martes, 2 de agosto de 2011

Yeka


Yeka
Al nacer, la partera india que ayudó a su madre en su nacimiento la vio detenidamente para escogerle su nombre, como era tradición entre ellos. Era la primera hija de la primera esposa del Jefe indio Yecume, vivían furtivamente, ocultándose de los soldados y de los misioneros en las faldas de la cordillera mayor y cuando la situación se tornaba difícil se refugiaban en su recinto natural del Picacho Grande. La niña nació en una confortable cueva, durante una fría noche, mientras afuera brillaba hermosamente la luna; la partera la sacó un momento para que la bañara su luz, la levantó y la ofreció a los espíritus de los cuatro vientos, para que inflamaran sus pulmones, ellos hicieran que saliera de su garganta su primer grito; entonces la mujer también gritó ¡Yeka! ¡Yeka! que significa “Luz de luna”. En ese instante tuvo lugar un acontecimiento natural, que atemorizó a los indios presentes, se empezó a oscurecer, la luna desapareció, los animales empezaron a aullar y a cantar. El Guama se apareció, empezó a bailar y a cantar alrededor de la recién nacida. Había nacido la elegida, la que en el futuro definiría la vida de los indios pericúes, desde ese momento fue vista y cuidada como una princesa. Desde niña llamaba la atención su belleza, su esbeltez y su inteligencia para asimilar el conocimiento que los más sabios de la tribu, le trasmitían. A los diez años fue entregada al grupo de mujeres de la isla Cerralbo, para que iniciaran su preparación, reunía los requisitos para estar con el grupo selecto de amazonas pericúes, la isla tenía todo para sobrevivir, en menos de ocho años se convertiría en una excelente pescadora, nadaría y bucearía para extraer mariscos y perlas, así como un experta en arco y flecha para cazar piezas mayores y menores que abundaban en la isla.
En la isla, habían tenido malas experiencias con los primeros marinos que se aventuraron por esos lugares, que maravillados por las mujeres, ávidos en deseos, trataban de saciar sus bajos instintos y muchos de ellos fueron muertos en el intento; cualquier hombre que pusiera un pie en tierra firme debía  morir para que no divulgara su existencia. Eran unas bravas y valerosas mujeres cuyo papel era conservarse íntegras y puras, para mejorar las generaciones de nuevos indios pericúes, más fuertes y más sanos. Sabían por experiencia que los conquistadores blancos traían enfermedades que los aniquilaban rápidamente y los miraban como la raza impura y corrompida, llenos de gérmenes infecciosos, contra los que no tenían defensas naturales.
El nacimiento de Yeka había coincidido con un eclipse solar que fue estudiado por astrónomos europeos que habían viajado al pueblo Punta del Cabo para observarlo, ya que casualmente también, era el mejor lugar del planeta Tierra para registrar su evolución física, con todos los riesgos que implicaba trasladarse por mares desconocidas a lugares lejanos. Ese acontecimiento planetario era un mensaje que el Guama interpretó como un anuncio de que Yeka tendría un futuro diferente a los de toda su raza.  Al crecer demostró notable inteligencia, cualidad que sólo está destinada a los grandes jefes indios, además su belleza y su porte la distinguían de las demás indias. 
Cuando cumplió la edad adecuada fue enviada a la isla como parte del selectivo grupo, el Guama ya la había elegido para ese fin desde su mismo nacimiento. Durante ocho años su gente dejó de verla y se sorprendió gratamente cuando fue presentada en el rito durante la brillante noche de luna. Fue la elegida por su hermosura, por contar casi con un cuerpo perfecto, ideal, para el Baño de los Dioses, recargada en la piedra lavaría los pecados e impurezas de los indios pericúes, en la Plaza de la Gran Piedra Larga. 
