el Hotel California, al que descubrió a un costado del camino, apenas separado de la Misión por un terreno baldío.
Advirtió también que ambos edificios se unían por la parte de atrás, como si por coincidencia el destino los hubiera juntado en un solo espacio y fueran cómplices de todo lo que ocurría en el pueblo. Posteriormente entendería que la Misión, atesoraba muchos secretos de lo que había visto en casi tres siglos de existencia, como los lamentos, las promesas, las confesiones vergonzosas que eran sepultadas dentro de sus gruesas paredes.
Ambos inmuebles tenían también algo en común, eran los edificios más grandes y altos aun cuando había otras casas de ladrillo de dos plantas. En el caso del tercer nivel del Hotel California, donde está la Suite, lo hacía verse más alto y en cuanto a la Misión eran las torres lo que la diferenciaba de los demás. Por añadidura ambas construcciones tenían otro punto en común: dentro de sus recintos las personas entraban y salían buscando paz y esparcimiento para el cuerpo y para el espíritu, pero finalmente ambos servían para descansar. Lo que les distinguía definitivamente, era que dentro de la Misión, al Dios del universo se le rendía culto y reverencia, en tanto que en el Hotel, sin distinción de razas ni credo, todos reposaban y convivían dentro.
Esa noche en especial, sintió que todas las calles de pueblo se parecían y la del Hotel era la principal por ser la ruta por donde se entraba o se salía del pueblo. Llegaron frente al Hotel, se estacionó y se le quedó viendo un rato; algo le empujaba a bajar y entrar, pero otra parte de él se negaba; finalmente se decidió a bajar y caminó a grandes trancos hacia la acera de enfrente para verlo mejor.
El antiguo edificio desplegó ante Hugh todo su encanto y lo subyugó. Admiró la arquitectura colonial con sus diez grandes arcos que lo hacían único y diferente, sintió que el inmueble lo esperaba, que estaba hecho para dar posada a viajeros como él.
Su nombre con grandes letras sobre la fachada lo hacían verse como un edificio fuera de lugar, como si se adelantara a los tiempos de grandeza por venir que cambiarían el rostro de un pueblo rural por el de una pequeña ciudad mágica. Destellos de una foto con el rostro de alguien parecido a él, pasaron por su mente en rápida sucesión; ese fue el primer mensaje que el Hotel le envió. Años más adelante entendería su significado. Un segundo flashazo parecido al de una foto y potentes focos de iluminación de conciertos en vivo, le encandilaba; de pronto se encontró en un escenario donde escuchó el alarido de jóvenes enloquecidos por la música de una canción que iniciaba con acordes lentos. Se vio iniciar e interpretar una canción que nunca había oído, pero que tenía un sonido muy especial que lo maravilló.
Con plena claridad escuchó en el interior de su cerebro una tonada: “On a dark desert highway, cool wind in my hair…” que en español sería: “En un oscuro camino del desierto, viento frío en mi pelo”. De momento no entendió el primer mensaje ni sus causas. Pero de alguna manera supo que ese era realmente el gran motivo de su presencia allí -la oscura noche del último día de Mayo de 1970-; en ese rincón de la Baja, que él pondría años más adelante en un lugar del mapa terrestre, para que fuera ubicado internacionalmente como parte de una leyenda de la que irónicamente negaría en forma rotunda su presencia en el pueblo de Todos Santos, y en especial sobre el Hotel California. La totalidad de la canción, meses después, alguien se la susurraría en noches de pasión, entre sueños, serenatas y tertulias.
Con un paréntesis en su charla, Mercedes explicó que no es una historia inventada. [1]
- Yo soy algo que existió, y si pedí tu apoyo es porque tu estilo de escribir se apega a lo que busco. Es preciso describirla con realismo, que se sienta que tu imaginación no socava o sustituye a la realidad y alcance a proyectar fielmente que todo es cierto y mágico, que realmente sucedió. Que se sienta en toda su dimensión que en Todos Santos, fui un espíritu enamorado que vivió hospedado en el Hotel California junto al joven que robó mi corazón.
Retomando el hilo del relato, una vez que Hugh se hubo recuperado de la alucinación frente al Hotel, regresó al vehículo y despertó a Mónica, quien un poco confundida, abrió los ojos sin saber en dónde estaba; se incorporó volteando para todos lados, menos para donde estaba el Hotel. Al verla con la luz interior del vehículo, somnolienta, con su inocente belleza, no dudó que traía una preciosa mujer de tan sólo diecinueve años. Mayor de edad en México, pero sin alcanzar la mayoría en los Estados Unidos, detalle que provocaría la intensa búsqueda de Mónica a cargo de sus padres.
Lo que vio en Hugh, fue tal vez su manera de tocar el sax, la guitarra y la batería o quizá su modo de cantar; el escenario ejerció en ella una rara atracción que la enloqueció y Mónica no pudo escapar al embrujo de la música. Hugh era delgado, alto, pelo castaño, largo y ensortijado -tipo afro-, velludo, de ojos verdes claros; tendría unos veintidós años y se hizo llamar en el pueblo Don H.H, que venía siendo de acuerdo al léxico mexicano algo así como un tal Señor Doble H. Causaba gracia su apelativo, no quería llamar la atención para que no los localizaran.
