HOTEL CALIFORNIA: LA REVELACION

Introducción
Durante los años setenta estudiaba la preparatoria en la ciudad de La Paz. Un fin de semana acordé con mis primas y un amigo originario del pueblo de Todos Santos, irnos de fin de semana a Los Cabos. Para llegar allí, tomaríamos la desviación hacia Todos Santos donde vivían los padres de mi amigo, un tipo tan apegado a ellos que debía solicitar permiso para seguir con nosotros rumbo a San José; lo extraordinario de esta aventura, estriba en que no había carretera asfaltada, sólo un camino de terracería.
Éramos muy jóvenes, con un futuro y un largo camino por recorrer, tanto para ese día como los siguientes por venir. Finalmente se cumplió la expectativa de vivir una aventura por esos caminos serranos, desiertos y polvosos; cada kilómetro que devorábamos era todo un acontecimiento que llenaba de ánimo y alegría a nuestros lozanos años.
Pero déjenme comentar ese mi primer contacto con el pueblo de Todos Santos, con sus calles angostas y sus casas de ladrillo; esa primeriza imagen me habría de marcar para siempre: vi algo que lo hacía diferente a todo lo conocido hasta entonces, su clima, su gente, sus edificios, sus calles.
Recuerdo que pasamos por la Misión. No se parecía a ninguna de las que conocí antes, y cuando mi auto rodó frente al Hotel California, vi mucho movimiento en él y paré un momento la marcha. Sentí algo inexplicable. Alguien me dijo adiós desde la parte alta, era un joven de pelo largo -¡Mira, es un gringo!- señalaron mis primas asomándose por la ventanilla más de lo normal para verlo y gritarle: ¡Adiós, güerito! Lo que más llamó mi atención fue un carro estacionado a un lado del Hotel, una hermosa combi pintada de manera inusual, con colores vivos al estilo hippie, con sus flores dibujadas y el símbolo de paz y amor a los costados; era un modelo reciente, brillaba a pesar de la gran cantidad de polvo y lodo que la cubrían; era un vehículo de moda entre los jóvenes. Siempre deseé tener uno igual. Permanecí absorto un largo rato viéndolo con envidia, cuando un codazo en mi hombro me hizo entender que ese golpe llevaba la intención de admirar a una hermosa mujer que llegaba y abría la puerta de la combi para sacar algunas cosas; el estadunidense desde arriba del Hotel la guiaba para que ella pudiera encontrarlas: Fue todo un espectáculo y la foto perfecta; mucho tiempo después comprendería por qué el destino me hizo coincidir en ese momento y en ese lugar para descubrir quiénes eran realmente esos dos huéspedes del Hotel California.
Muchos años tuvieron que pasar; para unos, toda una vida; para mí, sólo una etapa más. Me gradué en la universidad, me casé, nacieron mis hijos y en ese intervalo por las mismas relaciones de trabajo en la ciudad de La Paz, contacté a gente del ejido de Todos Santos y me hice dueño de un pedazo de terreno que conservo hasta el día de hoy. Allí planté árboles, construí una palapa y con mi familia acudíamos cada quince días a disfrutar del clima y del ambiente rústico. Fue el lugar donde mis hijos crecieron felices en estrecho contacto con la naturaleza, todavía están por allí en el cuarto de herramientas algunos carros de juguete y triciclos oxidados. Con tristeza tuve que quitar los fierros sin asiento de los columpios donde ellos jugaron con gran deleite; hoy son unos jóvenes sanos con un futuro promisorio como profesionistas. Hoy son otros sus intereses, pero sé que más adelante van a regresar a este lugar por el que gritaban de gusto cuando sabían que vendrían de visita. Este sitio tiene mucha magia y llama poderosamente a quienes han probado sus frutos, disfrutado su clima y caminado por sus calles.
Fuimos los primeros en urbanizar ese pedazo de paraíso lotificado, la vista hacia al mar era de 180 grados: nada ni nadie obstruía el panorama, no teníamos vecinos, llevaba mi propia planta de luz, almacenaba el agua en una pila que construí y dormíamos en un camper.
