martes, 2 de agosto de 2011

El Tesoro en la Isla del Espíritu


El Tesoro en la Isla del Espíritu

Una vez que la confianza con los indios permitía más acercamiento, los buscaba, aunque no era fácil dar con ellos; aprendió que se movían constantemente hacia la costa, en ocasiones hacia el Pacífico cerca del final de la península, en otras hacia el golfo de Cortés, buscando su alimentación de pescado fresco y mariscos.
Un día, basándose en la información que el Guama y Sebastián le dieron sobre sus migraciones y lugares a los que se movían, fue en busca de ellos siguiendo la ruta de la Isla del Espíritu, después de moverse en pangas y a caballo durante varios días, los encontró. Se acercó al grupo de Añult, fue recibido de muy buena manera, le llevó a la zona de pesca  y recolección, donde observó que atrapaban peces con anzuelos de hueso, utilizaban para las presas grandes carnadas de peces pequeños que atrapaban con redes tejidas de palmilla y datilillo, arbustos de mediana altura, como ya se mencionó, sus ramas eran  semi cocidas con fuego para que adquirieran elasticidad y fuerza.
Se movían en rústicas canoas hechas de madera y utilizaban remos en forma de grandes palas, eran muy ágiles, se movían rápidamente en el mar, le impresionó que bucearan a puro pulmón a profundidades que podrían cubrir con cuatro hombres parados uno sobre otro, allí bajaban por los  moluscos de concha, aprendió y conoció las blancas perlas que traían en su interior; sacaban otras de pulpa blanca, que ya conocía, los  ostiones, mejillones y almejas de diferentes formas y colores que tomaban manualmente cerca de la orilla. La alimentación era muy variada y saludable, ahora entendía por qué se movían hacia esas partes de la costa, donde el hombre blanco no ponía su pie todavía.
 La península tenía cientos de kilómetros de litoral, era muy difícil que cualquier  hombre se aventurara en lugares tan remotos y aislados, donde escaseaba el agua, sin embargo, ellos sabían que el agua brotaba donde aparentemente no había vida. Cada alta montaña encerraba a sus pies un pequeño manantial e inclusive, la naturaleza misma  les proporcionaba en las grandes islas que había frente a la península de California, tanto por el golfo como por el océano, ese precioso líquido en bellas cascadas.
Extrañaba Bernard esa vida; envidiaba a los indios tener a su disposición el azul intenso de tonalidades esmeralda y el arrullo de las olas que morían en la orilla una tras otra. Se embelesaba con el canto de las gaviotas y de los pelícanos al cruzar el cielo, sus pulmones se llenaban de ese aire salado y su nariz se ensanchaba de emoción al percibir el olor a brisa marina. Le mecía con amor el vaivén del mar; estaba evocando con nostalgia su vida anterior.
Cuando acompañó a Añult un poco mar adentro en su canoa, se desesperó por la lentitud del desplazamiento por remos, entonces tomó una decisión, a falta de velas de lona, solicitó con señas y algunas palabras que ya dominaba del lenguaje pericúe, pieles delgadas, pidió a las mujeres que las cosieran y unieran fuertemente para amarrarlas a un pequeño mástil improvisado con un remo, a éste le acondicionó una palanca con otro remo para  hacerla girar y los colocó en la rústica canoa. La sorpresa de Añult fue enorme,  la velocidad que adquirió la embarcación en el agua, lo fácil que era manejarla y la seguridad que se sentía, tanto que provocó en Añult el deseo de tirar el resto de los remos, pero Bernard  gritó que no lo hiciera, que la vela sólo funcionaría cuando hubiera viento y que en algunas ocasiones los seguiría utilizando.
Los otros grupos de indios se acercaron a ellos cuando regresaron y les pidieron que les enseñaran cómo construir esas alas que hacen correr a la canoa sobre el mar. Un par de días se llevó con ellos para adecuar cinco canoas, para ese momento ya era el huésped más peleado para atenderlo, inclusive cada grupo quiso darle una de sus mujeres para que durmiera con él y para que le cocinara. Le arreglaron con troncos y hojas de palma una ramada junto a la playa, donde tenía agua para beber, frutas silvestres, bebida fermentada y diversos guisos de pescado y mariscos que le prepararon a su manera las indígenas; el aroma de estos alimentos se debía a las hierbas del campo que le daban un sabor único a la comida sencilla del campamento indio.