Yeka no fue seducida por los bravos guerreros que compitieron la noche del Ritual de la Luna y la Fertilidad, cuando ellos tenían la primicia de escoger a sus esposas; quien llamó poderosamente su atención fue el invitado de honor, el hombre blanco de larga cabellera y si le hubieran permitido escoger, lo hubiera seleccionado para su esposo esa misma noche. Era la primera vez que sus ojos miraban de cerca a un hombre blanco tan atractivo y diferente a su raza. Por eso cuando fue elegida por Añult se negó, haciendo valer su derecho de decisión y señaló atrevidamente a Bernard, sin que éste entendiera lo que decía, ya que no la podía ver bien,  las mismas sombras y la luz de la luna en su rostro se lo impidieron.
Cuando Yeka estaba lejos de la montaña, contaba las lunas para saber con exactitud cuando emigrar de nuevo al Gran Pico, el lugar donde vivía el hombre blanco que robó su corazón, llevaba la cuenta de los días que le llevaría de regreso, pensando lo que haría al acercarse a la cueva de madera que le salía humo por arriba.
Ya de regreso con la tribu, se aproximó a la cabaña de Bernard, no encontró señales de  él ni del perro que siempre lo acompañaba, el verano había llegado y las flores silvestres y la hierba crecía por todos lados, buscó el riachuelo que siempre le había gustado de niña y al ver la cascada caer, se despojó de sus ropas y se metió a nadar buscando refrescar su sudado cuerpo, se sumergió un par de veces y salía a sentarse sobre las piedras de la orilla, estaba viendo el cielo, cuando sintió la mirada de alguien, volteó y vio sobre la otra orilla del riachuelo a Bernard embelesado, la miraba como si fuera un aparición, el que no se detuvo y corrió hacia ella fue Rey, que le ladraba amigablemente, llegó hasta donde ella estaba y le lamió la mano y Yeka, sin pudor alguno por su desnudez se puso de pié y acarició al perro. Bernard, no daba crédito a lo que veían sus ojos, se quedó mudo. Yeka aprovecha para recoger su ropa y salir corriendo. Bernard reacciona muy tarde, le grita que se detenga, sin recibir alguna respuesta de ella, quien se pierde entre los árboles.
Bernard ya había trasformado su tierra en pocos espacios, había sembrado dulces y jugosas frutas de temporada, como piñas, melones y sandías, además seguía aumentando la siembra de maíz. Recolectó pocos frutos, tomó de sus reservas carne seca y los llevó al campamento indio instalado en la zona de las cuevas a dos kilómetros de su cabaña, se acercó, ceremoniosamente saludó a todos, provocando la risa de algunos, buscó a Yeka entre las indias sin tener éxito, buscó el grupo de Añult y cuando lo vio le preguntó por una india con las características de Yeka. Hay que decir que para esas fechas,  Bernard ya entendía más el lenguaje indio.  Añult se sonrió y le explicó, que era una mujer libre e independiente desde el  momento en que decidió  no aceptar ser una más de sus mujeres.
Con la explicación de Añult, Bernard se acordó de la mujer india que abrió la ceremonia de la luna con el baño de la sensualidad  y que después del baile del cortejo no aceptó a Añult, y ciertamente – se dice-. Fue entonces, cuando ella  misma  me señaló antes de salirse de la explanada ¡Sí es ella, su belleza es la misma!
Yeka, vivía con un  grupo de indios, acampaba separada sin alejarse mucho de ellos, sin dejar de ser parte de su organización, su responsabilidad era como la de cualquier indio, era responsable de recolectar frutos, cazar y pescar para el grupo que pertenecía; se le respetaba y se le exigía trabajar de la misma manera que todos. Las funciones dentro del grupo, estaban definidas y debían cumplirse.
Como vivían en una colectividad,  unas mujeres cocinaban y otras cuidaban a los niños y a los ancianos, los hombres vigilaban, cazaban y pescaban. Yeka, como todos los indios pericúes, era solidaria con el gran sentido de pertenencia y de respeto ecológico con la naturaleza. Al cazar evitaban matar hembras, esparcían semillas de árboles que les producían sombra y frutos, para evitar la contaminación del agua y de los alimentos hacían sus necesidades fisiológicas en un mismo lugar y tenían la obligación de arrojarlas a un hueco y cubrirlo con tierra. Evitaban hacer daño al lugar al que regresarían el próximo año, sin importar que era un hogar temporal por sus migraciones amarradas al cambio de las estaciones.