Como todo, el tiempo pasó y mis hijos crecieron y con ello, la emoción de acompañarnos se desvaneció con sus nuevas ilusiones y amistades propias de su edad; otro factor que influyó también en mí, fue que por motivos de trabajo cambié mi residencia a Los Cabos, y abandoné por un tiempo este mágico lugar de Todos Santos. Pero eso sí, sin dejar de pensar en él como un lugar donde pasaría mis años maduros.
Ahora que dispongo de más tiempo y con mis hijos estudiando en la universidad, regresé de nuevo y encontré muchos árboles secos y otros a punto de morir; la cabaña que construí con tanto cariño, estaba descuidada y muy dañada por los inquilinos a los cuales les renté; claro que no todos fueron descuidados, pero infortunadamente esto ocurre con la mayoría, pues no existe amor por el lugar cuando se paga y sólo se vive allí por necesidad. También debo reconocer que me encontré con novedades y ventajas que antes no contaba: hoy se cuenta con todos los servicios básicos -agua, luz, teléfono y un gran supermercado en la esquina-. Además como la calle es una privada, estoy rodeado por gente de procedencia extranjera que son buenos vecinos; es una colonia de muy buen nivel, las casas de buen gusto y calidad; lo único que no se ha perdido es el ambiente de sentirse en contacto con la naturaleza, es un lugar lleno de trinos de pájaros y muy tranquilo. Realmente puedo asegurar que no me equivoqué al escoger este sitio para disfrutar los fines de semana o las vacaciones de verano. Cierto que al avecindarse más gente y con el crecimiento urbano, hoy no disfruto la vista al mar como antes.
Curiosamente soy el único mexicano que continua teniendo su propiedad en ese lugar, estoy rodeado de extranjeros. Los que iniciaron conmigo este proyecto de vida, ya no están, vendieron su pedazo de tierra, aprovechando el boom de la venta de propiedades que a finales de los noventa y, todavía hoy, es una atractiva y remunerable profesión.
Hoy Todos Santos es una comunidad cosmopolita, donde el arte es uno de los pilares más firmes para los residentes y, para mí, uno de los motivos que me impulsaron de nuevo a revivir los tiempos en que no salía de aquí. El hecho de que haya abierto la puerta donde escondía las letras que debía escribir me mostró un amplio horizonte hacia dónde ir, un lugar donde toman vida los personajes que almacené durante mucho tiempo. Es tanto lo que tengo por crear que siento que me hacen falta horas completas para llenar hojas en blanco de palabras y más palabras. No sólo descubrí que podía escribir, sino además la sensibilidad para sentir el espíritu de las cosas y las personas que vivieron intensamente tiempos pasados. Es emocionante describir su vida de manera tal que todo se vuelve real. Puedo sentir cómo soy llevado de la mano y la narración me abre escenarios increíbles con mundos irreales y fantásticos. En el pueblo de Todos Santos en particular, se percibe una atmósfera donde los sentidos adquieren una dimensión agigantada; por eso se ha configurado en el sitio favorito de infinidad de escultores, pintores, escritores, directores de cine de corte nacional e internacional; los famosos tratan de pasar inadvertidos y los que viven al día o han hecho de su profesión una tienda de arte abierta al público, venden de manera masiva sus creaciones y producen repetidamente su misma obra para aprovechar el turismo.