Los jefes de los grupos lo visitaban todas las noches, se sentaban en torno a él e intercambiaban palabras acerca del nombre o significado de las cosas y animales. Bernard por su parte seguía  intrigado por el trabajo de las joyas que miraba colgadas de los cuellos y que adornaban las muñecas  de los indios e indias,  había buscado alguna señal de algún taller que las trabajara o que identificara alguna mina para extraer  oro y plata, nada vio. Es más, era tanto el atraso en el manejo de los metales que no los tenían ni en sus armas de caza o de pesca, tanto las puntas de las flechas como de sus lanzas eran de hueso o de piedra. Así que no se guardó más tiempo sus dudas y le preguntó a Añult, de dónde obtenían esos adornos, tocándoselos con su mano. El indio se quedó serio, dejó de reír y le dibujó en la arena un barco grande  que había pasado hacía muchos años y también dibujó gente que se había metido en la cueva  de la ballena para esconderse de otros dos barcos que lo seguían; al primero, en sus velas le puso una calavera y a los otros dos les puso águilas y coronas, le contó que llegaron vestidos con colores muy brillantes y armas relucientes; en el primero muchos traían en la cabeza pañuelos y sombreros; como tú! -le dice a Bernard- quien entendió rápidamente que el primer barco era de piratas y que los otros eran de la armada española, entonces interpretó el resto del relato: a la Isla del Espíritu llegaron los extranjeros, pudieron entrar a una cueva que sólo se abría en los tiempos que pasan los grandes animales marinos, allí vieron sus antepasados que se metieron los hombres del barco de la calavera, una noche muy oscura, iban esconder un tesoro, mientras  sus compañeros piratas, distraían a los marinos de la armada española.
Bernard, había escuchado historias entre los piratas, había muchas leyendas de los años 1550 y 1600, recordó al famoso Capitán John Loise, inglés como él, que asaltaba los galeones cargados con riquezas inimaginables de Asia, telas de seda, marfil, muebles, esencias y joyas; los interceptaba en sus viajes de las Filipinas a Acapulco. Contaban que en una ocasión atacó todos los puertos del litoral del Océano Pacífico y también a los buques españoles que por allí transitaban. Logró juntar un enorme y valioso botín, rico en  monedas de oro, perlas y joyas en oro y plata; entonces los españoles fastidiados por las constantes agresiones piratas mandaron, embarcaciones a perseguir a John Loise, que recientemente había asaltado un barco con un cargamento muy rico en oro. Al sentirse perseguido tan de cerca, se internó en el golfo y se escondió en las bahías de las islas; aprovechando las sombras de la noche, decidió ocultar su tesoro y acompañado de sus hombres de confianza, lo enterró en una cueva de los acantilados de la isla. Verificó muy bien los puntos geográficos de donde lo ubicaron para regresar por él, para asegurarse de no ser traicionado por sus hombres, los asesinó y los enterró junto a su tesoro. Cuando pasó el tiempo y el peligro de encontrarse con sus perseguidores, Loise regresó a buscar su tesoro, pero no encontró la entrada de la cueva, ya no existía, se desconcertó ya que el lugar donde lo ocultó era muy similar a lo largo de todo el acantilado, casi dos kilómetros de idéntico paisaje. Lo buscó durante cinco días y enojado por no entender lo que pasó, dibujó un mapa de la isla a la que llamó Fantasma.  Desplegó vela y se regresó a Inglaterra con parte de las riquezas obtenidas.  Después mandó una expedición a buscar su tesoro, pero corrieron con la misma suerte. Empezó a propagarse la versión de que los piratas asesinados por John Loise, se habían vengado de él desapareciendo la entrada a la cueva.  Se supo después, que el pirata Loise fue capturado y colgado, cuando intentó tomar por asalto un buque español que aparentaba estar desarmado, en un ardid de los capitanes españoles. El misterio de su tesoro perdido se convirtió en una más de las leyendas piratas, de las que ya no se sabía donde terminaba la verdad ni donde empezaba la mentira.