Durante esa temporada, Yeka, visitaba constantemente la casa de Bernard, lo observaba  desde los árboles cercanos para no ser descubierta, veía cómo hacia sus labores de siembra y cómo arreglaba su cabaña; lo seguía a distancia cuando salía a cazar y se asustaba al escuchar el ruido producida por el arma de fuego de Bernard, admiraba a ese hombre blanco que le había robado el pensamiento desde que lo conoció en la Plaza de la Piedra Larga. No entendía los alcances de las palabras del Guama, quien le había dicho que Bernard era su destino y su futuro, el eslabón que les permitiría a los indios pericúes trascender y no desaparecer ante la aniquilación que habían iniciado los guerreros blancos  con la aprobación de los sacerdotes de vestidos largos.
Le explicó que los dioses y los espíritus, inteligentemente habían inducido al pirata blanco, hablándole en sus sueños para que subiera la montaña y se encontrara con nosotros, para que uniera su sangre con la nuestra y para que fuera parte del nacimiento de una nueva generación de hombres, que trasformados y bien nutridos darían vida  a la Gran Montaña y a las tierras de la zona, él protegería a los indios puros y les enseñaría a adaptarse a los nuevos tiempos que marcó en el cielo el eclipse de luna,  -justamente cuando tú naciste, le reiteró el Guama.  
- Sigue tu instinto, déjate llevar como la nube y como la hoja por el viento, él sabe dónde y cuándo caerás, tu historia trascenderá más allá del tiempo y habrá descendientes tuyos que escribirán sobre ti cuando ya no estés entre los vivos, te describirán de una manera nostálgica y romántica, tu vida apenas está por iniciar, nada has visto aún, en menos de doce lunas serás parte del pasado y de nuestro presente del hombre de la Casa de los Árboles, refiriéndose a la cabaña de Bernard.
Qué difícil fue para Yeka, seguir de nuevo a su gente y dejar de ver a Bernard diariamente  sin que él supiera que era seguido con mucha curiosidad por ella, estaba segura que su corazón ya no le pertenecía; un sentimiento nuevo le daba alegría y le hacía ponerse triste al estar lejos de la Gran Montaña y del hombre blanco que vino del mar. Constantemente volteaba hacia allá, ese lugar se miraba desde cualquier parte de las tierras bajas de la costa, lo añoraba y se imaginaba a Bernard en los diferentes lugares que lo vio, lo imaginaba trabajando para protegerse del tiempo y recolectando sus alimentos. Se lo imaginaba sin camisa, bañado en sudor, cortando árboles  para el fuego de su cabaña, no olvidaba lo diferente que era de los hombres de su tribu, un poco más alto y fornido, de piel muy blanca, aunque tostada por el sol, con muchos vellos en la cara y en el pecho. Cuando la luna iluminaba su entorno, se imaginaba a Bernard, viendo igual que ella, a la diosa y recordando los momentos de la ceremonia ante la Piedra Larga, donde se conocieron.
            Yeka admiraba el valor de Bernard por vivir solo, por haberse atrevido a internarse en un territorio desconocido y muy peligroso, donde habían desaparecido en manos de su gente varios aventureros que buscaban oro en la montaña y no regresaron a contar lo que había arriba, sabía por sus padres que los hombres blancos habían llegado años atrás cargando una cruz, ofreciendo un mejor dios que los suyos, que los habían convencido de que vivir con ellos sería mejor, pero fue todo lo contrario, sus enfermedades casi los exterminan y los volvieron sus esclavos, además les habían quitado cultivos, construcciones y costumbres, les temían porque traían espadas y armas de fuego para obligarlos a obedecer, situación que los orilló a rebelarse y a tomar medidas que evitaran la desaparición de su raza.