Algo debió ocurrir que repentinamente tuve una necesidad apremiante de venir y arreglar mi cabaña, resucitando mis descuidados árboles. Por primera vez encontré justificación a los motivos que me llevaron a adquirir mi propiedad. Comencé a palpar fuertes sensaciones de que las cosas suceden por algún motivo. Como una corriente de sincronicidad, donde todo ocurre en un tiempo y un espacio con un fin determinado. (1)
Las cosas fluyen de alguna forma porque creo que alguien muy especial acomoda todo para que así suceda. Sigo pensando que todo fue propuesto deliberadamente para que coincidiera en Todos Santos para escribir esta novela, que me hiciera pensar que mi cabaña en Todos Santos era el rincón ideal para escribir, que tenía que ir allá; fue así como empezaron a ocurrir cosas muy raras dentro de ella: escuchaba ruidos extraños e inexplicables, el espejo de pronto se caía sin explicación y sin romperse, o escuchaba dormir profundamente a alguien; al principio creí que mis sentidos me engañaban, pero no fue así porque una madrugada desperté dominado por unas ganas intensas de tomar mi Laptop y escribir; el sueño se me fue y en vez de proseguir con la novela que estaba en fase final, inesperadamente decidí iniciar algo nuevo. Sí, reconozco que a veces afinaba y continuaba alguna de las que escribía, porque deben de saber que me acostumbré a escribir dos obras al mismo tiempo, con temas totalmente distintos. En esta ocasión no hice lo mismo, mi imaginación me llevó a abrir una nueva página en blanco y comenzar a escribir sobre una mujer llamada Mercedes. Inexplicablemente mis dedos se movían febriles, más rápido aún de lo que podía pensar, las letras aparecían antes y lo que escribí fue lo siguiente:
“En Todos Santos existe la historia de una mujer que vino de muy lejos, hace muchos años, convertida en espíritu; su última morada fue el Hotel California, de donde surgió la leyenda de una canción que hizo muy famoso a su autor, a su banda musical y al Hotel California”.
Leía y releía este texto y una vez que comprendí el mensaje que estaba recibiendo, investigué en Internet y encontré mucha información sobre el tema; algunos videos, comentarios y reportajes y muy poco o casi nada sobre esa mujer de mi texto. Todo se desmentía en lo relativo a la canción y su leyenda sobre haber sido inspirada por el Hotel California de Todos Santos. Inclusive se iba más allá al negarlo directamente su compositor, el músico Don Henley del grupo The Eagles. Esta banda lanzó en 1976 su quinto disco que batió récord de ventas por el tema del Hotel California, un tema musical que enigmáticamente no pasa de moda a más de treinta años de su lanzamiento.
Inclusive el periodista sudcaliforniano Cuauhtémoc Morgan, investigó sobre el asunto y fue más allá, al asegurar que había sido una estrategia comercial de vendedores de bienes raíces para incentivar las compras e inversiones de propiedades en esa legendaria población. (2)
Inexplicablemente no encontré datos sobre la mujer del texto que escribí. A esa hora estaba amaneciendo y el sueño se había ido al igual que la noche; me incorporé, estiré mis piernas y me acerqué a la barra de la cocina para prepararme otro café. A pesar de que estábamos a mediados del mes de Mayo, el frío calaba fuerte, me serví una taza y salí de la cabaña. Todo a mi alrededor lucía arropado de neblina alta, aparentando estar nublado; como todos los días ocurría, eran unas cuatro horas desde el amanecer hasta las diez de la mañana en que todo el pueblo disfrutaba ese excelente clima refrescante y hacía del lugar el más benigno de la Baja. Algo similar al de Ensenada y San Francisco, claro, guardando toda proporción.
No había observado con detenimiento ese fenómeno meteorológico mañanero donde por la tarde, el viento que llegaba del mar previo al oscurecer, nos traía la neblina baja que durante toda la noche humedecía los alrededores, refrescando nuestras casas; luego a media mañana soplaba el viento del Este devolviendo la niebla al océano, donde permanecía a lo lejos como una alfombra flotando sobre el mar, y pintando el horizonte con una tonalidad azul grisácea.
Allí donde me encontraba esa mañana de Mayo mirando hacia el Pacífico, maravillado con el despliegue tan hermoso de la naturaleza, llegaron como un flashazo algunas imágenes sobre ese mar: un velero, una mujer y un naufragio. No sabría cómo explicar por qué arribaron a mi mente esas ideas o mensajes, pero inmediatamente supe que esa era la misma mujer del Hotel California. Increíblemente comenzó a tomar vida propia la historia, mi subconsciente o alguien me proporcionaba información privilegiada. Así fue como lo sentí en ese momento.
Fijé mi vista en donde creí que se desarrollaron esos dramáticos acontecimientos. Vi hundirse, partido en dos, un velero de tres palos. La cara de una mujer aparecía y desaparecía en aquel estado de shock donde me hallaba. Luego levanté mi vista hacia las nubes que aparentaban encontrarse a punto de descargar la lluvia, y advertí unas sombras volando hacia el centro de Todos Santos. Fue muy rápido y preciso ese momento.