- ¡Amigo Don H.H.! -le gritaba la gente del pueblo y la diversidad de amigos más cercanos, que hizo durante ese tiempo de vagabundeo por Todos Santos.
Mónica era hija de un matrimonio de la alta sociedad. Su padre, un empresario muy poderoso, se había preocupado por darle una excelente educación y gran parte de sus estudios los había hecho dentro de colegios privados muy exclusivos y elitistas. Como ocurre siempre, cuando el padre está tan metido en sus negocios y la madre en su vida social, descuidan a los hijos y estos buscan por su cuenta nuevos espacios de convivencia. San Francisco no podía ser la excepción, convertido en la meca del cambio rebelde de los jóvenes en contra de lo establecido; los jóvenes hippies provenían de diversos estratos sociales o, si eran estudiantes, no estaban de acuerdo de cómo se manejaba el país, la economía y la sociedad en general.
- Esa primera noche de Hugh en Todos Santos, bajaba de la combi con Mónica a su lado. Se encaminaron hacia la puerta cerrada del Hotel; lucía muy oscuro y ayudándose con los fanales del carro, tocó la aldaba de la puerta principal en varias ocasiones; al ver que no le abrían, sonó el claxon y cuando me vio, identifiqué lo que pasó por su mente. Hugh estaba parado frente a mí, observaba a una hermosa joven de unos veinte años, de pelo largo de un intenso negro, piel tersa y blanca, de escultural figura que le abrió la puerta. Según sus pensamientos –indicó Mercedes- mi belleza exótica lo dejó sin habla, mis sensuales labios y grandes ojos verdes, llamaron su atención, pero la luz del candelero que se reflejaba en mi rostro le dio escalofríos, lo que provocó que la piel se le enchinara; le atraía, pero mi halo misterioso lo desconcertaba.
Le pedí que guardara silencio, llevándome un dedo a la boca en una súplica:
- Shhh… ¡Cállese, joven! Va despertar a todo el pueblo. Pásele que ya sé a lo que viene. Es muy molesto tener que salir de la cama para atenderlos y más cuando no hay luz.
Sostenía en la mano un candelabro con una vela encendida, amablemente les pedí que pasaran y en Recepción Hugh solicitó una habitación para pasar la noche. Volteó para todos lados, le impresionaba el lugar; las sombras y luces sobre muebles y cuadros, sobre las paredes y techos, generaban un impresionante contraste de sombras en movimiento.
- ¡Tenga, cóbrese! –dijo.
- ¿Su nombre? –le pregunté.
- Hugh H. –respondió.
Me dejó un billete de cincuenta dólares sobre el mostrador, los guardé anotando su nombre en una libreta, tomé una llave del casillero y le pedí a señas me siguiera. Entramos por un pasillo muy estrecho al patio interior.
Guardé silencio para que Hugh escuchara la plática de mi gente que no lograba ver. Provoqué un efecto haciendo que pareciera como si alguien hablara en voz baja, ayudada por las sombras que la luz de la vela dibujaba en las paredes. Eran figuras distorsionadas, manipuladas por mí. Subimos por las escaleras ubicadas a mano derecha. Mónica no se despegaba de Hugh. Tenía miedo, se notaba temerosa, su mano aferraba la de Hugh volteando hacia todos lados, imaginándose lo peor. Llegamos a la puerta de la habitación, la empujé, les di el paso y encendí la bombilla de luz eléctrica que colgaba del techo; ante ellos apareció una cama matrimonial, una vieja cómoda con espejo, además de un ropero antiguo con una llave en la cerradura. Era todo lo que había dentro de la habitación. Me di cuenta que los desconcertó la decoración y sin verlos a la cara caminé hacia la puerta sin dejar de hablar:
- Por la mañana pregunten en la recepción por Hugo Figueroa y solicítenle la Suite, es la que tiene mejor vista, está más amplia y más cómoda que esta. Díganle que Mercedes los recomendó.
- ¿Y el baño? -inquirió Hugh.
Apunté con el dedo hacia una esquina y lo encaminé a la puerta, la habitación era sencilla. Le entregué la vela que estaba sobre un plato negro y salí, no sin antes persignarme para hacer más teatral el momento. Ese acto gesticulador, llenó de espanto a Mónica que se imaginó que quedaba en manos de los demonios. Antes de retirarme, solté a manera de saludo:
- ¡Bienvenidos al Hotel California! Este es un lugar adorable durante todo el año. ¡Buenas noches jóvenes, qué descansen! Mi nombre es Mercedes…
En cuanto di la media vuelta, Hugh preguntó sobre la posibilidad de cenar algo. Se le quedó viendo a esos apetitosos labios y sonriendo le llegó la respuesta:
- Para ustedes siempre habrá comida en este lugar, bajen al comedor; sobre una mesa encontrarán algo que podrán comer y beber aquí en su habitación. Que su estancia sea placentera... ¡Buenas noches! ¡Descansen!