Quienes más alentaron la inconformidad entre los indios, fueron los Guama, atizando la rebelión india, porque el sacerdote misionero estaba desempeñando un liderazgo negativo. Había muchos resentimientos porque pretendía modificar su rito de fertilidad que daba derecho a que cada indígena tuviera varias mujeres, los sacerdotes habían impuesto, que  cada indígena debía tener una sola mujer, para ellos, esto era una blasfemia. Este levantamiento se extendió en todas las comunidades indígenas de la península de California, participaron de una manera muy violenta, extendiéndose como un  reguero de pólvora, sacrificando y dando muerte a todos los misioneros de las principales poblaciones, arrasando gran parte de las edificaciones misionales y de su mobiliario, quemaron todo lo que les recordaba la religión que quería destruir a su gente y sus costumbres.
Su padre le platicó a Yeka, que pensaron haber ganado la batalla y que seguirían como antes de la llegada de los españoles, soldados y misioneros, se equivocaron rotundamente, ya que llegaron más soldados y aventureros, mejor armados, preparados para la guerra, con mejores caballos  que les  facilitaban movilidad  hacia sus aldeas, les daban alcance, la guerra de guerrillas pequeñas, duro cinco años y al final perdieron ante la ferocidad y el odio de los hombres blancos que se demostró cuando asesinaban sin misericordia a mujeres, niños y ancianos; algunos indios que quedaron vivos, se dispersaron y huyeron al monte, refugiándose en lugares inaccesibles para los hombres blancos.  
A raíz de los acontecimientos tan desfavorables para los pericúes, Yeka junto con otros jóvenes indios, secretamente fueron  preparados para reproducir, mejorar y fortalecer su raza. Aquí empezó a adquirir forma la profecía  de acuerdo con los mensajes de los dioses. Primero tenían que preparar el escenario y esperar la llegada del hombre blanco a la montaña. Yeka percibió que se estaban dibujando nuevos tiempos en el cielo y en la tierra, tiempos en los que surgiría  una alianza con un hombre de sentimientos más nobles, que en vez  de venir a quitarles, les venía a dar, a conocer una nueva forma de vida y de manera pacífica.  Entendió que, de por sí, era ya muy difícil pasar desapercibidos y tarde o temprano sus tierras serían invadidas y robadas como tantos hogares temporales que les fueron arrebatando los conquistadores con el pretexto de civilizarlos.
La profecía se cumplirá, le decía el Guama que vivía igual que Yeka,  separada de los indios, la diferencia es que este hombre, era alimentado por  dos indios que se intercalaban por temporadas, eran los responsables de su seguridad. Los indios consideraban al Guama como el intermediario entre los espíritus de esta tierra y ellos, sin él se sentían perdidos, era su  guía, les daba orden y sentido a sus vidas.
- Yeka, tu vida está unida al hombre blanco velludo que vive en la Gran Montaña, donde está la morada principal de nuestros dioses.- le decía el Guama – tu vida está unido a la de él, tus pensamientos se fundirán en uno solo y tu corazón latirá al ritmo de él. Su hombro te servirá de apoyo y junto a él sentirás que el universo gira en torno a ti, con él verás el mundo diferente y más hermoso, en este momento -le dice- que es de noche y la luna brilla con intensidad, él está pensando en ti y a la mejor, no entenderá  por qué te extraña tanto, si tú eres tan diferente a todas las mujeres que han cruzado en su vida. Te ve tan primitiva y sin embargo los fluidos de su sangre se aceleran al imaginarte cerca de él.
 El hombre del mar, sin saberlo, vino por ti, nuestros dioses lo empujaron hacia ti. Durante la próxima temporada de lluvias tú serás parte de él y él será parte de ti. 
Tomándola de su mano, el Guama se inclina y lanza sobre las llamas de la hoguera un polvo negro que aviva el fuego, produce un silbido  y ofrece un aroma dulzón que encanta a Yeka, lo más impresionante es que ve el rostro de Bernard, claramente, dentro de las llamas que se tornaron azulosas. El Guama exclama – “Los dioses ya lo decidieron, el encuentro pronto se realizara”.