¡De eso se trata! –exclamé fascinado con un tono apenas audible- ¡Esa es la historia! ¡Allí está el mensaje! Así fue como llegó esa mujer al pueblo. Qué hermosa era, casi pude mirarle las chapas sonrosadas de sus mejillas, y el brillo de sus ojos verdes con una mirada penetrante y prometedora, tan dulce, tan enérgica y decidida. Distinguí entre la bruma la delicada y fina figura de una dama elegante que vestía de negro, sosteniendo una rosa roja en la mano extendida, como ofreciéndomela.
Yo buscaba asimilar aquel momento surrealista, cuando de pronto ella misma apareció enfrente de mis ojos; caminó un poco hacia mí paralizándome y dejándome sin habla por la impresión tan fuerte. Sólo mis ojos podían seguirla; se detuvo un instante tras de mí, se acercó un poco retirándose igual de rápido; sentí erizarse mi piel y cuando pude darme vuelta, ya no estaba, había desaparecido, pero ya podía decir que existe o existió y podía dar una descripción más clara de ella; era una impactante mujer con una energía muy marcada que hacía que todo a su alrededor adquiriera nuevos bríos.
Qué había pasado realmente, no lo sabía... Sólo puedo contarles que algo inexplicable ocurrió: todo enmudeció a mi alrededor, el viento dejó de soplar, los pájaros cesaron de cantar como si el tiempo se hubiera detenido, y para demostrar el impacto sobre el medio ambiente, gruesas gotas de agua comenzaron a caer. Luego todo volvió a la normalidad.
Cuando un suave olor a madera mojada flotó en el ambiente, los pájaros recuperaron movimiento, las hojas de los árboles que habían dejado de agitarse ante la presencia de la enigmática mujer, se sacudieron de nuevo al compás del viento y el agua de los goteros en cada planta y árbol brotó otra vez. Me llevé la taza de café a la boca y tomé dos largos sorbos ¡Qué diablos!, pensé, qué es lo que me está pasando.
Sin embargo era tan mágico el momento experimentado que en vez de sentir temor, me produjo alegría, casi felicidad, y eso lo notó mi esposa quien salió sin haberse dado cuenta de nada preguntando extrañada por qué estaba sonriendo; alcancé a responderle: “Cómo no voy a hacerlo ante esto que me he perdido por años. ¿Vez las gotas de rocío? Esa alegría me la producen las expresiones cotidianas; creo que estuve viviendo demasiado rápido, preocupado sólo por ganar dinero y conservar mi trabajo”.
Le mencioné también que era el momento de afinar mis sentidos y dejar entrar la sensibilidad y la energía externa de la naturaleza. Me sentía un hombre nuevo, alguien dispuesto a ver la vida de otra manera y lo que acababa de experimentar era algo inusual; una emoción que me anticipaba los días maravillosos por venir. Sólo me escuchó y retomando como siempre su inquieto dinamismo, indicó: alcánzame la araña porque hay que recoger las flores caídas de la Buganvilia; conecta la manguera para mojar la tierra y no levantar polvo. Sus palabras me robaron el momento mágico, pero no el espíritu renovado que fluía dentro de mí. Tarde se me hacía para ponerme frente a mi laptop para comenzar a escribir los mensajes que recién había recibido.
Los fines de semana llegaba a la cabaña cargado de ilusiones, pensando en llenarme de lo que se aspiraba en aquel ambiente; daba unas vueltas por la calles del pueblo admirando sus edificios y dándome gusto de saber que se cuidaban y remozaban los viejos edificios de ladrillo rojo. Me acomodaba frente al Hotel California y la energía que emanaba y circulaba dentro de él me indicaba que estaba en el camino correcto; varios turistas coincidían conmigo, muchos para tomarse la foto frente a su fachada, yo para detectar los detalles de su construcción y compararlos con las fotos más antiguas. Definitivamente, el encanto del pueblo es irresistible y algo tienen esas paredes y esas calles angostas para hacer que un romanticismo nostálgico nos llene de placer. Tal vez quienes no se dedican a las artes plásticas tengan otra percepción, pero lo que sí puedo asegurar es que quienes decidieron llamarlo oficialmente Pueblo Mágico, no se equivocaron.