A Bernard se le estaba develando un secreto, celosamente guardado durante años por los indios pericúes. Le contaron que una noche, en que ellos pasaron desapercibidos, estaban vigilando muy cerca el barco pirata. Vieron  cuando los piratas de Loise se habían metido en la cueva con tres grandes cajas de metal. Lo que nunca supo ni entendió el navegante, es que por las corrientes marinas,  en esa zona  tan especial de la isla, la  marea cambia, sube más rápido que en otros lugares y oculta la entrada de la cueva totalmente, durante casi todo el año. Los indios le llamaban la cueva del Pez Grande, ya que coincidía su apertura con la migración de las ballenas  año tras año  a ese lugar. Curiosamente  durante el mes de enero, la entrada a la cueva quedaba despejada al bajar el nivel del mar; en un interior se refugiaban y se apareaban  las ballenas; eso lo sabían los indios pero le tenían miedo a la cueva y no se animaban a entrar, le tenían respeto al enorme animal marino y a los espíritus que la  cuidaban.
Hasta hace poco tiempo, le explicó Añult a Bernard,  él, como muestra de su liderazgo y valentía, después de tres generaciones de los suyos, entró a la cueva; a pesar de la terrorífica historia de los cinco hombres blancos que habían muerto, se decía que habían luchado allí dentro con un enorme monstruo, que sólo se habían escuchado gritos y truenos, sólo uno quedó con vida. Los indios creían que las cajas que llevaron los blancos con ellos, eran una ofrenda para el espíritu animal  que vivía  dentro, pero no le había gustado y los había castigado, quitándoles la vida y que a quien perdonó, regresó después, pero ya le había cerrado la entrada al subir el nivel del agua.
 Platicó más detalladamente del gran temor que sintió cuando, con su canoa, se introdujo en la impresionante oquedad, vio con sorpresa que el agua estaba en calma, sin oleajes y siguió avanzando; él, por las dudas, se inclinaba constantemente como muestra de respeto. Avanzó hasta el final, bajó de su rústica embarcación y trepó en las piedras donde la cueva adquiría mayor profundidad. Cuando subía hacia una terraza  observó que la luz del sol entraba por la parte de arriba e iluminaba perfectamente esa zona. De pronto, se impresionó al mirar hacia un rincón: allí estaban los esqueletos de los hombres blancos, semi cubiertos con sus raídas ropas y sus botas, se les miraba un agujero en el cráneo a todos y junto a ellos estaban las enmohecidas cajas de metal; las  abrió fácilmente con un pedazo de remo, rompió los cinchos y removió las cadenas de hierro que protegían  a los baúles.
-          Hombre blanco, sé que no eres como ellos y te voy a confiar algo que me pasó  cuando entré a la cueva donde estaban ocultas las cosas de metal de los hombres barbados como tú. Sentí que alguien más estaba dentro, vi muchas sombras deslizarse por las paredes, como que entraban al agua, esas sombras mojaban las paredes y el piso de la cueva. Oía su respiración agitada al pasar junto a mi, me quedé en silencio un momento y estuve a punto de salir corriendo, pero al darme cuenta que no me hacían daño, sólo escuchaba en mi lengua o creía escuchar  que me decían ¡Llévatelo, llévatelo, llévatelo! y se reían y volvían a decir ¡Llévatelo, para que no lo encuentre! Estaba muy nervioso observando las sombras que en momentos parecían de gente blanca.  En cuanto pude salí cargando las cajas del tesoro, la tarde caía y vi claramente cómo al salir yo, salieron las sombras brillantes y carcajeándose, se elevaron  hasta perderse en el cielo.
-          Sí te creo Añult, lo que me dices son fenómenos paranormales que siempre me han intrigado y qué bueno que los percibiste porque eran los espíritus atrapados  de la gente que asesinó el pirata John Loise. No todos tienen esa capacidad para poder comunicarse con esos seres que estarían allí hasta que alguien llegara por el tesoro. Tú no eras su verdugo, eras su salvoconducto para liberarse de ese tesoro que los atrapaba  y los obligaba a cuidarlo por ser ellos parte de su robo con violencia y muerte. Muchas vidas debían y esa era una maldición para ellos, así lo contaban desde que  Draque lo hacía, él dejaba guardianes para que atemorizaran a quien tratara de arrebatarle sus tesoros.  