Al salir de la cueva del Guama, Yeka, observa la enrarecida luz que la luna refleja sobre el mar, iluminándolo con un haz plateado, esa luminosidad permite distinguir las siluetas de algunos peces que están en la superficie del mar así como las piedras y arena de la playa. A su espalda la sombra de la Gran Montaña toma vida,  sintió en ese momento deseos enormes de ir a buscar al hombre blanco barbado que llegó del mar; se frena porque el Guama le dijo: los días están madurando el tiempo de la profecía que se cumplirá al pie de la letra. Se fue a descansar, enviando sus sueños hasta la Casa de Madera.
Bernard, años más delante, platicaba con detalles como conquistó a Yeka, su silvestre esposa - era hermosa, serrana y libre-  contó que la descubrió bañándose en una cascada y que después la veía y espiaba continuamente, le cautivó su porte; un día tomó la decisión de  robarla a lomo de caballo, realmente la secuestró, no entendía sus gritos, hablaban diferente lenguaje y no la soltó hasta que la convenció de que era un hombre de paz y serio en sus pretensiones de esposo. No la tocó, se la ganó con atenciones, enseñándole  su diferente mundo, la vistió como su gente, ella observaba y aprendía. Poco a poco le perdió el miedo, aunque tenía temor, dejó que el enamorado Bernard, mayor que ella casi diez años, se confiara, hasta que se le escapó una mañana.
El ex pirata, no la siguió ni la buscó, la extrañaba enormemente en esa soledad del campo, la misma naturaleza le enseñaba constantemente que la vida sólo era posible en pareja, así que merodeó por la aldea, que estaba a varios kilómetros de su rancho, sin conseguir verla;  esperó un ataque a su persona, pensando y aceptando que había actuado mal al secuestrar a Yeka. Su amor creció como la hierba en temporada de lluvias, se hizo más intenso y necesario, su instinto le urgía  formalizar su unión; se ponía triste y melancólico. Por primera vez descubrió colores y contrastes en el cielo y en las estrellas, desapercibidos antes para él; la belleza de arroyos, cascadas, árboles y animales, le daban justificación a sus sentimientos amorosos. Los cambios de las estaciones, también le cambiaban el carácter, se alegraba con la llegada de la primavera y se entristecía  en la época de invierno. Muchas veces la buscó en el  lugar donde la descubrió, pasaba horas esperándola; se tiraba de espaldas sobre el pasto  verde y observaba las nubes blancas que pasaban lentamente, buscaba figuras semejantes a ella, que se desvanecían tan rápido como ella había desaparecido.
No volvía y eso le dolía. Por fin, un día, sentado en el corredor de su casa, la descubrió, lo observaba oculta entre los árboles, fingió no verla y rodeando por atrás de la casa, se acercó a ella, se detuvo para contemplarla; se dio cuenta que no era la primera vez que lo visitaba sin ser vista, entonces le habló amorosamente, ella volteó, agachó la cabeza, se acercó sumisa, con miedo y vergüenza al verse descubierta; sin embargo, corrió de nuevo, esta vez sí la siguió gritándole que no se fuera, ella poco a poco dejó de correr y se detuvo. Bernard le dio confianza para que se acercara, le tocó el cabello y la cara tiernamente, ella permitió que la abrazara  se estaba dando la unión de dos almas solitarias, deseosas de ser amadas.
-          No temas, conmigo estás segura, te he extrañado muchísimo. Te necesito cerca de mí, Yeka. Ya no te vayas, ya verás que si unimos nuestras vidas vamos a ser felices ¿Eso quieres tú? -le pregunta Bernard.
Yeka únicamente sonríe, no entiende ninguna palabra, solamente comprende el idioma del amor, se deja llevar por el llamado de su química corporal, que clama estar cerca de ese hombre que habla muy quedamente.