Hay algo en Todos Santos que no tienen los demás pueblos de la Baja, y no es el manantial que nos llega de la Sierra de La Laguna, y que lo hace diferente al desierto; ni los palmares, ni la húmeda neblina que entra por el Océano Pacífico. Creo que es su gente la que transmite esa sensación de apreciarte bienvenido; es su pasado indígena, de misioneros, de conquistadores, de aventureros, de héroes y de mártires que crearon historias verdaderas, mitos y cuentos. Es para mí un pueblo hecho leyenda que se ha posicionado a sí mismo y llenado de arte, lo que a su vez le ha permitido cruzar fronteras y llevar su mensaje con grandes expresiones culturales.
Desde hace unos veinticinco años me siento parte del pueblo. Es el tiempo que tengo de estar viniendo esporádicamente, cargando de arriba a abajo con mis cosas; al plantar árboles en el terreno que adquirí, al disfrutar a mis hijos jugando los fines de semana y verlos cómo crecían, todo eso llenó de buenas impresiones mis jóvenes años. Si antes venía cada quince días hoy lo hago dos veces por semana, impaciente por instalarme de tiempo completo para terminar de escribir esta historia de tan fuerte contenido mágico.
Les decía que mi escenario cambió a raíz de los mensajes que recibía de manera indirecta en mi cabaña; normalmente me dormía a las 12 ó 12:30; dedicaba unas tres horas a escribir y el resto a dar una vuelta por el pueblo recabando información, buscando de paso la manera de presentar mi libro anterior para relacionarme con los círculos de lectores, intelectuales y amantes del arte. También algunas horas las dedicaba en los arreglos del jardín. Mi piel había cambiado de color, ya no me quemaba con facilidad por permanecer bajo los rayos del sol, y mis manos tampoco mostraban ampollas por el uso de herramientas de jardinería como al principio.
Cuando menos lo esperaba, hacía su arribo la misteriosa y bella mujer; aparecía en mis pensamientos inesperadamente como una invocación fortuita; de allí en adelante asomaban los primeros mensajes que hacían inminente su presencia. No importaba la hora del día, aunque eran más intensas sus visitas por la noche. Durante esos álgidos momentos, muchas imágenes de ella en diferentes sitios desfilaban frente a mí, ofreciéndome una idea de lo que tenía qué narrar, como si me enseñara el camino. Las escenas eran como las de una película antigua, con efectos viejos.
Al terminar de mostrármelas se presentaba como en cámara lenta: ella lejos de mí, cerca de mí, a un lado, o atrás de mí. Me observaba sin hacer ningún comentario, ninguna palabra salía de sus exquisitos labios y perfectos y alineados dientes blancos. Hablaba con sus ojos y por la experiencias anteriores eso era sólo entre ella y yo; nadie notaba ni se daba cuenta de lo que sucedía. Todo se detenía, sólo teníamos vida ella y yo, con el añadido de que no me permitía hablar ni moverme, si bien los sentidos de la vista, el olfato y tacto me funcionaban con normalidad, pues podía oírla respirar, o caminar cuando lo hacía porque normalmente flotaba.
Su perfume me seducía. Era un aroma sutil, único y de muy buen gusto. Por la manera de vestirse denotaba que perteneció a un estatus social privilegiado. Lo poco que yo reconocía del perfume es que la aristocracia europea lo empleaba como signo de distinción y sensualidad. Al desaparecer, el aire quedaba impregnado de su fragancia; cierta vez que retornó sin avisarme supe que rondaba cerca por su aroma.
Varias veces contacté de esta manera con esa extraordinaria mujer. Me intrigaba sobremanera el nombre de ella. No lo sabía hasta que un día me regaló el sonido en las imágenes y reconocí a partir de ese momento que se llamaba Mercedes.