Cerré tras de mí la puerta y escuché a Mónica preguntar con cierto temor:
- Hugh, ¿dónde estamos…, en el cielo o en el infierno?
Giró la cabeza con nerviosismo hacia arriba; sus ojos se toparon con el techo, agarrada de su brazo y, quizá todavía bajo los efectos del viaje, su mente estaba muy sensible y abierta a los ruidos y a la luz de la habitación. Su pregunta lo tomó desprevenido y fue cuando percibió que la situación realmente no era tan mala, comprendiendo que de noche las cosas adquieren otra dimensión tornando fantasmagórico y terrífico el entorno. Para tranquilizarla le comentó:
- ¡Mi reina, estamos en un lugar increíble! Mañana juntos lo averiguamos, ahora hay que descansar.
Ella y sus temores se acurrucaron junto a él, pero alcanzó a escucharlo:
- ¿Qué no tienes hambre? Porque yo sí traigo, y mucha…
Se levantó rápido, con la respuesta en mano:
- Sí tengo, pero mejor baja tú; aquí te espero, por favor no tardes.
Salió no sin antes infundirle un poco de confianza para que perdiera el miedo, susurrándole al oído:
- No temas, aquí estamos seguros...
Para su sorpresa, un manto de neblina envolvía al Hotel, deslizándose por el corredor y salía por encima de sus arcos; su tonalidad blanca se magnificaba con la luz del farol de la calle. No aguantó la curiosidad y se acercó al barandal del pasillo; se asomó hacia abajo donde estaba su carro, debido a unas voces tenues que se escuchaban. Se quedó dubitativo, ya que en el recorrido previo por el pueblo, no se veía una sola alma y de pronto escuchó hablar a alguien. Sacudió su cabeza y se dirigió a la Recepción; el perfume que emitía una planta de flores blancas lo distrajo, después se enteró que se llamaba Sobre la Montaña y sin poderse dominar cortó una de ella.
Siguió bajando los escalones. Llegó directamente a Recepción que estaba solitaria, volteó a la izquierda y vio la amplia estancia que conducía al fondo, donde supuso estaba el bar y restaurante; seguía oyendo voces y susurros. Corrientes de aire frío circulaban sin explicación en aquel ambiente, ya que todo estaba completamente cerrado; las lámparas de mesa en las esquinas iluminaban el camino unos veinte metros, y bajó tres escalones; a su izquierda descubrió la barra de la cocina, al fondo a la derecha descubrió bar donde algunas botellas brillaban bajo la tenue luz interior que se desprendía desde el techo
- Yo lo seguía casi pegada a su cuerpo sin que notara mi presencia, aunque mi energía sí. En cierto momento preguntó en voz alta:
- ¿Y quién me va a dar la cena?
No vio a nadie, lo que le intrigó aún más. Caminó otro poco alrededor de la barra y descubrió una jarra con agua de naranja y a su lado, un platón cubierto con una toallita blanca; lo destapó y encontró unas tortillas enrolladas con carne deshebrada por dentro.
- ¡Burritos! –exclamó-, están calientitos. ¡Qué buen servicio tiene el Hotel! Con esto la hacemos, ¡nos daremos un banquetazo!
Salió apresuradamente con la jarra y bandeja en mano; no vio a la cocinera pero ya le daría las gracias cuando la mirara.
- Al caminar hacia la habitación, sentía que alguien lo seguía -era yo-, no se atrevía a voltear al techo pero escuchaba la voz de alguien que le susurraba: “¡Bienvenido al Hotel California!”
- ¡Cómo! ¿Quién me habla? ¡Hey! ¿Hay alguien aquí?
Giró su cuerpo para todos lados sin ver absolutamente nada, caminó más aprisa y cuando estaba a punto de abrir la puerta, sintió una mirada sobre su espalda, lo que le hizo voltear rápidamente. Allí estaba él mismo al fondo del pasillo, reflejándose en un espejo. Pegó un brinco y se tranquilizó al descubrirse a sí mismo. No quiso saber más: golpeó ansioso la puerta con los nudillos de la mano; tardó apenas unos instantes Mónica en abrirle, pero se le hizo una eternidad; ya no quiso comentárselo y entró rápido sonriente con los alimentos por delante.
Ya se había bañado. Vestía una camiseta larga, dejando ver sus bellas formas. Sonrió al tiempo de plantarle un beso furtivo, y se olvidó lo de afuera; culpaba de esa extraña sensación a su cansancio físico y mental. En cuanto devoraron los burritos, sus cuerpos sintieron una pesadez, que les obligaba a cerrar los ojos. Hugh con los pies casi a rastras, se metió a la regadera y recargado en la pared dejó que el agua le devolviera un poco el ánimo perdido. Al salir del baño encontró dormida a Mónica, apagó la luz y, abrazados, se quedaron profundamente dormidos.
En ese mismo instante -señaló Mercedes-, me deleité viéndolos con detenimiento y tuve envidia de Mónica sin entender por qué.
Texto tomado de la novela "Legenario Hotel California" del escritor Rene Holmos, de la pagina 54 a la 68.
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