Allí en ese espacio del paraíso, surgió el amor entre un hombre y una mujer de diferentes mundos y culturas, se realizó la fusión de dos almas unidas por la soledad de la montaña, bajo el sentimiento del lenguaje étnico universal, el amor. Con sus cuerpos unidos marcaron su tierra,  amándose por días por todo lo ancho y largo de la montaña; en los arroyos, cañadas, cuevas y bajo los árboles de encino, descubrieron juntos rincones hermosos de ese edén perdido, la vida con todo su vigor y motivación entró nuevamente en la vida de Bernard Serra.
Fue el descubrimiento y el cruce aceptado por dos seres que habían vivido historias diferentes, esto encendió cosas maravillosas. Bernard enseñó con paciencia a su mujer, a cultivar la tierra, a cocinar, a vestirse, a venerar a su Dios, crucificado. De Yeka  aprendió a conocer las estaciones del año y su efecto en la tierra donde vivía, a amar sus orígenes indios.  Juntos formaron una nueva comunidad y se inició el mestizaje con la familia de la sierra. Conquistó su nuevo mundo, domesticarlo no fue sencillo y ella fue la clave para hacer más llevaderos y felices sus años siguientes.
Sorprendió al ex pirata, encontrar tanta riqueza natural oculta en su montaña, su tesoro más preciado y valioso, era sin duda Yeka, su mujer; su amor puro, natural y original, una relación con compromisos para siempre. Fue el encuentro de dos culturas, que nada tenían en común, un amor fomentado por el aislamiento y la soledad; allí, mezclaron y compartieron su conocimiento para una nueva generación de hombres que transformaría la Montaña del Gran Picacho y el destino de Punta del Cabo.
Bernard se apoyó en Yeka para no cometer errores en los cultivos, en la  construcción de la represa y en las cabañas; de ella supo las fechas exactas de las temporadas de lluvias, y a entender los mensajes de los animales, que inquietos y en busca de refugio, les estaban diciendo que se acercaba una tormenta; aprendió a reconocer el recorrido del sol por la bóveda celeste y sobre todo, la orientación para colocar las ventanas de su cabaña y protegerse de los fuertes y fríos vientos del invierno. Yeka le insistió a Bernard que construyera su casa en otro lugar, él comprendió lo importante de su comentario hasta que ya, estando instalados, el cielo dejo caer un diluvio, muy normal en esta tierra; de pronto escuchó un estruendo del agua al caer de gran altura, de entre dos salientes del cerro. Salió rápido e intrigado y vio una gran cascada caer hasta el fondo a escasos cien metros, un espectáculo natural que se extendió más de cuatro meses y que pudo acabar con la vida de los dos.
Conocer adecuadamente el cambio de las estaciones le ayudó a aprovechar mejor el ciclo de la siembra de árboles frutales y caña de azúcar.
Lo que más disfrutaron juntos fue sin duda la cacería, reconoció que el arco y la flecha  mezclados con el uso de trampas, resultan más efectivos que el impactante ruido de su arma de fuego que espantaba a los venados, palomas, liebres y conejos. ¡Cuántas enseñanzas del lugar, tuvo que reconocerle Bernard a Yeka! la admiraba profundamente. En ese tiempo aprendió que no se necesitan grandes riquezas ni comodidades para vivir bien, la naturaleza era pródiga.
Se podían sumar milagros inesperados, como el que un día, al estar haciendo trabajos de encauzamiento de agua hacia sus cultivos, vio brillar unas piedras, se acercó a revisar y cuál sería su sorpresa al descubrir una veta de oro que salía por un costado de la cañada. Llevó herramientas, logró desprender un pedazo de roca que analizó y pulió, su sorpresa fue mayor al definir que era puro, libre de mezcla con otros minerales, se manifestó el brillo inconfundible del codiciado metal amarillo, que tantas guerras y luchas entre naciones ha causado. Le comentaba a Yeka, lo irónico que fue haber encontrado la fortuna que buscó y arrebato violentamente durante más de diez años, como pirata en la superficie del mar;  de manera tan sencilla, esto había sido un regalo de Dios. Estaba incrustada en la pared de piedra, exactamente donde se junta con la arena del arroyo, se descubrió por las fuertes avenidas de aguas broncas producidas por la lluvia. Se río a carcajadas y entendió el llamado de la montaña, que lo hacía voltear desde su velero cada vez que circundaba el litoral del mar de Cortés, parecía que le gritaba ¡Ven, aquí esta lo que buscas! La mujer de tu vida y  una gran riqueza forestal y mineral.