-          Me maravillé del brillo de las joyas y de su fina elaboración, tomé unas pocas; los puñales y las espadas que los esqueletos tenían junto a ellos, también arpones e implementos de pesca. Pensando que ese tesoro valía mucho en el mundo de los blancos, lo saqué en mi canoa y lo oculté en otro lugar de la isla, a partir de ese día sólo utilizaba esos metales y piedras bonitas para adornar a mis mujeres como muestra de mi superioridad y valentía.
Bernard, platicó largamente con Añult, explicándole cómo con ese tesoro de los piratas podría ayudar a llevar una vida más cómoda a su grupo y a sus familias, que lo guardara bien, para más adelante, cuando el gobierno español estabilizara los problemas con los grupos que luchaban por la separación de la Nueva España. Cuando eso sucediera vería cómo, con esa riqueza, ellos podrían ser dueños de la tierra y de su pesca.
-          No necesitamos comprar lo que es de nosotros, lo que siempre nos ha pertenecido, además creo que es imposible ser dueños de la lluvia, del mar, de los peces y de los animales del campo, que son libres igual que nosotros. Respetamos bajo un principio sagrado los tiempos de emigrar de un lugar a otro como lo dicen los dioses, ya aprendimos que no se puede estar viviendo en un sólo lugar porque se debilita mi pueblo, tenemos que seguir hacia donde los árboles dan frutos, hacia dónde está el venado y el conejo, para luego en un tiempo regresar por los peces del mar. Todos los animales de esta tierra y  este mar, se van y vienen igual que nosotros. Además, le dice, no sólo por seguir las órdenes de nuestros dioses debemos vivir en varias partes, sino también porque el hombre blanco nos quiere encerrar en sus pueblos y volvernos esclavos, quitarnos nuestras mujeres y nuestras costumbres. No debemos permitir que ellos nos ubiquen en un lugar porque nos capturarían para que trabajemos para ellos, y preferimos morir, antes que eso suceda.
Ante ese disentimiento y explicación tan convincente de Añult, a Bernard no le queda más que quedarse callado, está comprendiendo por qué el Guama le dijo que era el esperado para orientar y guiar a su pueblo para su supervivencia. Entendió claramente que sería el responsable de buscar las formas y las maneras de convencer a los indios de que, sin vivir la misma experiencia amarga con los hombres blancos de Punta del Cabo, la vida podría ser más fácil y más satisfactoria si intentaran otro estilo.  
Analizó la manera en que vivían los indios, la sombra era escasa y el sol inclemente; entonces se dio a la tarea de buscar troncos en la cercanía, los jaló con sus mulas y entre todos levantaron una  gran ramada, como las que los indios del Caribe construían  con hojas de cocoteros; aquí sólo utilizaron para el techo tablillas de cactus gigante y rellenaron los espacios con ramas largas.  Para hacer más llevadera la vida, Bernard les regaló dos caballos y prometió que cada temporada de visita les llevaría utensilios de pesca y de cocina, explicándoles que no todo lo que usan los hombres blancos es malo, por ejemplo, les explicó que las herramientas para cortar la madera y unirla, sirven para hacer un refugio, esto es muy bueno sobre todo en las épocas de temporal, cuando llueve con un viento tan fuerte que destruye todo a su paso. Entiende que la naturaleza tiene su lado violento y que se debe de tomar de ella lo que haga falta para protegerse cuando esté molesta, que tiene dos caras y se tiene que aprender a entenderla. La naturaleza no da las cosas hechas, sólo la inteligencia para cambiarlas y aprovecharlas, que sus elementos como el frío, el calor y la lluvia,  sí los manda, pero que junto a eso da la madera para guarecerse. El Dios de los Cielos, que creó todo esto nos dio las cosas para darle forma con nuestras manos, así como mandó los animales para alimento y vestido. Al conocer la naturaleza sabrán que no sólo los animales dan la ropa, también algunos pequeños árboles dan las fibras para elaborar y tejerla, como la que ustedes ven que traigo.

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