Su historia fue trágica. Le fue arrebatada cruelmente la existencia en plena flor de la vida, contaba con diecinueve años de edad cuando pereció en un naufragio frente a Todos Santos. Por una venganza indirecta, su espíritu quedó atrapado en el mundo de los vivos, conviviendo con ellos sin que lo supieran; acaso unos cuantos afortunados tuvieron la suerte de advertir su presencia, y sin lugar a dudas uno de ellos fue el integrante de una banda musical que se hizo muy famosa por su composición de “Hotel California”, sitio donde se hospedó y conoció a Mercedes; una historia desmentida y negada por muchos, pero con tanta difusión en los medios impresos y electrónicos, que terminó convirtiéndose en una asombrosa leyenda que no pocos buscaban desarticular incluyendo al protagonista principal.
Lo que ustedes van a leer es la historia de esa leyenda; si lo creen, qué bueno; si no, pues qué bueno también. Tómenlo como parte de la fértil imaginación de este escritor que supo escuchar las voces e imágenes de un espíritu bien intencionado. Lo que ustedes leerán será algo que choca con la lógica y la realidad científica, pero ustedes también saben que prevalecen hechos y acontecimientos que ni la misma ciencia puede explicar. Yo lo dejo hasta allí. Ustedes decidirán si lo aceptan o no, pero lo que sí puedo asegurarles es que experimentarán horas intensas de lectura divertida y emocionante.
Espero cumplir con el objetivo de narrar con una alta dosis de realismo mágico lo que aconteció en las inmediaciones de Todos Santos durante los años de 1846 a 1971. Es obvio que sólo relataré algunos momentos coincidentes entre los dos personajes centrales: Mercedes y Hugh. Si éste último también desmiente mi relato, está en su derecho de hacerlo; pero quiero dejar en claro que fue justo como me fue revelado. Si intentan demandarme con el propósito de continuar negando los hechos, también están en su derecho de hacerlo; yo simplemente me concreto a mencionar tal cual, lo que Mercedes dijo. Nunca he tenido contacto con Don Henley; acaso lo conozco por algunos videos y reconozco en él su gran talento, espero que más que ofendido se sienta halagado al saber que conocí de primera mano su mágica aventura por esta tierra de Todos Santos.
Los detalles y escenarios son en parte producto de mi propia imaginación; de ninguna manera pretendo ofender la memoria de algunos personajes reales que conviven dentro de la novela, sino todo lo contrario: enaltecer su trayectoria dentro de esta efímera existencia. Mi máximo deseo es poner en alto el nombre del pueblo de Todos Santos, a su gente con sus tradiciones y costumbres.
Soy un instrumento más al servicio de los fantasmas y espíritus que viven dentro de uno; soy uno más de esos escritores que saben que existe un mundo mágico lleno de seres fantásticos, reales e irreales. Sobre todo, pertenezco a esa clase de escritores capaces de socavar la realidad mediante la inclusión de hechos que rebosan de magia y superstición.
¡Va para los amantes de esos tiempos idos! Esa época donde la aventura marca la ruta de nuestra vida; donde la monotonía es nuestro principal enemigo. No hay mejor manera de vivir la vida que a través de otros personajes que en cierto momento fueron muy parecidos a nosotros.
Le doy gracias a la vida y al Creador por haberme dado las herramientas que necesitaba para escribir, y llevarlos de la mano por senderos inexplorados que ni yo mismo conocía, pero que los descubrí para poder compartirlos con ustedes.
¡Va para ti, amable lector! Disfruto imaginar abriéndote paso entre renglones, apropiándote de estas letras, creando tus propios senderos sobre esta singular historia que estás a punto de conocer.
Por estas y muchas razones, éste lugar se ganó el ser considerado Pueblo Mágico, por la SECTUR, la historia, la histeria, la leyenda, el mito, los cuentos e historietas, tantas y tantas cosas que nos llevan a soñar e imaginar un lugar que tal vez pudiera estar en cualquier parte de nuestra hermosa República Mexicana..Pero aquí se encuentra, existe y es real, y aunque se utilice como gancho para atraer al turismo, acerca del mito de la famosísima canción de Eagles.."Welcome to the Hotel California"...Aquí nos tocó vivir y aquí nos tocó difrutar de la magia que surge del "inframundo" hacia el denominado "mundo real"..Para finalmente llegar al "supramundo"..Belive it or not!!..Aunque ud..no se deje!!
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