Ya pasada la emoción del descubrimiento de oro, pensó que esa fortuna, no la necesitaba, que tenía todo para ser feliz, además debía evitar a toda costa  que los demás se enteraran de este hallazgo, de que había oro en el Gran Picacho; se imaginó el lugar lleno de indeseables aventureros, entonces su tierra perdería la tranquilidad que disfrutaba al lado de su familia. Pensó que con lo que bajó del barco  y la mercancía que le subían, tenía la oportunidad de vivir  bien el resto de su vida, así que cubrió la veta temporalmente con tierra y ramas  cortadas de los árboles cercanos. Regresó unos días después a desprender el metal que no se podía ocultar y provocó un derrumbe.
Un lugar lejos de la civilización, pudo provocar ansiedad y soledad, sin embargo, se convirtió para Bernard Serra en un romántico lugar, lleno de ilusiones que transformó su vida y la manera de verla, le daba la energía de un veinteañero, para amar a Yeka, más que a nada en el mundo.
En las noches de luna llena brillaba el Gran Pico y sobre el mar a lo lejos, la miraba salir, el astro actuaba sobre él, como marea que hacia subir y bajar sus sentimientos, se volvía sensible tierno y amoroso; sentía que la vida giraba en torno a él. Convirtió su pasado en cenizas y emergió renovado, lleno de nobleza, capaz de amar y entregar su vida por Yeka. No se cansaba de mirarla, de abrazarla y de decirle lo importante y feliz que se sentía a su lado, así, día a día salía a cambiar su mundo por un lugar libre de odios y de contaminación, que eran tan común en la supuesta sociedad civilizada. Con paciencia y perseverancia convirtió esa tierra en un cómodo y próspero rancho. Al inicio pensó llevar trabajadores del pueblo, pero por la misma intensidad de los acontecimientos y acuerdos afortunados  con los indios pericúes, desechó esa idea. Hicieron un sólo equipo de trabajo para que juntos produjeran  en la tierra los preciados tubérculos vegetales de la cebolla, ajo y papa, que mezclados, con las plantas de chile, tomate y maíz del viejo continente y con las cañas daban al paisaje un verdor esmeralda. Los animales se estaban reproduciendo de manera sana y rápida y requerían de mucha atención, afortunadamente los  pericúes resultaron ser gente muy cooperadora y trabajadora, fueron muy útiles y productivos, hacían la carga de cada día, muy ligera.
Sobrevivir en el aislamiento en el que estaban sujetos a diversos peligros propios del ambiente, como las picaduras de insectos, enfermedades leves, heridas y raspones, le obligó a aprender un poco de los remedios naturales, en más de dos ocasiones se topó con nidos de avispas y abejas que le picaron dolorosamente,  salió rápido, corriendo, revolcándose del dolor, sabía que el lodo fresco funcionaba para mitigar el dolor y que moler más tres hojas de árboles diferentes y colocarlas sobre el piquete, hacia que no se inflamara.  De igual manera, las hojas de árboles pegadas a las heridas, ayudaba a cicatrizar más rápido; hervir algunas hierbas aliviaban resfriados y dolores musculares, aprendió de Yeka que la solución de muchas enfermedades estaba en las hierbas, árboles y animales en el mismo hábitat. De una manera muy sencilla un día le explicó que los dioses habían dejado todos los remedios en la tierra para que no se sufriera y así como había noche, había un sol que daba luz de día y para la oscuridad estaba la luna para alumbrar el camino y  para mostrar que en la oscuridad, con su luz, la vida es bella y brillante;  ilustrativas metáforas utilizaba Yeka para describir al ecosistema tan bien equilibrado; tenía respuestas para todas las dudas y para las dolencias físicas tenía la solución, las enfermedades que no podían ser atacadas con hierbas, eran aplacadas después de invocar a los espíritus de la Piedra Larga.
Yeka seguía manteniendo su tradición india de invocar a sus espíritus y a los dioses de la naturaleza. Bernard la respetaba y no dejaba de admirar los misterios que envolvían ese sagrado rito; en que los espíritus emergían a través del soplo del viento y en ese trance,  Yeka seguía el movimiento de las hojas de los árboles y el cambio de las corrientes de aire, reconocía la alegría que le producían esos momentos  en los que invocaba la protección de la madre naturaleza a la felicidad que disfrutaba al lado de Bernard y de su hijo. Para eso, Yeka, ya hablaba con más soltura el español, el segundo idioma que dominaba Serra y de manera muy graciosa mezclaba su lenguaje nativo para hacerle cariños a su hijo, insistía en traerlo en una malla tejida, colgando de su cuerpo. Serra, le enseñó a cargarlo en brazos y dejarlo en la cuna de madera cuando estuviera ocupada en la limpieza o cocinando, ya que de esa manera sus movimientos normales, le permitirían crecer físicamente más sano, ella trabajaría mejor y más rápido. 
Convencer a Yeka de que no anduviera semidesnuda fue toda una odisea, inclusive le enseñó cómo vestirse, cómo ponerse y quitarse el vestido y la ropa interior. Se moría de la risa  cada vez que empezaba su enseñanza y sobre todo cuando caminaba con  zapatos de mujer. Muchas veces la encontró llorando de desesperación, hasta que se acostumbró a vestirse y a ser más femenina; le gustaban más los pantalones, las camisas y las botas de Bernard, los sentía más cómodos, además, cuando se ponía esta ropa, se sentía más libre.
Al Capitán Serra, le encantaban esas noches serenas, dentro de la cabaña, con el fuego de la chimenea prendido; era el lugar preferido de ambos, el calor del hogar que estaba formando le emocionaba, todo era hermoso, parecía un sueño. Miraba a Yeka recostada sobre sus piernas y a su hijo dormido sobre unas mullidas pieles y para completar el cuadro, su perro bóxer echado, junto a ellos; mirando a ambos, como si le dijera, esto está muy bien ¡me gusta!  Afuera, el frío de la noche era intenso, en invierno los vientos hacían la vida imposible, eso lo sabia Yeka, quien valoraba la protección que brindaba la cabaña construida por Bernard, no se parecía, para nada a los improvisados refugios temporales endebles, manufacturadas con ramas ni a las heladas cuevas donde se hacinaba su familia; también valoró el sentido de abrigo de la ropa que usaba ahora, no sólo cumplía con su función de adornar sino también de protección contra el sol, el agua y el aire; los elementos que sus dioses desde los cuatro puntos cardinales les enviaban. El trepidar del fuego, trasportaba a Serra a sus días jóvenes junto a sus padres y hermanos que se quedaron atrás, perdidos en la bruma del tiempo, en la Inglaterra marítima, más allá del mar que lo separaba de América. Recordó esos momentos con nostalgia porque fue la época  en que se sintió realmente protegido del mundo exterior, ya que descargaba la responsabilidad de su seguridad en sus padres. La diferencia estaba en que allá los días eran grises y nublados y en la maravillosa tierra que vivía todos estaban llenos de luz y de vida, libres de humo, de ruidos de máquinas y de exceso de hombres.
La indígena con su belleza morena clara y su gran inteligencia le permitió a Bernard establecer las bases de su familia, además un  rancho bello y próspero donde  recibieron a su primer vástago criollo; al primer Gonzalo de la Sierra, un nuevo linaje enraizado a la tierra y al lugar que le dio origen a su nombre.

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